Apuntes sobre la crítica ausente

06.06.2021

Jan Queretz

Cuatro apuntes sobre el peligro del silencio crítico


Defensa lejana de la crítica-. La lejanía es la esencia del pánico. Desconocer lo que sucede fuera de la percepción, aterra, enloquece; por eso los pensamientos duelen más que las acciones. La consciencia macabra no puede mirarse a los ojos, los pensamientos irracionales no tienen órganos tangibles, aquellos que terminarán por hacer daño no podrán golpearnos el rostro para lanzarnos de vuelta a la realidad; los pensamientos rompen todo y son de aire metafísico, peligroso. En el centro del pánico, ya que vivimos en el ámbito de lo rescatable, camina una última posibilidad sensata: desde lejos, la cascada cultural necesaria para un sistema intelectual fuerte, existe. Es, como he dicho, una posibilidad, dos caminos bifurcados para escoger uno solo, el suceso o la ausencia. Esto, básicamente, es lo que debe lograr, en todo ámbito literario, una crítica basada en la honestidad, en el estudio, la corrección y el razonamiento: el suceso, acercarse a la cultura para revocar el pánico que produce toda lejanía.

El autor debe morir-. Las crónicas de Indias cuentan un suceso de importancia crítica ocurrido en el año de 1567: Vilacoa tendrá que morir para que Axtalt comente a sus hijos- en el castellano de atropello impuesto por los conquistadores para expandir el látigo de la cruz- la historia completa de su vida. Solo así lo hará. Mientras Vilacoa viva, la lengua de Axtalt no moverá un segundo el cauce narrativo. Solo con su muerte encontrará la paz para transmitir a sus hijos, a la aldea, al Perú todo, la historia de un hombre que lo tuvo todo para morir sin saber cómo llevarse el oro robado para el que malgastó sus treinta y cinco años de vida.

Una vertiente nueva, el silencio-. La crítica debe establecer pautas concretas para la difusión y lectura de la palabra mejor: en poesía, la intensidad de la metáfora; en el arte narrativo, la humanidad del fondo y de la forma, de la historia contada y del desempeño artístico del lenguaje. Esto, como ejemplo minimizado; el crítico debe detenerse a analizar todas las expresiones. Unas pautas bien delimitadas permitirán el avance intelectual de la sociedad. Un país está en sus libros y en los lectores de esos libros, en la forma cabal de expresión, en las tragedias y comedias que logran hablar sobre lo mínimo y lo máximo de un país: lo local será lo universal si sabemos en qué lugar detener la mirada; y si no sabemos dónde mirar alguien nos debe indicar el camino.

El crítico es un gran clasificador: ordenará, si es valiente, las obras en distintas cajas, establecerá un molde y una conjunción de criterios, todo esto si logra imponer la razón ante un sistema cultural que atacará la crítica hasta la muerte -tendrá que enfrentarse a un círculo de locura que, al despreciar la crítica, desprecia la literatura-. El silencio crítico es un crimen intelectual que tendrá grandes consecuencias si no es atacado a tiempo. Los lectores no especializados, ahora convertidos en víctimas del silencio, terminarán por abandonar todos los libros. Y el trabajo del crítico ausente quedará vacío, relegado a las universidades que han perdido la potencia de su voz: el de discernir y analizar desde la razón la literatura contemporánea, la tradición y las conexiones entre la historia, el arte y la filosofía.

Dos egos colisionan-. La crítica no es sierva del texto como tampoco sucede de forma inversa. Están en el mismo nivel de tensión. Se complementan como las dos caras de un círculo plano observado desde los distintos ángulos de las tres dimensiones. El texto debe ser atacado desde el amor a la literatura -el que acciona el movimiento pensativo- como una cacería sin deporte, iniciada por supervivencia, para comer y nutrirnos. El análisis de la obra surge con la intención de respetarla y llevarla de la mano a existir donde mejor pueda soportar el paso del tiempo, ser que dictará, más allá de nuestros intentos por posicionar cualquier obra, lo que busca todo escritor, la inmortalidad. Para llevarla a ese lugar de espera, el crítico deberá remontarse al concepto de justicia: que cada texto ocupe el lugar que le corresponde. En este ambiente ideal, una crítica justa será el símbolo más visible de una sociedad en proceso de sanación. Sin embargo, el problema trasciende al crítico como persona. Para hacer su trabajo, ya que también es escritor, necesitará un espacio para ejercer la justicia. Pero está allí, zumbante, el círculo de locura, aquel muro contra la crítica, pared que no permitirá la palabra justa. Entonces colisionan los egos, el del escritor que necesita una inyección constante de neurotransmisores placenteros, y el del crítico, que necesita ser reconocido y alabado por los círculos intelectuales para poder tener una casa donde vivir. La inteligencia es un arma de doble filo. Una sociedad enferma reitera el ciclo literario del silencio que nunca terminará por callarse si no hacemos algo al respecto: sonará en todos los medios el puro elogio sin justicia, la palabra vacía, secuestrada por el ego. Una crítica honesta -inclinada a la razón- revivirá el debate intelectual y hará que tiemble la tierra.