Árbol buscador

20.06.2021

Jan Queretz

Un poema por Jan Queretz

Entre dos abismos, suspendido,

cuelga el árbol buscador, el necesario.

De nombre, sin nombre,

de caos, íntimos,

de hojas, perladas, zumbantes,

como un tremor se enciende y quiebra,

sucumbido busca la unidad de los abismos,

la contemplación de la hora vencida.


Sucedió en América del Sur el amor deicida de su sabia.

Vagaba por la selva de caucho criminal,

de enredadera como huracán enamorado.

Sabía de su eternidad lo que el lobo desconoce de la luna.


Debía, antes de lucir el carnaval, encontrar la flor que lo fecundara.

Una sola, entre todas, que besara el nudo más íntimo de su totalidad,

el laberinto y la forma, el cero y el último.

Quería abrir las ramas y que en las puntas anidaran máscaras de hombre,

ojos como frutas capitales, mares que son pulpa y viento.


Nunca antes hubo en estas tierras un árbol de tamaña equivocación.

Buscó allí donde no ha tocado un dedo,

donde la pisada exhala una lengua de oro.

Donde nadie ha pasado y todo pasa,

en el centro insular,

en una gota desnuda de agua.

La última planicie le abrió el camino para resignarse.

Entonces dejó de llover.

Durante doscientos años la lluvia escondió su dignidad, su calidez.

La vida desapareció de la tierra y solo quedó el árbol buscador,

de nombre, imposible,

de caos, verdaderos,

de hojas siempre amantes.


Cuenta la historia que América del Sur olvidó al árbol

y su canto conquistó el reino del silencio.


La leyenda cuenta que el árbol buscador no ha muerto.

Sabe que sigue vivo, colgado entre dos abismos,

esperando la flor que lo fecunde. La leyenda sabe.


El mito cuenta, entre líneas, que deicidas somos todos,

que vivimos como soles sin rostro

y que esperamos la lluvia con los brazos al aire,

colgando entre dos abismos,

con las raíces abiertas hacia la iniciación,

con el nombre imposible,

con los caos verdaderos,

con las hojas perladas y zumbantes,

amantes siempre, amantes.