Cuatro respiraciones

15.08.2021

Jan Queretz

- Necesito que me escuche: he perdido una de mis cuatro respiraciones. ¿Qué hace? No se vaya. Es cierto. Sé lo que piensa. Deténgase, he dicho. No se mueva. El aire es un ser peligroso. Lo repetiré una vez más: los ojos de los animales revelan verdades esclavas. Es cierto, usted lo sabe, yo lo sé, lo sabemos en conjunto, como hermanas de padres y madres como aromas. ¿Ha oído hablar de los cuerpos volátiles? Lo siento. Desconozco si tiene tiempo para prestar la atención que merece mi problema o si del otro lado la esperan y no puede quedarse a escuchar mis lógicas. Ya lo sé, aquí está la solución: declaro, ante las personas que nos rodean fijas como si no tuvieran nada mejor que hacer, que todos sus problemas han caducado. A partir de hoy está libre de los incisivos entreveros de la cotidianidad. Ya no tendrá que lavar los platos, ni limpiar, ni hacer la comida para su familia numerosa. Sus problemas han muerto con mi declaración. Pero no los míos. Mis problemas rugen aquí, no a flor de piel sino adentro, en la carne que se contrae y se amplifica con cada ondulación del pecho. Yo soy yo y mis respiraciones. Todas. Cada una. Las cuatro que deberían ser y no son. Respiraciones juglares, unidas en los cuadrantes del pecho, organizadas para sostenerme, somnolientas a veces, cuando llueve, humanas como latidos, consternadas porque el paso del tiempo se regresa, otorgándome más vida, retrasando el fin del ciclo: inhalaciones soberbias como humildes exhalaciones. Por eso le aprieto el brazo, fuerte, como me gusta, para que duela hasta que el dolor no sea posible. Lo siento. Mi ignorancia en los comportamientos humanos se equilibra con una sabiduría existencial en el arte de los sacrificios. Para llegar hasta aquí he debido ser, cuando mucho, bañista de piscinas privadas, reloj con síndrome de escarabajo, pluralidad de pies bajo la cama, cuando mucho. No quiero ofenderla con un listado excesivo de trabajos vulgares. Prefiero contarle lo que sucedió en la noche cuando, al levantarme de la cama para romper voluntades remotas, me vi en la cama con solo tres de mi respiraciones: allí estaba la primera inhalación, a quien guardo como recuerdo, y quien hora tras hora se hace roca que será fósil que será piedra que será historia que será fábula que será mito que será tiempo que será dios. También estaba la respiración jícara, que llegó a este mundo en un árbol de cacao y desde entonces no ha podido separarse de mí. No quiero aburrirla con mi historia así que no le diré cuál respiración restaba en mi cama, esperándome, con los ojos hundidos, plenos y oscuros hasta la grieta. Faltaba la más importante. La que lleva mi nombre y es bandera. La que se puede mostrar en los bancos y las oficinas estatales. La única que no podría traicionarme así yo misma le diera la orden. Esa. Usted sabe cuál es. La lleva colgada del pecho y de las orejas. Nunca la ha visto pero la tiene. Es cierto, usted lo sabe, yo lo sé, lo sabemos en conjunto, como hermanas de padres y madres como aromas. La ha hurtado mientras dormía. Ha entrado a mi casa sin permiso y ha robado mi respiración más importante. Esto es mi culpa, la verdad. No puede pasar más tiempo sin que coloque una puerta en mi recámara. Tengo que volver a levantar las dos paredes que se cayeron a causa de mi propia desolación. Así podré evitar este tipo de robos, perpetrados por violentas como usted. No me pida que le apriete menos el brazo. Así usted sentirá lo que he sentido anoche. El dolor de la separación: la vida sin aire: la pieza innecesaria que al final termina faltando para sostenerme y no quebrarme. Espere aquí mientras voy a la comisaría para que vengan a detenerla. Pagará con su tiempo de vida el dolor que me ha causado. No se vaya ni se mueva. Tardaré aproximadamente dos horas en volver. Cuide con rigor los ciento catorce tentáculos de mi respiración mientras regreso. No se preocupe. A esta hora no tendrá hambre.