Cuba en el medio del sol

18.07.2021

Jan Queretz

Cuba es Uruguay es Ecuador es Bolivia

A Cuba toda

Una mujer torturada en Cuba es una torturada venezolana, la misma mujer de dientes apretados, quebrándose ante el dolor del paso eléctrico, desgarrado de músculos, asesino de células, y así, aún fuerte hasta el rompimiento, con los ojos cerrados, los abre, ahora desfallecida, de igual forma y más grave, más hondo es torturada en Uruguay, en Paraguay, en Chile al mismo tiempo y en el mismo centro de su esencia, retorcidos sus pezones con tenazas calientes en Colombia, golpeada la boca en Honduras, llevada al filo de la muerte en Guatemala y Perú en el mismo segundo en que cae una única y final gota de sangre; un histórico desaparecido argentino es un cubano desaparecido, desvestido a la fuerza, violado, humillado por la bota, borrado de toda historia y familia, desterrado de toda existencia.

Así es.

Así se arrastra nuestro continente bajo el sol.

Para llegar a una playa sin destrozos dictatoriales.

A una isla de orillas infinitas.

Vivimos alejados por líneas de sal y canto pero no podemos desprendernos, en la hora de la tortura, los unos de los otros. En el abrazo amanecemos sangrantes. En la sangre aprendemos el abrazo. Y en esta declaración de hermandad estamos todos. Somos cubanos, venezolanos, peruanos todos, Americanos mayúsculos de manos idénticas. España, con su trabalengua de bailes, nos mira y ayuda. Porque estamos ungidos de tierra y carbón roído de la mina, hechos de aceite y maíz, de espaldas rotas, silbando hacia el fin profetizado. Hablamos, con la seguridad de la experiencia, los que hemos tenido que partir, a pie, en balsa, en avión, para salvarnos, para salvar de la decadencia a nuestras familias. Ahora reconstruimos una vida libre en otros países. Por ellos. Por ahora. Porque Cuba es Uruguay es Ecuador es Bolivia. Hablamos los que vemos desde lejos la falta de comida en ese familiar que ha perdido treinta kilos, a quien la ropa le sobra volante porque antes hubo allí otra persona. A todos, sin excepción, nos han arrebatado treinta kilos.

¿No sucedió, antes, en el Período Especial Cubano? ¿Puede olvidarse el fracaso de la historia?

¿Millones de personas, para enseñarnos con su hambre y abrirnos los ojos, no tuvieron que bajar ellos más de treinta kilos hasta el daño?

¿No sufrimos todos el racionamiento, el grano de arroz contado (200 granos por persona), la carne inexistente, los límites impuestos, el golpe inverosímil como todo ostracismo?

Dicen que el caballo no aprende a relinchar por patada ajena. El caballo, orgulloso y noble en su inocencia, debe aprender del dolor propio, palpitante, que escuece el lomo y rompe el casco agresor.

Así, sin metáforas ni cabalgaduras, se arrastra nuestro continente.

Pensar que en el panorama teórico de esta hermandad hay un ideal tallado de ingenuidad es cierto y necesario. Necesitamos patrones justos, ideales, para que podamos obtener un modelo menor al trabajarlos. Somos hermanos. Nos une la lengua y la historia. Pero nada es suficiente en este continente de caballos desbocados sin aprendizaje.

Julio, dos mil veintiuno de la era común.

La Habana, Cuba. Protestas contra el régimen comunista. Desaparecidos. Muertos. Golpeados. Y la prensa y las redes y gente supuestamente pensante, declarando:

"Es culpa del bloqueo estadounidense",

"Cuba no sufre una dictadura",

"Viva Fidel",

"Viva la revolución",

"Hasta la victoria, siempre".

En este siglo, la bomba atómica que cayó en Hiroshima y Nagasaki vive y es posible encontrarla en la punta de los dedos de cientos de miles de personas. Todos podemos ser el Enola Gay latinoamericano. ¿Nosotros? ¿Hermanos? ¿En qué circo?

Lo cierto es que desde toda objetividad no hay fervor ideológico que valga cuando a una mujer le revientan los labios a golpes por manifestar frente a la Universidad de La Habana. Ni cuando la policía ataca manifestantes que lloran y rabian la muerte del Samuel ardoroso. Parecería que, para unos, la libertad del género humano no es una causa justa. Pero lo es. ¿O es que somos nosotros los que, disfrazados, somos también parte del circo?

Lo que sucede en Cuba pasa en la Ciudad Vieja montevideana, y en el centro de Caracas y en la Miraflores limeña. ¡Cuántas protestas por la libertad proliferan hoy en Tegucigalpa, en Ciudad Darío, en la casa más pobre de La Guaira! Así estamos todos. Enarbolados. Allá, en el malecón. Con la brisa fresca y los pulmones abiertos de hambre y viento sur. Que el mar acompañe a los americanos de esperanza. A los que se quedaron. A los que partimos. A todos. Que el mar olvide su fervor de horizonte y se convierta en lo que siempre ha debido ser: una isla de aire en el medio del sol.