Descripción de una habitación ocupada

02.08.2021

Jan Queretz

Poesía

Si tiene que doler, que duela, pero hoy no saldré de esta habitación si antes no me destierro. Por fin llegó la amenaza nacional, emanada de mi boca tan constante, itinerante caos de cien dedos, de mis brazos tan caídos -tan patéticos- a romper las paredes para esconderme, resignarme, olvidarme de ser en esta hora de ser, de caer, de jurar que necesitaré de mi cabeza y de mi sombrero para sobrevivir los siguientes cinco minutos: esta es la impiadosa advertencia enviada a los rincones y a todas las cosas que hacen triste mi necesidad de vagar por los desiertos. Cruzo las calles de esta habitación, camino entre los edificios con el profundo deseo de huir de todo cuerpo, de toda noción de cuerpo, del solo concepto que me enferma y me verbaliza. Una mujer, encerrada en una jaula, me grita: "Aquí no somos necesarios. Eso afirma la televisión". No le respondo. En cambio, me siento sobre las ruinas de México-Tenochtitlán y le escribo una carta que es a la vez llave y bosque, para que abra sus candados, salga y se pierda para siempre entre los árboles. Ellos le contarán historias felices -tan felices que terminan todos los amores lejanos del barlovento- y así podrá olvidar sus problemas y su pasado de mujer enjaulada, que tan histórico es, que tan verídico se edifica en las azoteas porque así parecer haber sido escrito, tristemente escrito, gravemente, decididamente, con odio, ásperamente. Decido nunca enviarle la carta para que ella encuentre un lugar cálido para perderse. Así de humano soy. Así de racional hago sufrir.

Sigo el camino y aviento un ave y una gloria a las paredes de cafeterías y fumaderos y entre las mesas encuentro sucursales hospitalarias, parques nacionales, volcanes, quetzales jóvenes que emanan volcanes de sus picos como cascadas, y adentro, en toda la tierra fecunda mas sarcástica, cruzo hacia un claro donde un monumento me mira con la intensidad de quien solo sabe estar quieto. Quiebra su pedestal de agua. Comienza a perseguirme. Entonces me doy cuenta de que yo mismo soy una estatua de piedra en el centro de una plaza solitaria. De todas formas escucho sus pasos de hierro chocar contra el piso de mi habitación. El mundo tiembla ante el golpe de un corazón vivo. Dejo que camine detrás, sin pedirle nada a cambio por andar mi camino recorrido. Debería cobrarle los pasos que yo di con tanto dolor. Llegaremos a la misma vida. El sacrificio está hecho. Por fin tengo un amigo. Más allá, esperamos el cambio del semáforo -de verde a rojo- para cruzar. Termina de fumar su cigarrillo de contrabando mientras la luna se estrella contra el continente americano. Desecha la colilla y ahora la habitación es de fuego y todo arde. Así es esta ciudad de cuatro paredes, sin ríos, sin árboles, un bosque extraviado sin neblinas. Necesito desterrarme. Perderme en la locura de los Andes como un pedernal rojo. ¿Puedo probar que alguna vez ha existido una montaña? Debo andar descalzo por un desierto florecido para encontrar la verdadera función de las pisadas vocacionales. Y llover toda la noche si es necesario, aunque duela. Aunque tenga la tentación de quedarme hermanado a la cama, como un crepúsculo.