El demonio del mediodía

05.06.2021

La pereza, la literatura y la vida: una sola conexión


Debo confesar que me cuesta mucho tomar su defensa y bastantes veces he dejado estas cuartillas en blanco, o con apenas una línea escrita.

Manuel Caballero -Defensa e ilustración de la pereza


Su Santidad la RAE define la pereza como negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Para el hereje del Larousse es la falta de ganas de hacer algo. Ambas fuentes, sin embargo, coinciden en las segundas acepciones: lentitud, flojedad, tardanza o descuido en las acciones o movimientos. Los griegos la llamaban acedia, y era considerada un vicio mucho antes de su canonización como pecado mortal. Santo Tomás de Aquino se refería a ella como una suerte de tristeza espiritual, de ánimo. Nace de la poca esperanza de alcanzar lo que se desea, dijo alguna vez Melchor Cano (1509-1560), quien daba clases de Filosofía en la Universidad de Salamanca.

Familia de la tristeza, vástago del hastío y reclamada como hija legítima del tedio con la melancolía, la pereza era conocida por los ancianos en tiempos de Casiano como El demonio del mediodía. Decíase que atormentaba a los monjes hacia la sexta, lo que el Larousse llama la hora menor del oficio divino: el mediodía, lo que en estas tierras llamamos la hora del burro.

La pereza suele relacionarse a la flojera, con la diferencia de que el flojo está más cerca del procrastinador y del ocioso. La confusión, como todas las confusiones de la vida, es de naturaleza terminológica. Flojo es el técnico que apela a la presión inminente del cliente para dar con la falla del aparato. Flojo es el pescador independiente que trabaja una o dos horas al día: no se toma la molestia de criar o alimentar al sudor de su trabajo y lo ofrece a un precio que no corresponde. Floja es la pereza, con su cara aplastada, los movimientos uniformes, retardados, que nos hace extrañar la compañía de la almohada y de la cama.

Flojos somos todos cuando torcemos el cisne del fregadero en lugar de mover el traste que estamos a punto de lavar. Es decir, cuando forzamos el destino y la naturaleza de las cosas a cambio de una satisfacción arbitraria y banal que porfiamos en negar y renegar cuando se nos increpa.

El verdadero perezoso es un solitario empedernido, un meditabundo con aires de desencanto hacia la vida. Vive en estado de insatisfacción permanente. Se pregunta el sentido y la utilidad de las cosas. Cuestiona todo lo que le rodea y sueña con cambiar su situación, pero prefiere aplazarlo en lugar de hacer realidad sus aspiraciones. Se trata de la pereza como la satisfacción de saberse inconforme.

         Inferno tropical - Maya Weishof (Foto: MADC)

En estos tiempos de cautiverio que amenazan con trascender en su permanencia nadie está libre de la pereza. ¿Qué hacer ante esta sensación de vacío, el remordimiento que deja el paso del tiempo y que combina la ansiedad con la certidumbre de no estar haciendo lo suficiente por mejorar nuestras condiciones, por alcanzar nuestras metas y nuestros sueños, ese estanco del que disfrutamos con regusto cada vez que podemos?

Durante la segunda clase de un seminario de literatura impartido en Berkeley, en 1980, Julio Cortázar refería medio en broma que algunos críticos intentaron darle sentido al hecho de que América Latina sobresalía en producir muchos buenos cuentistas, y en una época en la que el género contaba con un público ávido entre nosotros. La explicación de los especialistas (medio en serio) es que somos "perezosos" por naturaleza, al igual que el espécimen al que hacíamos mención, originario de estas tierras. Como nos cuesta tanto escribir una novela, lo mismo que leerla, optamos por dedicarnos a los relatos: al fin y al cabo, no es algo que requiera de grandes esfuerzos para escritores y lectores. Se trata del cuento como el género de la pereza.

No les faltan razones a quienes así lo creen. El detalle está en que esa condición no es exclusiva de América Latina. A ojos vistas de aquellas sociedades donde prevalecen viejos prejuicios sin desmitificar en medio de un activismo vertiginoso, existen dos oficios asociados a la pereza y a la holgazanería por igual: el de escritor y el de lector.

No es que uno y otro se complementen, sino que ambos son el arquetipo perfecto del perezoso, a cuya construcción han contribuido tirios y troyanos con su fama de bohemios empedernidos. El pintor o el artista, cuando se encuentra frente al dilema terrenal de llegar a fin de mes, puede escaparse de los círculos del infierno rebuscándose como diseñador, pintando interiores o exteriores, haciendo manualidades o dedicándose a la artesanía comercial de ocasión, y tendrá una ocupación análoga que le servirá para mantenerse.

En estas sociedades, y a diferencia del resto de los oficios, los de lector y escritor gozan del agravante de que no es posible obtener un provecho económico o material al ejercerlos. Gabriel García Márquez lo sabía muy bien cuando reconocía su buena reputación de caso perdido. ¿Qué hace el escritor cuando no está escribiendo? ¿Qué hace el lector mientras lee? ¿Cómo sacarlos de su mutismo huraño, esa inclinación sin remedio a vivir en soledad? Según el imaginario colectivo, se trata de unos pobres diablos en miseria permanente, especímenes atormentados por motivos nada esclarecidos y en todo caso absurdos que viven aislados de todo aquello que no sea su quehacer, rodeados de un aura de fatalidad y desgracia al estilo de Kafka, Ramos Sucre o Quiroga.

En realidad, el mayor enemigo del lector, y en especial del escritor, es la pereza. Si hemos de creer en Borges cuando decía que el lector va reescribiendo la obra mientras lee, entonces todo lector es un escritor frustrado, un escritor en negativo, un anti-escritor que modifica lo que tocan sus ojos. Nuestras lecturas favoritas no son más que aquellas historias que siempre hemos querido escribir. Solo que, para nuestra fortuna y desdicha, se nos adelantó alguien más diligente.

Estamos condenados a la pereza, porque ¿cómo asimilamos aquello del "descanso eterno" los que intentamos ser laicos? Que no nos vengan con aquel cuento del estado de gracia, porque no hay mayor estado de gracia que permanecer todo el día acostado, leyendo aquel libro que nos quita el sueño, reflexionando, tomados de la mano de nuestra amada.

Descartemos cualquier solución a este asunto. Es imposible hacer algo en contra de la pereza. Nadie puede escapar de ella. Nos acecha cuando menos la deseamos y cuando más la esperamos. Puede que se encuentre a punto de asediarnos mientras terminamos estas líneas, si es que no nos ha nublado la razón todavía.

Lo que nos queda es convivir con ella y complacer sus caprichos. O simplemente dejarnos llevar y que haga lo que quiera con nosotros.