En la búsqueda

08.08.2021

Jan Queretz

Todos dicen que el mal olor llegó el día de la desaparición de Muriel pero yo sé que comenzó mucho antes, el día de su nacimiento, cuando rompió por primera vez la inaugural inocencia de sus pulmones con un griterío de violencia porcina. Y lo sé porque yo estaba allí, porque yo me tapé los oídos con las manos, porque yo dije, basta, que así no se puede más, nadie debe sufrir esto, es suficiente, me secundó la enfermera, y yo dije, es suficiente, copiándola porque había dicho algo que yo quería decir, alguien deténgala, que deje de gritar de esa manera, dije, y la enfermera volteó para mirarme, harta también del ruido, queriéndose deshacer de Muriel y que todo el mundo supiera de su heroísmo, y yo le entregué una sonrisa, como diciendo que si hubiese sido por voluntad propia, nada ni nadie me habría sacado del juego solitario que deleitaba conmigo, en el deber del silencio, en mi casa, esa tarde de hace veinticinco años, el día que el mundo comenzó a oler mal. Y lo sé porque yo estaba allí, porque yo olí todas las características de la habitación inicial, aspiré las partículas del momento y encontré ese aroma específico, a decadencia, violencia, decepción, ebriedad, que invadió Ortiz el día en que Muriel dejó de ser Muriel para ser un rostro reproducido en postes, vitrinas de tiendas, en la puerta del bar, rostro sin sonrisa, básico, demasiado quieto para ser real, que deleitaba cierto desdén por ser encontrada y una inscripción que mostraba el patetismo de "Buscamos a Muriel con urgencia", porque realmente nadie cercano a ella la buscaba, yo no lo hacía, parecía que su familia tampoco, algo indefinido, una fuerza que estaba fuera de mí y de otros buscaba a Muriel en todas partes, ingiriendo viajes a la montaña resultantes en extravíos más costosos, o interrogatorios de cal y vinagre, hechos casa por casa por integrantes de un comité creado para la búsqueda, seres que necesitaban hallar, por una razón seguramente equivocada, a una mujer nublada que siempre estuvo perdida.

Es cierto, no quise a Muriel y no la querré nunca, y tampoco ayudé a buscarla cuando desapareció y de pronto una ráfaga de hedor sin refugio contribuyó a que todos tapiáramos las ventanas con gruesas tablas de madera para impedir que el olor se materializara en formas humanas y nos interpelara a través de los vidrios con una potente aversión al progreso. Todos nacemos enfermos y yo no soy la excepción. Nací enfermo, como todo sarcasmo eficiente, de las enfermedades de Muriel, que son demasiadas y demasiado terribles para enumerar. Mucho antes de su nacimiento yo padecía el rencor inaudible de su llegada. De niño pensaba en la simple verdad de mi vida: conocería a Muriel el día de su nacimiento y su aroma me persiguiría el resto de su vida, así no estuviera, así estuviera, no importaba, aunque su lejanía, la verdad, se mostraba entusiasmante. Esta no es una confesión extraña o una actitud divergente de lo que siempre he mostrado con honestidad. Quien busque en su memoria encontrará, historiografiados como un hecho de importancia local por los cronistas de Ortiz, los ochenta días que pasé promoviendo una ley para que la intendencia de Ortiz desterrara a Muriel, cuando ella tenía apenas cinco años, edad perfecta para que comenzara su vida en otra parte, y así, en un futuro, como ha sucedido, no dejara detrás de sí una estela de pestilencia y desidia y nos llevara a todos a caer en el ciclo cansino de la locura. Por eso cuando los integrantes del comité de búsqueda llegaron a mi casa para interrogarme, les hablé a través del agujero de la cerradura de la puerta, por donde el aroma de Muriel se concentraba y hacía que el interior de mi boca se amargara, y les dije que nunca podría responder con efectividad las preguntas que querían hacerme, porque ahora que Muriel había desaparecido yo podría vivir en paz supuestamente, sin saber que ella estaba allí, cerca de mi cuerpo, en alguna casa, y que ahora que no estaba su corazón el mundo me entregaba una razón para seguir viviendo.

Un hombre menudo, según pude ver por la cerradura, extremadamente molesto por mis declaraciones, golpeó la puerta varias veces, insistiendo que la abriera. Yo decidí ignorar sus amenazas de circo y regresar a mi habitación, donde podría vivir solitariamente cazando bichos y tomando agua de las filtraciones. No tendría la necesidad de salir de allí así llegaran de nuevo los perniciosos del comité a molestarme. Sin embargo, esa noche, un ruido consiguió tomar el veneno de acompañarme. Lejano, casi imperceptible, estuvo allí, en la lejanía de toda violencia exterior. Alguien tocó constante la madera pulida que conforma la puerta de mi casa, sin parar, con un ritmo preciso, las pocas horas que duró la madrugada. Y así dejé que hiciera su voluntad. No salí de la habitación, que ya había reconocido como los límites del mundo, y sin embargo, algo en ese compás me recordó el corazón de Muriel, que bien había visto una vez y que nunca había podido olvidar, cuando, por una casualidad malévola, pude verla desnuda. El compás serenó todos mis pensamientos como si viviera adentro de ese corazón hasta que el tiempo comenzó a destejerse de la vigilia. Me levanté, crucé las fronteras como una pesadilla, avancé por la casa a oscuras, que no tenía muebles, casa vacía de Muriel y de dios, y fui hasta la puerta. Allí encontré la presencia del ritmo. Decidí mirar a través del agujero de la cerradura. No era Muriel quien tocaba. Era el hombre menudo. Al ver mi ojo observarle se agachó y miró también por el agujero. Nuestros ojos, el mío izquierdo, el suyo derecho, se encontraron, casi tocándose, y adentro pudimos vislumbrar nuestros mayores temores e hipocresías, nuestras decisiones cáusticas de odio y de amor. En él pude encontrar una pregunta mucho mayor impresa en su retina. El rostro de Muriel, y por lo tanto su verdadero olor (a hogar, a canela, a chapoteos, a ebriedad) se repetía por toda la superficie interior del ojo, formando un patrón radical: allí estaba Muriel sonriente, Muriel seria, Muriel anciana, Muriel niña, de seis años, Muriel declarando en la corte, un año antes, para buscar el olvido de la ley que yo había querido imponer, Muriel toda, acuciante, indefinida, de aroma penetrante, agradable como ningún otro ha sido, Muriel que también me buscaba a mí, entre todos los demás seres que convivimos junto a ella. El ojo solo pudo decirme una cosa más. Con grandes palabras me confesó que el cuerpo que lo contenía pertenecía al padre de Muriel, quien la buscaba, decididamente, con urgencia, ofreciendo recompensas insensatas, oro, bienes, cuerpos, locura, porque como actuaba secretamente el comité, diciendo una cosa y haciendo otra, no la buscaban para encontrarla, como se hace con los desaparecidos, sino para que el olor que trajo su despresencia dejara de invadir las casas y todos pudieran vivir en paz, con la nariz al sol, abierta, libre en el viento, lejos de cualquier condena a los aromas amargos que trae siempre la unívoca sensación de soledad.