Hacia el final de la primera convocatoria

29.08.2021

Jan Queretz

Para Guido Fittipaldi

Casapaís nació de dos estados metafísicos: un profundo y enloquecido amor por la literatura y un hastío cadavérico incrustado en la existencia por las ocho horas de trabajo esclavo y una rutina irracional dibujada noche tras noche como un bolero triste y recurrente. La idea de editar una revista literaria de proporciones americanas no me ha dejado dormir desde el día de su nacimiento. Y eso está bien: el desenfreno, la pasión, el optimismo excesivo e irreal, las noches en vela, el tiempo robado al trabajo para leer o editar, las largas temporadas de pereza y locura interpuestas frente a la revista como obstáculos, los lloriqueos nocturnos porque el miedo indica que la revista no saldrá y que todo fue en vano y que sus páginas serán borradas de la memoria de la humanidad sin haberse leído ni una sola vez. Todas nuestras imaginaciones, las positivas y las negativas, forman parte del gran corazón humano -el único y sangriento animal individual y colectivo de todos los que hemos puesto un grano de arena en la revista-, el verdadero creador de Casapaís. Y por ello los aplaudo.

Casapaís nació de un impulso y se formó, en un arranque de honestidad brutal, gracias a todos los escritores que han enviado sus textos, ciegamente, con una ilusión engrandecida y virtuosa, para que los leamos con toda la atención y el respeto que merece el trabajo creativo de un compañero. Hemos buscado literatura de humanidad desgarrada y amorosa, apasionada, imaginativa, decidida a decirlo todo, a romper las cláusulas del poder, a luchar contra los totalitarismos, lo hicimos indagando, leyendo el texto literal, leyendo también las entrelíneas, soñando con personajes solitarios, malignos y bondadosos reversibles.

Y lo que hemos encontrado es fundamental. Fundamental como fuerza ensordecedora de la literatura, fundamental como base para una creación literaria comprometida con el lenguaje y con las sombras humanas, con sus momentos más lúcidos, fundamental como necesidad para continuar agrandando el proyecto y hacerlo inconmensurable, porque son los cuentos, ensayos y poemas de los colaboradores los que inventan la grava del camino para que nosotros podamos atravesar la maraña de muros e inquisidores que se nos presentan delante a cada momento. No hay revista literaria sin sus colaboradores. Tampoco existe sin lectores curiosos. Aquellos escriben, se apasionan. Estos leen, se apasionan. Y por ello los aplaudo.

No quisiera adelantar, ahora que la primera convocatoria está a punto de llegar a su final, el panorama de la literatura hispanoamericana que hemos hallado en las futuras páginas de Casapaís. La revista será quien decida, por sí sola, la dirección que tomará. Solo puedo decir que, más allá de la angustia que producen las publicaciones masivas de terribles novelas negras, cuentos autoficcionales sin trama ni vida y el despegue insostenible de la poesía escrita para redes sociales como un bodrio de autoayuda, en Casapaís habrá literatura hinchada de vida y de fuego y de fiesta y de locura y de irrealidad y de fuerza y de verdad sin punto y final ni terminación. Porque la literatura nunca se acaba en la mente de un lector conmovido, como la vida nunca acaba para un escritor que hoy, de madrugada, ha sacrificado su sueño para sentarse a escribir en silencio y encendido, inacabable, vivo.