Introducción a la poesía contemporánea

30.05.2021

Jan Queretz

Una reflexión sobre la poesía y la mano invisible que la acecha

Dudo que la poesía pueda sobrevivir a este siglo.

Y digo siglo de forma trastocada, sin emparentarme con el tiempo -que ha dejado de importar-, escribo esta palabra con el sigilo de quien insiste en poner el ojo crítico sobre el funcionamiento equivocado del mundo: siglo como el compendio de adicciones impuestas por una mano invisible que busca utilizarnos para sus propios intereses. Parecería, cuando veo a mi alrededor, que hemos perdido toda forma de voluntad: caminamos, comemos, nos entregamos al cuerpo de otro, nos bañamos luego y a dormir, porque mañana será el mismo día que hoy: trabajar, comer y dormir, otra vez. Como hacen los niños pero sin la inocencia, sin el disfrute irracional del juego. No somos quienes hemos venido a ser; es simple, ya no somos.

Hay algo que repta entre las miradas, algo que se mueve y bisbisea; a veces siento que es una forma de dolor colectivo insuperable, una puntada que intenta escapar de su propio origen. Por eso caemos en la palma de esa mano invisible tan fácilmente; ella entiende a la perfección los defectos absolutos del carácter humano: es la garra que nos da de comer y nos quita el dolor por un segundo y nos aferra para siempre a su sombra para llevarnos al reino donde seremos destruidos. Todo esto, naturalmente, tiene una consecuencia evidente en la poesía.

Sé que eso -ese dolor que no puedo definir, ese ruido- no es inherente a la naturaleza humana. El ser humano es el animal creador. No nacemos con el objetivo de sufrir -tendemos a la vida, siempre- vinimos a pensar -ah, esa turbulencia de solidez humana- y a disfrutar del órgano único e invisible al que llamamos pensamiento, dios, inteligencia, caos, sueño.

La creación poética, por supuesto, para quienes persisten en abrir el camino de la palabra- camino mágico, bosque, tremedal, mar incauto- es una forma reluciente de vivir; quizás por el hecho de su inutilidad en el mundo económico es tan valiosa en el centro activo de toda reverberación.

Pero hay un truco y una muerte cercana donde actúa el sistema cruel de este siglo. La mano invisible -que quita el dolor a cambio de todos nuestros abismos- es una gran vendedora de humo. Vende frases y formas efectistas pensadas para producir una adicción visceral.

Mi miedo persiste: dudo que la poesía pueda sobrevivir a este siglo, no dudo de la poesía en sí misma; a mí me ha salvado de la muerte, a todos nos salvará de la inactividad si logramos superar el camino que nos llevará hacia el poema. La adicción a la poesía rápida, de consumo, que produce un mercado de millones de dólares, en comparación a la poesía de disfrute, que producirá apenas unos cien euros en pocos meses, terminará por quebrar los volcánicos sistemas que la humanidad ha producido desde el primer poema: la metáfora viva. Mi terror se fundamenta en el pensamiento de un mundo sin metáforas que será, al final, un mundo sin conexiones.

Borrar toda metáfora es la misión fundamental de la mano invisible. Sin ella no hay poesía. La metáfora construye y edifica un muro benéfico entre el lector y el poema. El lector tendrá que romper esta barrera, escalarla o contemplarla desde afuera, anonadado por el temblor que le ha producido una simple conjunción de imágenes y conceptos, escogidos con precisión para producirle placer a sus pensamientos.

Sumamente hábil, al desaparecer los vestigios de la metáfora, la mano invisible entregará al lector, a cambio de su existencia, una casa vacía, sin muros, y le indicará que aquello es la gran poesía del siglo, lo novedoso y lo mejor porque vende, porque cientos de miles de personas lo leen, porque el sistema logra vender cien mil ejemplares en un mes. Después de leer, quien se enfrente a esta situación se irá de la misma forma que llegó al poema vendido, sin sentir absolutamente nada, decidido a bañarse por segunda vez en el día, ver algo de televisión mientras come una cena solitaria, con la interminable sensación de que mañana no habrá poema que le salve ni renuncia ni escapatoria segura a su vida sin sentido.

Árbol generoso, la metáfora, para este siglo; árbol generoso, marchitándose.