La continuidad del escritor en 26 humillados

08.07.2021

Verónica Flórez

Una reflexión en torno al libro de cuentos 26 humillados de Jacobo Villalobos

"El yo que escribe no es el mismo yo que está leyendo el ."

Roland Barthes, El susurro del lenguaje (1994)

Si algo ha demostrado la historia de la literatura es que el escritor es un artesano. Desde la novela más larga hasta el cuento más breve, él moldea, ajusta, formula y pule una materia prima que resulta en la "obra literaria". Está de más decir que la herramienta principal de este orfebre es el lenguaje: con él, las posibilidades son ilimitadas. Cuando se trata de ficción narrativa, el lenguaje es el pincel que pinta mundos, dibuja personajes y describe acciones. Ya dependerá de la mano que sujeta el utensilio las maneras o las técnicas con las que construirá su narración.

En 26 humillados (2016), el libro de cuentos del escritor venezolano Jacobo Villalobos, una buena parte de los protagonistas son escritores. Todos los personajes del compendio se caracterizan por encontrarse en planos espacio-temporales que se solapan unos entre otros, que los colocan en situaciones de "presente", "podría ser" y "será", hacen que cambien sus roles de activos a pasivos, o se encuentren en espacios inestables y gaseosos. Pero son los escritores los que se encuentran en la curiosa situación donde sus vidas son alteradas por sus creaciones: se rebelan contra sus creadores, cobran vida.

En el cuento El desenlace, un escritor es golpeado, según él, por un hombre que lo ha confundido con un personaje de su historia que ni siquiera ha sido publicada. Este escritor, narrador en primera persona, cuenta sobre qué va la historia, aclarando que "Es, claramente, una ficción". En El cuento breve un escritor se entera del descontento de su personaje que él mismo ha escrito: afirma que su creador lo ha sometido a un destino desfavorable. En ¿Ya viste las estrellas fuera de casa? El escritor observa cómo sus personajes se salen de su control, cobran independencia, y él decide volverse espectador de la historia:

He creado un cielo nublado. Y, por descuido, la plaza está vacía. A estas alturas, algo me conmina a mantenerme a la distancia, a la expectativa, como si la escena que veo no me incluyera para nada, aunque yo, al menos en título, sea autor de lo que ocurre.

Estos escritores están sumidos en un absurdo, pero poseen una gran consciencia ficticia, como si ellos mismos supieran que su vida de escritor es una ficción creada por alguien más, por lo que su vida no escaparía de estos hechos tan "literarios". Se conforma un escenario paradójico, donde el escritor es escrito, y aquello que es escrito por el escritor se vuelve tan real como él.

Incluso cuando no son escritores, el cuento hace énfasis en la condición de "personaje" de los protagonistas, como si se quisiera exaltar lo "ficticio", sus capacidades de cambiar, metamorfosear, reinventarse... o ser sometidos por una fuerza mayor que altere sus destinos. Un gran ejemplo es Ella crepitaba, que introduce a su protagonista como: "Los personajes como Dany se están haciendo personajes", y en la historia ella recibe un pedazo de papel que la define y que, aparentemente, será definitorio para su futuro. En Los enamorados la intención se repite en el inicio del relato: "En la mañana, el protagonista de esta historia se siente más tranquilo y ligero".

El último relato, el más extenso del libro, Interpretaciones sobre un barco grande, consiste en un cuento que se reinventa a partir de distintas lecturas: la de un profesor universitario, un especialista en estudios culturales, dos estudiantes de filosofía, y que funcionan como detonantes para que ellos cuenten una historia a partir de sus interpretaciones del relato. Al final, se encuentra al escritor del cuento reflexionando sobre qué respuesta dará cuando se le pregunte sobre la interpretación o significado final de su cuento. Entiende que su obra de ficción ha escapado de sus manos, el consumo y el debate la ha multiplicado hasta convertirla en una historia que ya no siente suya:

Se dice que si en verdad se hubiese propuesto a hacer un texto con tanto material de reflexión, no lo habría podido hacer. Y todo lo complica el que, mientras escribía «La embarcación», ninguna de las ideas que los demás habían aportado se le habían ocurrido a él. Se veía a sí mismo, en resumidas cuentas, como un fraude exitoso.

En 26 humillados se observa cómo el lenguaje permite la creación de mundos y personajes, pero sobre todo su capacidad de crear una potencia que sale de un primer plano de la ficción, dándole a cada relato varias capas paradójicas, ya sea desde el personaje escritor (creador) o los protagonistas que son una suerte de marionetas del destino (creados). Roland Barthes dijo: "Nunca topamos con ese estado en que el hombre estaría separado del lenguaje y elaboraría este último para 'expresar' lo que 'pasa en su interior': es el lenguaje el que enseña cómo definir al hombre, y no al contrario". En este libro de cuentos, vemos al lenguaje crear y alterar la ficción en cada línea, trastornar los sentidos de la lectura. Nos hace cuestionarnos a nosotros, lectores, si esos personajes y esas historias son conscientes de que son construidos y leídos por otros.

"La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela."

Julio Cortázar, La continuidad de los parques