La ira de Kodama

04.07.2021

El Aleph Engordado, María Kodama, Pablo Katchadjian y el Borges infinito.

Borges no es dios porque dios es el hombre-homúnculo, el hombre-recreado, el hombre-fuera-del-espejo, el hombre-que-nunca-fue-hombre. Y si bien intentó usurpar el trono del viejo, no lo logró. Mejor así. En un mundo pensado por Borges no cabría la idea de un beso. Y sin esa unión las sociedades colapsarían. Y el fracaso traería guerras y las guerras, muerte. Tantos Recabarren morirían sin conocer la realidad: una noche es eterna en la verdadera lengua del otro.

Estas circunvalaciones, naturalmente, nos llevan de frente a un solo contexto, el visceral noticioso, el que inunda los titulares de la prensa literaria rosa: María Kodama denunció en 2009 al escritor Pablo Katchadjian por la publicación de un tiraje de 200 ejemplares de un cuento titulado El Aleph engordado. A su parecer, establece la prensa, el texto defraudó los derechos del famoso cuento de Borges. El caso, desquiciado desde el inicio, parece ser un episodio arrastrado por el pacto ficcional hacia su propio centro, como si un delirante escritor moderno deseara atraernos a la locura con una historia sin sentido sobre los bajos mundos literarios. Sin embargo, en Borges nada es ficción: ni la Biblioteca de Babel ni Indostán. Sabemos que el evento ha sucedido y que el mundo contemporáneo ha permitido que algo así sucediera. Sin duda, esta permisividad que el absurdo posee sobre las garras de la vida actual es lo que convierte a nuestras sociedades en angustiadas redes de terror: saber que en cualquier momento la literatura no será de todos, será de alguien.

No me interesa hablar de las razones legales de la denuncia. Los derechos literarios, esa posesión sanguinaria de la imaginación del otro, son un mundo vedado para mí. Desconozco si fue válida la denuncia. María Kodama tendrá sus razones. Después de todo ella conoció a Borges; nosotros, no.

Ahora bien, me parece interesante ilustrar qué habría hecho Borges enfrentado ante El Aleph engordado. Qué pasaría si, por ejemplo, se levantara de la cama con su natural lentitud de bibliotecario y caminara hasta una librería de Belgrano y recogiera uno de los ejemplares del cuento y leyera con atención la interpretación experimental de Katchadjian.

¿Qué habría declarado el numeroso Borges de El Aleph?

Lo contrario que denunció su heredera: que la nueva versión del Aleph, que reune el texto original y le añade la modesta suma de 5.600 palabras, es sumamente superior al original borgiano. Aunque una lectura de su obra completa evidencia que siempre buscó el cuento-resumen, para él, la versión de Katchadjian habría demostrado "que el Aleph existe y está en todas partes, no solo en la calle Garay, en el sótano de esa casa demolida, monumento que visité inutilmente buscando a Beatriz Viterbo, sino en todos los lugares, todas las horas, aquí, allá, en mí". Habría agregado que, además, es diabólicamente obvio que en El Aleph están contenidas todas las interpretaciones posibles de la propia esencia de El Aleph, esperando la llegada de los vislumbramientos, porque el Aleph, si es el espacio que contiene todos los espacios posibles, también incluye todo el espacio de lo que efectivamente no es. Borges habría aplaudido la belleza de la reinterpretación que producen las versiones; después de todo, él escribió a Pierre Menard, quien a su vez escribió el Quijote. El laberinto se agrandó y con esa violencia filosófica creció el caudal del mundo.

La ira es la más ciega de todas las venganzas. María Kodama, en su amor absoluto por el hombre-laberinto, no supo ver que también Borges había escrito, en el propio Aleph, el episodio de su ira y que Pablo Katchadjian existió desde la crucifixión y que su esencia de experimentalista fue pensada por Recabarren antes de caer en las fauces trémulas de su otra muerte.