La lengua de Sancho

09.05.2021

Jan Queretz

El Quijote y Sancho como pensamiento y fuente de la lengua española

Traer a colación al Quijote al panorama de un siglo XXI a punto de quebrarse no es un disparate de circo ni un equívoco de cátedras: después de todo sabemos muy bien -algunos en secreto y otros a viva voz- que Don Quijote de la Mancha es la novela más necesaria de todas las novelas escritas en el mundo. No hay lectura discreta ni superficialidad posible; en sus páginas (aunque sería mejor llamarlas vuelos) hay intenciones profundas de comprender la esquiva verdad de la imaginación: la ficción, lanza en mano, atacando la cabeza draconiana de una realidad cada vez más escurridiza. Es la cabeza real del aburrimiento la cabeza desterrada, la cabeza del desocupado lector que nunca saldrá al campo a aventurarse. En el Quijote todo es enfrentamiento textual, popular, temerario, caballeresco, críptico, contradictorio, limpio: ¿no será el secreto esperado que la humanidad ha nacido para ser del tamaño de Don Quijote?

Lo conocemos de sobra. Al flaco caballero campeador, a su caballo de rostro quieto. Al aventurero soñador de los altos molinos de viento. También sabemos en nuestro choque con lo real, por el tiempo que ha pasado desde que salió de aquel lugar de la Mancha hasta este año de circunstancias extrañas, que en este mundo no hay héroes ni salvadores.

Don Quijote, nuestro gran Alonso Quijano el Bueno, morirá sin remedio, porque no hay vida humana que pueda afrontar con tanta locura de verdad el peso de la nobleza. Cercano a él, Sancho Panza retoma su vida como el gobernador fracasado de la ínsula Barataria y vive como labrador, para lo que ha nacido. El Quijote solo es uno, solo puede ser uno, pero todos los que venimos antes y después de él somos simples, por suerte simples, Sanchos.

Hoy, hablar de la lengua española es hablar de la lengua de Cervantes. Sin quitarle mérito a su genio, Cervantes solo fue una carreta que transportaba dos ánforas de vino maduro. Una se quedó en el camino. La otra ha llegado hasta nuestro siglo para hacernos la pregunta decisiva: ¿realmente hablamos la lengua de Don Quijote?

No.

Elegante, tan exclusiva y alargada, tan perfecta en la forma y en el fondo, la lengua del Quijote es única porque se nutre de palabras que solo la locura puede traer a la vida con sus destellos e ilusiones de risa descascarada.

La lengua que llegó hasta nuestro siglo en su ánfora de barro es la lengua de Sancho.

Sancho Pueblo.

Sancho Tierra.

Sancho Todos.

El refranero conocedor de las voces, el equivocado Sancho tantas veces, el gobernador sin experiencia que dejará su ínsula al darse cuenta de las incomodidades y peligros del poder, el verdadero Sancho humano, oral, popular, labrador, cabalgador de rucios perdidos, de rucios recobrados.

Como nosotros.

Desde mil seiscientos cinco hablamos la lengua de Sancho Panza, la auténtica lengua de todos, humilde, incluyente, la lengua que merece ser la lengua española, lengua homenaje para los caminantes compañeros y los caballeros imposibles, amigos hasta la última noche.