Marzo

13.06.2021

Jan Queretz

Impresiones y diálogos íntimos sobre marzo

Estas notas fueron tomadas, a lápiz, durante el mes de marzo. Son apreciaciones sobre la naturaleza, el transcurso del tiempo, la muerte de una hoja y el nacimiento feroz de un animal salvaje. En la mayoría de las entradas no sucede nada y quizás es mejor así. Atesoro cada una de las sensaciones. Los días monótonos, que sucedieron uno detrás del otro y en los que escribí ideas y frases similares, los he borrado. Nadie los leerá nunca. Dudo que al lector le interese saber sobre si Ha llovido o si Ha dejado de llover o si El viento es cada vez más frío. He seleccionado los días que considero más valiosos. Los dejaré caer en la eternidad de un tiempo que siempre busca borrarse.

Jueves, 4 de marzo

El perro ha logrado entablar una relación cordial con el gato después de varios meses de miedo e ira. Al principio se olieron de cerca, casi se tocan, y en su brusquedad, el perro intentó insertar un lengüetazo amable sobre la cabeza del gato, lo que ocasionó un fracaso más que previsible. El gato no respondió y se marchó demostrando su total indiferencia. Pienso que el gesto fue premeditado, como si el gato quisiera instaurar la tiranía de sus decisiones. Sin embargo, después pude verlos cerca, muy cerca, como si fueran de la misma especie; caminaban por el campo y movían las colas en una sincronización precisa. Siempre pensé que el acercamiento no sucedería entre ellos. Después de todo son enemigos naturales: el perro, por alguna razón que desconozco, derrumbó sus murallas y ya no es el perseguidor ni el atacante; tampoco acosa, solo mira, como si aceptara la realidad después de una lucha extensa. Tuvo que abrirse a la idea de la existencia del otro, un ser que también busca nuestra atención, totalmente distinto a él y con una personalidad más grave, de enigma egipcio. Es curioso. Hay veces que no puedo abrirme a la existencia del otro. No la acepto. El perro pudo. A veces yo no puedo. Esto deja mucho para pensar y me ingresa en un ruido. Se supone que yo pertenezco a la categoría de los seres pensantes. Se supone. Ahora todos tomamos sol, afuera. El frío que se aproxima es delicado. Es el viento del sur, polar. El perro y el gato lo saben. Por eso duermen juntos, tocándose, como si dormir salvara la vida y no hubiera otro fin ni objetivo sino el oficio del sueño.

Martes, 16 de marzo

Hoy ha muerto la hoja de un árbol y hemos decidido hacer un ritual de enterramiento. El esfuerzo que hicimos fue preferible a dejarla descomponerse junto a las otras hojas. No sé por qué pero cuando la vi sobre el suelo, marrón y quebradiza, decidí que esa vida de extinción reciente tenía algo especial para mí. Después de todo me dio sombra durante meses, otorgó al campo un silbido único al dejar correr el viento entre sus pliegues. Cuando cavaba el metro y medio necesario para enterrarla recordé que mi abuelo me contó una historia similar. Tenía la misma edad que yo, casi treinta años. Sufrió muy joven en la guerra. Sentía que no podía perdonarse lo que había hecho en el pelotón. Como consecuencia perdió la capacidad para mirarse en los espejos. La imagen devuelta por el artefacto distorsionaba la realidad y donde debía estar él, sonriente, surgía otro, de rostro desfigurado, cruel, maligno, recordándole día tras día ciertas decisiones que tomó por necesidad. Por eso decidió darle la vuelta a todos los espejos de la casa. Ahora entiendo que para él habría sido mejor nunca haberse conocido. Las visitas que llegaban a su casa preguntaban por la inversión de los espejos. Y cuando él otorgaba una excusa sin lógica estoy seguro de que todos juzgaban a mi abuelo y se preguntaban por qué no soportaba su reflejo, qué había hecho. Harto de la situación, decidió enterrar los espejos en diferentes zonas de su patio, con la intención de desaparecer la existencia de sus proyecciones. Cavó un metro y medio de tierra para cada uno, como yo hice en mi propio proceso. Mi abuelo no quebró los espejos para no quebrarse él mismo, como si algo físico los conectara. Recuerdo que me dijo: "Desde ese día la boca me supo a tierra". Nosotros dejamos caer la hoja con suavidad y cuando comenzamos a llenar el agujero sentí que la hoja nos agradecía. O por lo menos eso parecía decir su cuerpo marchito.

Miércoles, 17 de marzo

Un pájaro vuela y no sabe la forma del tiempo. No conoce la vuelta macabra del reloj. Lo persigo: se detiene durante dos horas en una rama para observar el campo y cantar. Él contempla sin miedo a su alrededor. Para él todo es eterno: el agua, los insectos, los otros pájaros, el ciclo de los días. La muerte no tiene significado alguno para él. Es el mismo estado de calma pura, es otro vuelo. La vida sin la tiranía de la hora resurge para aquietarnos. Es mejor no pensar que todo se acaba sino que todo nace de nuevo.

Jueves, 25 de marzo

Hoy cumplo treinta años. He escrito, he llorado, he amado y dejado de amar durante una década entera. Y hoy, que inicia una nueva, amo. Eso es suficiente. Estoy parado lejos de la tierra. Eso es suficiente. Odiaría haber llegado a esta edad convertido en un realista. Como parte de la novedad le daré una importancia radical a todos los sucesos. Me interesa la raíz invertida, anómala, el insecto que carga cuarenta veces su propio peso, la amistad profunda entre el perro y el gato, la llovizna que comenzará en pocos minutos. Sin duda será un día de lluvia. Las nubes anochecen el día. Pero no importa. En este segundo la lluvia tiene tanta importancia para mí como la literatura. Lejos, algo suena. Es un trueno y junto al ruido, un chillido animal. Salgo. Una comadreja ha tenido crías. Las crías beben leche mientras la inundación comienza a delatar su inminencia. Intento acercarme para ofrecerles un techo. La madre me rechaza y me muestra sus dientes amarillos y afilados. Es un animal agresivo. Prefiero retirarme. El perro me mira desde lejos. Es la primera derrota de mis treinta años.