País portátil

27.06.2021

Adriano González León

El primer fragmento de la novela País Portátil

La escalera cubre la cola del pájaro pintado. Se levantan las hojas. Se devuelven los tres muchachos a la salida del bar y suena un pito. Más allá van la caderas de las dos mujeres, las dos rayas, el movimento en ondas verdes, ondas de tela verde: el movimiento que va de las nalgas al tacón. Los tacones, juntos, golpeando a un solo ritmo, cruzan la rejilla, la tapa de hierro que dice C.A.L.EV. Las dos nalgas, los dos rabos, las dos colas, hacen sombra movida contra la pared o la rejas de metal. Las tres hileras de automóviles se mueven otra vez. Hay varios golpes, leña y herrumbre, cuando las palancas cambian la velocidad. Trassss... chan... y van todos a caer contra el parachoque de todos, haciéndose toques obscenos, baboseándose, con humo y aceite y olor. Ir detrás, en la cocina, resulta incómodo, grasoso. Todos los olores de todos los pies de todo el mundo se han adherido al cuero, se han mezclado a la mugre de los pasamanos, se aquietan, gomosos, densos, con pedazos de colillas y viejas ceras de chiclets, ferruginosos, húmedos, sofocantes en el asiento de atrás. Hay los rostros tensos de los que juegan a los desentendidos, a esconderse la nariz. Hay las cabezas sacudidas para hacer algo y olvidar. Se puede creer que se está de paso, que todo es apenas una dificultad y un sofoco de quince minutos y que en la próxima parada se ganará el aire libre. Pero la nueva sacudida dispersa el olor. Ahora es un traqueteo de columpio viejo y un chillido apaciguado por la tapicería de plástico. La sensación de flotar que sube desde las gomas afincadas contra el asfalto, la débil oscilación de las correas-agarraderas que caen sobre los veintidós asientos y las treinta y cuatro cabezas -se incluyen los parados- pendientes del próximo frenazo. Se oye el arranque y ya el ronquido se hace prolongado, se sabe que algo ha mordido dentro del motor y las ruedas van, por fin, rodando sobre la calle. Es rápido. El olor se pierde definitivamente y las vitrinas comienzan a pasar. Las gentes comienzan a pasar. Vienen hombres. Vienen paquetes y tres vestidos de mujer. Después cuatro tacones sorteando las rejillas de los sótanos y un codo, más un no joda, más una maldición, contra el aviso que dice «prohibido estacionar». Se ven las nalgas reflejadas en la vitrina de cosas para damas. Nalgas para llenar los blumers acomodados como hojas caídas, en serie, en escamas, con el cartelito: 7,50 rebajas del mes. Más arriba están los sostenes prendidos con alfileres, las naranjas de la frutería de los chinos, los sostenes, las dos gomas para agrandar el bulto, los tirantes que caen resueltamente y los tacones, las caderas, que ya están lejos de la vitrina... la vitrina se queda escalonando pedazos íntimos de otras mujeres, los reflejos, de las mil, la diez mil y más que debieron haber cruzado la acera, que se imaginaron manoseadas frente a la exhibición, palpadas, rebuscadas por entre la goma del sostén, las que vieron colgando su sostén en el postigo de la habitación, en el mango de la puerta, junto a los blumers, pantaletas rosa rebajadas en el mes, en otro mes caídas a un costado de la cama, al lado de la camisa desabrochada del hombre. Gran rebaja, telas importadas, aproveche nuestra venta aniversaria y después se decía: «Te quiero, no te vas a ir, ¿verdad?» o si no: «¿Qué va a pensar usted de mí?»... Eso. Qué va a pensar, mientras se ganaba tiempo y se recogían los blumers y los calzoncillos caídos, salpicados ya por el semen, cuando él fue al baño pero ni siquiera se fijó que los blumers o las pantaletas eran bikini de color negro. No está para eso. Nadie está para eso. Sólo se trata de bajarlos lo más rápidamente a pesar de que en la tienda pierden uno y dos días acomodándolos con gracia, muy coquetos por cierto, dice la empleadita que nunca se los ha bajado para otra cosa que orinar. Ella, que los sueña colgados en la ventana del hotel, en la playa, por temporada, cuando el señor del mechón blanco detenga su automóvil y diga: «Pase usted, cenaremos en el litoral. Vamos a regresar temprano y puede decir en su casa que debió arreglar la exposición de la vitrina hasta muy tarde». Pero al mover su mano ella sabe que no será así y advierte que debe terminar pronto el arreglo y su pobre cara se achata contra el vidrio cuando las gentes pasan sin mirar, mientras uno, dos nuevos tacones resuenan en la acera, nuevas caderas chocan contra la pared, el muchacho de los periódicos pasa gritando, los pavos del bar de enfrente, la vieja se alisa la falda, se frota la mancha de helado dejada por el muchachito al pasar sin saber dónde ya va él con su cara de pícaro, tapada por los sacos sports de los tres italianos que hablan sin parar y el vendedor de maromeros suelta su risa destemplada y luego el polvo, los papeles levantados, el olor a maní, el ruido de la moto que se clava en el asiento de atrás.