Sobre el odio a la literatura

23.05.2021

Jan Queretz

Una crónica sobre los esclavos de la letra y un ser que odia la literatura

Siempre he pensado que los encuentros fortuitos son el cuervo de las desgracias y esta situación, que ahora escribo para que se haga público y notorio lo que dijo y vivió Hugo González Almeno, no fue la excepción. Lo conocí en la plaza del Entrevero, en Montevideo, en 2017. Era verano. Sudaba. El cielo rezumaba treinta grados o más. No sé. Yo no leía. No podía leer. Solo descansaba del calor, sentado al este de la plaza, pensando en regresar a casa para acostarme frente a mi ventilador malogrado. Tampoco tenía un libro en la mano. Nada revelaba mi conexión con la literatura. Nadie podría haber dicho al verme: "Él lee" o "Él escribe". Invisible, me sentía a salvo del dolor de los demás. Nadie se acercaría para hablarme. Quería pensar en silencio, sentir las inquietudes del calor. Estaba solo en un mundo ahogado en sudor ajeno. Nadie me conocía. No conocía a nadie. Quizás era mejor así. Después supe que Hugo González Almeno podía olfatear, encontrar y cazar lo que él llama esclavos de la letra, es decir, personas como yo, que no pueden parar de leer, o lo que es peor, dijo luego, personas que no pueden parar de escribir, seres caídos para quienes es imposible salir de su propia experiencia, en fin, comentó una tarde, definiéndome, remedos de dios vertidos sobre el volcán de su ego, colas de diablo ciego para quien la belleza de los demás nunca ha existido.

No contaré el momento del encuentro fatal de nuestras personalidades. No es importante. Solo diré que nuestra relación se profundizó y decidimos encontrarnos en el mismo lugar, todos los días durante varias semanas, para hablar media hora o menos. Yo limité el período de nuestra conversación. No podía escucharlo hablar más de media hora. Él podría haber destilado veneno durante siglos enteros y su discurso trágico se habría trepado en la soledad de mis pensamientos. Y no quiero eso para mí ni para mi familia. Para existir necesito conservar, en la mayor medida posible, la salud de mi mente.

Su pesimismo literario es despiadado y puede extenderse a través de formas extrañas, siempre dolorosas. Pero el aspecto más aterrador del pensamiento de Hugo González Almeno es su negación total al acto de la escritura. Hace meses que dejé de leer, dijo un día, ahora camino por Montevideo buscando esclavos de la letra para advertirles de su infortunio. Para esto he nacido.

Contó que cuando tenía quince años pensó en ser arquitecto para poder construir una gran biblioteca. Con mucho esfuerzo, la llenaría con todos los libros. Con todos. Ni uno podía faltar en la colección de la biblioteca. Tenían que ser todos o ninguno. Entonces noté una extraña fuerza de fuego en la mirada. Le dije, aterrorizado de su pensamiento y de la soltura del desenfreno de sus formas, que otro incendio alejandrino era inconcebible y que ese acto terminaría por destruir la humanidad. ¿Incendio?, preguntó. Y dijo, con una malicia más cáustica que la del fuego, que su deseo no era quemar todos los libros sino hacerlos inservibles. Cerraría la biblioteca con trancas de fortaleza para que nadie pudiera entrar. Y en esa situación de corruptibilidad y quietud máxima no habría esperanza posible para los libros.


Hugo González Almeno es una persona joven. Tenía, para el momento en que nos conocimos, veintidós años contradictorios. Debo ser sincero. Me costó creer, al principio, que sus ideas fueran reales. Llegué a dudar de su propia existencia. Es decir, es imposible que alguien quiera encerrar todos los libros. Después de todo, son seres que no dañan, enriquecen. ¿Por qué el odio, para qué? Pensé que actuaba, que había creado un personaje de ficción para no pasar desapercibido ante los ojos de los demás.

Una tarde, ya un poco harto de sus disparates, decidí preguntarle cuándo comenzó a despreciar la literatura. Después de haberlo leído todo, me contestó. Dudé. Naturalmente, no se refería a haberlo leído todo. Sus palabras conquistaban apenas un rincón ansioso de su casa, donde su padre, según me contó, tenía una gran biblioteca.

La llegada del padre a la conversación trajo una mirada oscura a su rostro. El verano continuaba alrededor sin disminuir las posibilidades de una temperatura más agradable. Pero la oscuridad estaba allí, rompiendo el calor, defenestrando cualquier sensación, congelándolo todo; la oscuridad palpitó en esos ojos deficientes de afecto: entendí que el odio a la literatura que Hugo González Almeno sentía en el fondo crítico de su mente no era sino un odio por algo que había hecho su padre.

No me sorprendió que el hombre se dedicara a la literatura. Era profesor de teoría literaria contemporánea en una universidad de prestigio y según dijo González Almeno, un pésimo escritor. Entendí que en un ambiente familiar de ese tipo es corriente que los padres lean a sus hijos. El amor por los libros es algo que es deseable transmitir como herencia espiritual. Al principio, le leían dos o tres horas todas las noches. Luego, cuando aprendió por sí solo, solo podía leer, bajo pena de violencia, textos críticos, panfletos literarios, ensayos sobre obras, novelas y cuentos que trataran exclusivamente sobre literatura, que estuvieran hinchadas con referencias literarias y culturales y que sobre todas las cosas, mostraran, extrovertidos, el pesado bagaje cultural y literario de los escritores. Cualquier otro tipo de libro estaba prohibido. El Quijote quedó en el abismo del rencor porque según el padre, la novela mostraba algo de vida y de eso no trataba la literatura. Según él, solo el siglo XXI había logrado establecer al escritor como el centro perfecto del relato y explotar sus erudiciones desde allí.

Así fue creciendo el camino del odio. Mediante una hábil estrategia de chantaje y extorsión, el padre de Hugo pudo prevenir que su hijo conociera, en la escuela, las obras inmortales de la literatura. Necesitaba que su hijo se formara como literato, no como lector, para que en un futuro pudiera seguir sus pasos y convertirse en un gran crítico y catedrático. El placer debía ser emasculado para que la literatura terminara por convertirse en ciencia, y la ciencia en datos, y los datos en progreso. Debido a esto, Hugo González Almeno, la persona que olfateó la insistencia literaria que yo pretendía esconder, creció creyendo que la literatura se trataba de largas páginas que enumeraban una fórmula simple: lo que leían los escritores. Él no quería pertenecer a ese mundo de pretensiones falsas y de sabidurías competitivas.

Necesitaba sentir que la vida podía escribirse.

Lo he leído todo, me dijo una de las últimas tardes que nos vimos, y no he sentido nada.

Hizo una pausa, suspiró y luego continuó el camino de sus palabras:

Entiendo que escribir sobre la vida es imposible. Nadie lo ha intentado jamás y nadie podrá intentarlo. La imaginación no existe, es solo una copia errática de lo que alguien escribió una vez, textos que ya se han perdido, según mi padre, y que es mejor no conocerlos, por falsos. Por eso, a los quince años, quería encerrar todos los libros. Odio la literatura porque siempre ha tenido la boca cerrada. En esa biblioteca sin gente nadie tendría que enfrentarse a esa colección de egos y de lecturas acumuladas. Y solo así, en ese silencio, quizás alguien se dedique a hacer otra cosa que no sea escribir sobre su inteligencia, mundo que al final, y yo lo sé porque mi padre me lo ha demostrado, siempre es un abismo.