Revontulet

¿En qué he pensado estos últimos meses?

He pensado en el paseo por París con Guido, corto y fundamental, en la conversación decisiva que tuvimos sobre el futuro, sentados como siempre frente al agua, no importa de qué lado del mundo: agua o mar o río de oro, río de plata, qué más da; el agua deja de ser agua y se convierte en lugar, en estación, no solo eso, lugar nuestro, estación de tren para llegar y demorarse, entonces sí, esto: nuestra casa-país, donde la distancia es mínima y puedo escucharlo reír y burlarnos de todo y hablar como si no hubiera pasado un segundo desde el último encuentro. Podríamos caminar hasta que la noche más decidida nos obligara a empezar de nuevo. Lo que daría por estar cerca y no lejos.

He pensado en el reencuentro con Guille, con Arturo y con Luis, amistad de tantos años renovada, porque es toda una vida conociéndolos, desde niños, riéndonos como sapos altotes: son mis amigos más viejos, los vi crecer, convertirse en hombres sensibles, hacerse adultos, sufrir, los veo amar y sonrío y los amo; qué intenso París que ahora guardas el recuerdo de sus caras y sus formas, del paseo y la presencia, qué interesante lo que nos regalaste, París, un lugar de encuentro, un idioma nuevo: diste cine, librerías, sopa de cebolla y horas y horas en el frío europeo. Los extraño.

He pensado en el suicidio de Antonia, en el dolor que debe haber sentido al chocar la cabeza contra el suelo después de caer cuatro pisos, en la punzada violeta que la impulsó a lanzarse por la ventana como si estuviera atenta a volar, nunca a caer: quizás pensó en el cielo al lanzarse, intuyo, quizás quería subir y no bajar. Pero bajar bajó y no hubo misterio en el acto porque la realidad es y no duda jamás;  eso es lo que duele, que las cosas fueron como fueron, que no hubo espacio para la salvación que nos puede otorgar la irrealidad. Antonia me dijo una vez: «Yo soy La Bella Transparente, me miro y no estoy», y en la alta cúpula de su pensamiento me pregunto por qué si afirmó su transparencia y su cuerpo estaba desmaterializado y puro, no atravesó el suelo al chocar, tenía que llegar a otros mundos, inaccesibles para mortales como yo, que se quedaron atados a la tierra, yo, que ahora veo fotos de vidas anteriores y me encuentro con la imagen de una ventana, esa ventana, y es extraño saber que aunque Antonia fue mi amiga y ya no estaba cerca de mí, por circunstancias exteriores que nos llevó a la distancia, no importa, ya no está en la vida misma, ya no está aquí sino allá; ¿cómo sucedió la conversión, cómo pasó a ser de verdad La Bella Transparente?

He pensado en Rosi, chiquita, frágil y fuerte como nadie en este mundo. Rosi: vasija, araña de tela inacabable, mujer que rebosa actos amorosos, amorosi; porque en la realidad de aquel humo feliz solo hay una cosa, una sola y nada más: los paseos, las conversaciones, los restaurantes, las risas, la terraza; una sola idea, la mejor persona que pudo haber volado hasta Montevideo para ingresar en nuestras vidas. He pensado en ella y en su fuerza y en sus tantas responsabilidades y en su ropa y en su futuro: vendrá algo, algo se aproxima.

También he pensado en Eli. No saben cuánto. Salió de las sombras de pronto y se revolucionó a sí misma, cambió, se le encendieron los ojos y ahora sonríe sosteniéndolo en la mano. ¿Cómo pasar de un estado de la materia al otro? ¿Cómo ocurre un movimiento tan telúrico? No lo sé. Ella tiene la respuesta en sus manos. Y solo la entregará cuando seamos merecedores del quiebre de su sabiduría. Por ahora solo nos queda esperar.

Pienso en el cangrejito. Dentro de dos días cumplo 35 años y él estará ahí acompañándome, celebrando que me hago viejo, viejito con él, más canoso, en paz conmigo, sin sobresaltos, parado sobre la realidad, hecho todo existencia, sin tener que recurrir a la salvación que nos puede otorgar la irrealidad. Por suerte así es, gracias, aunque aún así digo esta plegaria para protegernos: ¡sombra irreal, que das y quitas, nunca ocultes el sol! Gracias. Dentro de dos días cumplo años y ahí estaré acompañándolo, escuchando sus historias, en paz conmigo y con él, sin sobresaltos, parado de frente en el abrazo, en el beso, recordando lo mucho que le dolió la conversación con algunas personitas queridas que buscaban un camino más allá de la tierra y lo fuerte que fue al enfrentarlas con todo el amor arraigado en su pecho; recordando también los paseos por Costa Rica y los largos y distendidos días en las playas, haciendo cualquier cosa, sumergidos en el agua, viendo a los peces nadar entre nosotros como preguntándonos qué se siente estar afuera, estar secos, caminando por pueblitos remotos y alegres donde no hay más que vida y vida. Y en unos meses, cuando nos despertemos en la más profunda oscuridad, recordaremos que toda posibilidad es motivo de espera y emoción: Revontulet.

Estos son mis pensamientos de los últimos meses. Caben en este número, el 19, que tanto aire y tanto cielo nos ha otorgado en su escritura. Casapaís, vasija de muchos ojos, te digo: nunca seas inmaterial, transparente, muéstrate en tus luces verdes, amiga, amante, tierra de aquellos que aman el lenguaje; Casapaís: Revontulet en el cielo de América Latina, mirada eléctrica de sol, palabra, literatura. 

Jan Queretz

Jan Queretz (Caracas, Venezuela, 1991). Escritor venezolano. Cursó estudios de filosofía en Caracas. De 2012 a 2017 trabajó como profesor de literatura. Escribe la columna Literatura Viva en The Wynwood Times. Ha escrito una novela, Nuestra Tierra tan Pobre, inédita. Fue seleccionado para formar parte de la antología poética “Artesanía de la piel”, de la revista española “Altavoz Cultural”. Quedó finalista en el tercer premio de crónica literaria “Lo mejor de Nos” en Venezuela.  Ha publicado en distintas revistas en México y España. Dirige la revista Casapaís. 



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