Siempre es bueno tener algo para limpiar

En mi habitación hay un perro. Lo trajeron hace poco. Es negro, pequeño y mudo. Tengo que darle comida dos veces al día, reponer el agua que toma y acariciarlo. Nadie lo dijo, pero supuse que debía ponerle un nombre. Pensarlo bien, barajar varias opciones y bautizarlo. Yo le digo Perro. 

Perro, salga de acá. 

Perro, fuera. 

Perro, quieto ahí. 

Muy rápido se hizo evidente que olvidaba la parte del alimento. Perro andaba débil, con los ojos acuosos y soltando saliva. Algo particularmente desagradable. El problema lo solucioné fácil: Perro se iba a administrar. Haría uso de su bolsa de comida, sin límites, con plena disposición. Ahora Perro despierta, mastica y traga, y ese es un buen momento: está lejos, concentrado, rompiendo con sus colmillitos el silencio de esta habitación invariable. Después viene la mejor parte: Perro vomita. Devuelve el exceso. No sé por qué, pero a mí eso me da risa. Entonces lanzo una carcajada breve, respiro el olor de las entrañas de Perro y limpio. Cuidadora, la única persona que entra a esta habitación, lo saca a pasear una vez al día, después del desayuno y del vómito. El resto del tiempo, Perro se aguanta sus necesidades y, si no lo hace, limpio de nuevo. Me gusta cuando aparece una mugre imprevista: siempre es bueno tener algo para limpiar, pero nunca es bueno que haya algo sucio. 

En la habitación también hay un espejo. Frente a la cama, pegado al ropero, una lámina gruesa y pesada se despliega y devuelve imágenes. Me refleja entera, todos los días, antes de dormir. Reviso mi cuerpo desnudo y cambio de posición según lo que quiera ver. Empiezo por lo preocupante: las pecas rojas, las várices incipientes, los lunares con volumen. Sigo por lo placentero: las axilas lampiñas, las piernas soberbias. A veces prenso la carne y la hago explotar entre mis dedos. Me quedan marcas pero se esfuman rápido y vuelvo al blanco leche, a la falta de sol, a la piel de encierro. Algunos pliegues me satisfacen especialmente. Aprieto las costillas, el cuello y la ingle y veo otra piel, una que es transparente y aloja venas, ríos delgados por donde corre mi propia sangre. Cada tanto encuentro pequeñas pelusas y festejo. Que hice un descubrimiento. Que hay algo nuevo para limpiar. Entonces hundo el paño que uso para lavarme con minucia y me dejo la piel ardida, como un campo de brotes.  

En el techo, alta, está la claraboya. Me deja ver el cielo, que es lo importante. No me deja irme, que parece crucial. Cuando da sol directo, la abro. Tiro de una argolla que tira de una cuerda y veo el afuera sin vidrio de por medio. En una libreta anoto cómo está el clima: soleado, lluvioso, nublado, tormentoso, insólito. Insólito es por si sucede algo excepcional: un tornado, piedras de granizo, nieve. Registro un mínimo y un máximo de temperatura que adivino sin más referencia que mis brazos o mi frente. Escucho los sonidos que entran a la habitación. Si hay más autos que pájaros escribo: día hábil. Si es al revés: fin de semana. Cuando cierro la claraboya vuelvo al territorio sellado. Al útero de cal. A la delicadeza de la lengua áspera de Perro sobre mis pies. Al olor tóxico de la pintura blanca que todos los primeros de mes pido a Cuidadora que aplique. A mi tesoro: los cepillos de dientes sin usar que acabarán como pequeñas escobas para barrer rincones. 

Tengo una cama, también. Una cama amplia y con respaldo que heredé de Mami. Me la dio como regalo de casamiento, dijo que yo la iba a aprovechar mejor, porque ella, viuda, dormía siempre del mismo lado, el derecho, que es tan cómodo. Al final, eso de que la iba a aprovechar mejor, era mentira. El divorcio fue el mismo año que el casamiento, pero intento no pensar mucho en eso. Así que duermo del lado derecho, igual que Mami, y los ojos se me abren todos los días entre las siete y las siete y cuarto de la mañana. Me levanto y tiendo la cama con sábanas nuevas. Me gusta sentir la tela limpia, el olor del jabón, la tibieza de la plancha. Me gusta recorrer los cuatro vértices y dejar la sábana tirante. Enfundar las almohadas, sacudir las mantas. Mami decía que la cama bien tendida debe apretar el pecho. Cuando era niña me explicó el paso a paso. Estuvo todo un día repitiéndolo, hasta que aprendí. Mami, aprendí. Tiendo la cama y cuando me acuesto el pecho se me agobia…

Eugenia Ladra

Eugenia Ladra (Montevideo, Uruguay, 1992). Es licenciada en Comunicación y magíster en Creación Literaria. Carnada, su primera novela, fue finalista del Premio IESS de Italia y ha sido publicada en Uruguay, Argentina, Bolivia, España e Italia, con próximas apariciones en México, Colombia y Reino Unido. En 2025 recibió el Premio Bartolomé Hidalgo en la categoría Revelación de Ficción y una mención en el Premio a las Letras.

https://www.instagram.com/eugeladra
Anterior
Anterior

Revontulet

Siguiente
Siguiente

Animal