El hilo, la caña y los gusanos

Son estas tardes aparentemente infinitas de verano en las que se me da por recordar esas otras que en los lejanos noventa hicieron el paisaje de mi infancia. Me acuerdo especialmente de los duraznos con los que mi papá llegaba y cuyos jugos terminaban invariablemente esparcidos entre mis brazos, mi ropa, mi cuello y la comisura de mis labios. Hay un poema de Claudio Bertoni que dice así: «Todo / tiempo / pasado / fue / mejor / (porque / pasó)», y yo me pregunto si acaso no tiene razón, si acaso —estirando un poco los significantes de esos versos— la vida en realidad ya se nos jugó en nuestros primeros años y que los derroteros que sigue sirven solo como soporte de esa memoria. Escribo duraznos pero en realidad eran nectarines, el fruto de la Prunus persica; pelones les dicen donde ahora vivo, varios cientos de kilómetros al este de esa infancia en la que cada tanto sumerjo mis pensamientos. Llegaba a casa mi papá, tarde por la noche, a veces llegaba a verlo, se bajaba de la camioneta blanca que la empresa le pasaba y con él venían dos o tres cajas llenas. Hace algunos meses, mientras manejaba un camión en el medio de los cerros de la cuarta región de Chile, le pregunté y él respondió: «Yo trabajé ahí desde el 96 al 2002». Él respondió: «Eran 102 hectáreas de nectarines, siempre me voy a acordar del número». Él respondió: «Los que yo llevaba a casa eran los que estaban sobre el calibre de venta, por eso eran tan grandes». Él respondió: «El 70 % de la producción era para exportación». Él respondió: «Yo estaba a cargo de todo ese campo».


Empieza a asomarse la noche en Santiago y la tía Eugenia me dice que nos va a hacer un juguito. Me asomo a la cocina y la veo cortando nectarines y la boca me empieza a salivar. Mi hermano lo prueba y pone una cara un poco boba y pregunta si es manzana. Me doy cuenta que miente y se me llena la emoción de una cosa parecida a la rabia o el rencor. Después, más tarde, me preguntaré si no es un mecanismo de defensa, si es que a él aparentar olvido lo salva del dolor.


Se me venía encima esta tarde aparentemente infinita de verano, contaba, y se me venían encima con ella decenas de recuerdos. «También llevaba almendras», me dice mi papá y yo le digo que sí, que Consuelo —la mujer que nos cuidaba durante el tiempo que él trabajaba— las mezclaba con caramelo y las ponía en envases de vidrio, que se podían contar por decenas. Me responde que tengo buena memoria y le digo que ya sé y le hablo de las codornices que tenía en el patio, de la jaula que había armado, de los cactus y arena que había puesto alrededor, le hablo de cumpleaños lejanos, de cuando fueron mis abuelos maternos de visita, de las fotos que se perdieron. Él me quiere hablar —como siempre— de la vez que a mi hermano le estaban pegando y yo fui corriendo donde él a pedirle ayuda. No sé bien por qué lo hace, quizás lo tranquiliza saber que en el fondo me importa, que más allá de toda la historia posterior, a mí, al menos en ese momento, me importaba. De esa infancia conservo una sola foto que el tiempo se ha encargado de ir destruyendo; apenas me adivino tras la erosión de la imagen, mi papá me lleva a upa, debo tener apenas dos o tres meses. La foto mide 3x4 cm y él está ahí con el pelo negro y muy barbudo. Para tenerla se la tuve que robar a mi mamá, y la vez que ella viajó a verme la tuve que esconder. De esa infancia había cientos, sino miles de fotos. Mi papá las tomaba con una vieja Zenit y las guardaba adentro de unos sacos, sábanas viejas probablemente. Por alguna razón que no entiendo las tenía en el patio y una noche de invierno el patio se mojó por la lluvia y esa lluvia se llevó consigo todo registro visual de lo que cuento. Apenas si puedo evocar de memoria algunas de las fotos y cada día que pasa se me olvidan un poco más. Esos veranos en mi recuerdo están construidos con ensaladas de choclo y tomate, con teleseries viejas que pasaban repetidas en la tele, con tardes enteras corriendo atrás de una pelota, me acuerdo que Consuelo nos llevaba a su casa los días —las noches— que mi papá tenía que quedarse trabajando. Me acuerdo que vivía en Chocalán, que había que tomar una micro que poco a poco iba alejándose de la urbanización y nos depositaba, después de media hora de viaje y una parada después de una pequeña iglesia, en la casa de sus padres; el piso era de tierra y la mamá todas las tardes amasaba religiosamente el pan más sabroso que comí en mi vida: recién salido del horno le ponía mantequilla encima y con placer y gula la miraba derretirse encima.


Cuando le pregunto por qué dejó que nos fuéramos a vivir con mi mamá…

José Rocuant

José Rocuant (Santiago de Chile, Chile, 1991). Escritor y fotógrafo. Publicó en La vida útil y en Revista Zun. Vive en Buenos Aires.

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