Amor, no quiero volverte a ver: una entrevista con Ariana Harwicz
Obsesiones de una escritora al margen
Fotografía: Consuelo Bautista
Las mujeres. Sus hijos y los padres de sus hijos. Vivir en un lugar extraño. El amor y el sexo; el cuerpo y el sexo. Todo esto se combina en la literatura de Ariana Harwicz: extraña y asfixiante. La autora describe sus textos como una sobreinformación barroca, con personajes constantemente al límite y una acumulación de eventos que caracterizan su literatura intraducible, en la que protagonistas sin nombre marcan el ritmo de la obra, ruidosa y en silencio a la vez. Su forma cruda y al mismo tiempo sensible de retratar los vínculos entre las mujeres y sus afectos explica la afinidad inmediata que se da entre la autora y, según ella, la segunda parte de cualquier libro: sus lectores.
Hace más de una década pasa sus días en las afueras de París. El pueblo en el que se radicó está a pocos kilómetros de La Charité-sur-Loire, una localidad francesa de estilo medieval fundada en el siglo XI y abandonada después de la Segunda Guerra Mundial. «Hay una alquimia que se arma entre este paisaje y lo que escribo», dijo al hablar del lugar como «una suerte de paisaje simbólico» que acompaña su proceso de escritura y la narrativa de los personajes que lo habitan. Ariana describe a esta estética omnipresente como una «imagen generadora, un decorado marginal, en ruinas, corrido de época, religioso —más bien católico— y abandonado». «Es un paisaje que te lleva a los muertos», agregó.
La política apareció en su vida mucho antes de emigrar. Desde los doce hasta los veinticuatro años integró un grupo, que más tarde coordinó, con el que viajaba a escuelas rurales en el interior del país para acompañar procesos educativos y brindar recursos de necesidad básica. No obstante —y aunque se considera «completamente feminista»— para ella la escritura no debe tener una orientación política explícita: «Debe ser de la antimilitancia. Mi forma de hacer política no es hacer una escritura ideológica, que baje línea. No hago personajes buenos o malos. Tampoco hago personajes que representan minorías. Al revés: la militancia en la literatura, para mí, es que el lector pueda interpretar lo que quiera».
En la Trilogía de la pasión se reúnen sus primeras novelas: Matate, amor, La débil mental y Precoz. Escritas y publicadas en ese orden, retratan las experiencias femeninas más omitidas, destruyendo a la mujer esperable, es decir, la dulce y tierna. En cambio son egoístas, obsesivas y hostiles. Las describe con una exageración literaria que admite y emplea para «darle un orden oculto al caos de la vida». «En una novela todo tiene sentido, pero en la vida no. El arte necesita de un conflicto dramático álgido, un clímax, un orden», dijo. De ahí que sus libros «son totalmente autobiográficos, sin serlo en absoluto».
«Todos mis libros están signados por la falta de tiempo: no sé lo que es escribir sin ser madre», agregó. En Matate, amor —escrito durante el posparto de su primer hijo— cuenta la historia de una mujer desde su propio relato interior de una maternidad no deseada y la de una relación que lucha por no desmoronarse mientras tanto…