El tiempo que pasa es la verdad que huye
Desde lo alto, el cementerio La Dolorosa parece una cruz extendida sobre la tierra caliente, como si también vigilara lo que ocurre en el pueblo. Al fondo, en el último de los pabellones, están los cadáveres que no han sido identificados, los NN que durante años llegaron al pueblo a través del río Magdalena. Cuerpos arrastrados por la corriente, golpeados, hinchados, irreconocibles, y que al llegar a la orilla se encontraban con otras almas en pena: las de quienes buscaban a sus desaparecidos sin tener todavía un lugar donde encontrarlos. Yo no sabía entonces que ese sería también el lugar donde empezaría a entenderlos.
En un acuerdo tácito, que nadie decretó pero que todos sostuvieron, los habitantes de Puerto Berrío empezaron a adoptar esos cuerpos, muchas madres, hermanas, hijas, padres, esposos, hermanos vieron en este ritual una cercanía, un diálogo con aquellos que habían perdido por la guerra o que aún seguían buscando. No era un gesto simbólico ni un acto aislado, sino una forma de responder a la ausencia cuando no había respuestas institucionales ni certezas posibles. Aquellos cuerpos, que alguna vez tuvieron nombre, historia, familia, quedaron reducidos a una placa: un número, una fecha, una inscripción mínima dejada por la administración del cementerio y la Fiscalía, lo suficiente para indicar que ahí yacía alguien que en vida fue persona y que ahora, en el mundo de los muertos, quedaba condenado a navegar sin señas. Alguien limpiaba una lápida, otro cambiaba las flores marchitas, alguien más pronunciaba un nombre en voz baja como si lo estuviera probando por primera vez.
Pero en el pueblo ocurrió algo que desbordó ese registro administrativo. Los devotos de las almas comenzaron a ver en esos cuerpos una presencia, una posibilidad de vínculo. Les rezan, les lloran, les hablan como si todavía escucharan, les cuentan sus pecados, sus obsesiones, sus necesidades más urgentes. Les piden favores y, a cambio, les dan un nombre, les dejan una ofrenda, les levantan un altar en sus casas. Cada noche, antes de dormir, y cada mañana al despertar, repiten la oración de los difuntos para que descansen en paz en el más allá, pero también para sostener ese intercambio silencioso que se ha vuelto costumbre: yo te nombro, tú no me abandonas.
Durante años, esa relación se sostuvo sin interrupciones. Hasta que llegaron las órdenes judiciales.
Esta mañana me dispongo a ser asistente en la primera exhumación de cadáveres tras su aprobación por orden judicial de la Jurisdicción Especial para la Paz. Investigadores forenses y antropólogos trabajan de manera simultánea en quince cementerios del país donde se tienen registros de cuerpos enterrados sin identificación oficial, en un intento por revertir, al menos parcialmente, años de abandono institucional y de prácticas de desaparición sistemática.
Puerto Berrío es, en ese sentido, un microcosmos de la desaparición en Colombia. Aquí confluyen historias que en otros lugares están dispersas: muertos que emergían del río Magdalena, asesinados durante el conflicto armado; personas que se transformaron en rescatadoras de cuerpos; hombres que montaron funerarias ante la cantidad de fallecidos; devotos y religiosos, vendedores de flores, de santos, de lápidas, de osarios; un jardinero que terminó convertido en experto en hablar con las almas de esos muertos. Durante más de treinta años, a finales de los años ochenta y luego entre 1998 y 2005, el río expulsaba cuerpos sin nombre y la gente los recogía, los renombraba, los cuidaba y les pedía milagros. Todo eso convive en un mismo lugar.
Dicen que, hacia el año 2000, las personas empezaron a adoptar a los NN de manera más sistemática. Primero fue una ofrenda, luego un nombre, después una imagen: una virgen, un Cristo, las benditas almas. Más adelante vinieron otros gestos: pagar una misa, adquirir un osario, pintar la tumba, decorarla, visitarla con regularidad. Así, de manera progresiva, se fue consolidando un ritual que terminó por transmitirse de una persona a otra hasta convertirse en una práctica arraigada. Hugo, el animero del pueblo, insiste en que no siempre fue así, que antes de la guerra ni siquiera se pensaba en eso y que la vida del municipio giraba alrededor de la pesca, en una época en la que el río todavía se utilizaba como medio de transporte. Lo dice sin dudar, como quien ha visto el cambio con sus propios ojos.
Lo que no logra precisar es el momento exacto en que la presencia de los muertos se volvió cotidiana, cuando ver cuerpos arrastrados por el río dejó de ser un hecho excepcional para convertirse en parte del paisaje. Los más jóvenes intentan ahora disputar esa herencia. Buscan que Puerto Berrío sea reconocido por su comida, por la pesca, por el turismo, y no únicamente por la relación que estableció con los cadáveres sin nombre. Ingrid, la concejala más joven del municipio, habla de ese propósito con convicción: gracias al apoyo de la administración local logró graduarse en hotelería y turismo y hoy lidera iniciativas para atraer visitantes y mostrar otros aspectos del territorio. Sin embargo, incluso en ese intento de transformación, la historia reciente sigue presente como una capa que no desaparece.
Para ingresar al área de trabajo debo cubrirme por completo: bata blanca, protectores para los zapatos, guantes de látex y tapabocas. Paso por un baño de alcohol que impregna la piel y la ropa, y me uno al equipo para escuchar las instrucciones de Diana, funcionaria de la Unidad de Búsqueda. Es doctora en antropología forense y, a mi parecer, una de las personas que más conoce del conflicto armado en Colombia desde la perspectiva de los cuerpos. Lleva desde sus diecisiete años investigando la historia del país desde la academia, organizaciones no gubernamentales y ahora desde esta labor institucional. Habla sin levantar la voz, pero nadie interrumpe.
Habla de los muertos con una mezcla de precisión y fascinación que no responde al morbo, sino a la experiencia acumulada. Insiste en que los cadáveres cuentan una historia, que en cada cuerpo hay información valiosa que permite reconstruir lo ocurrido. Por eso los grupos armados —guerrilla, paramilitares e incluso miembros de las fuerzas militares— han desarrollado múltiples estrategias para desaparecerlos: casas de pique donde los cuerpos son desmembrados, prácticas de evisceración para introducir piedras y facilitar su hundimiento en el río, incineraciones, uso de ácidos. Todo con el mismo objetivo: borrar el rastro, impedir la identificación, interrumpir la posibilidad del duelo.
Me invita a leer los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica y pienso en la magnitud de ese archivo. Desde 2008, la entidad ha producido más de un centenar de informes que analizan distintas regiones, actores y modalidades de la violencia en Colombia, un país en el que el conflicto armado ha permeado la vida cotidiana durante más de setenta años. En una de nuestras conversaciones, Diana formula una idea que se queda resonando: el cuerpo de la víctima es un texto sufriente sobre el cual el perpetrador escribe una lección. No siempre se trata de enviar un mensaje visible a la población, explica; en muchos casos, los cuerpos debían desaparecer precisamente para evitar denuncias. El propósito podía ser…