Montarrascal
Uno
—¿Y cómo está la abuela? —me pregunta mi primo mientras ajusta una pistola en su cintura, en el medio de un caserío en el centro de Venezuela, en el estado Guárico.
Lo hace tranquilo, viendo a los lados. Yo le respondo que la abuela está jodida, y no le pregunto sobre el arma porque ya sé la respuesta. Al bajarnos del carro, justo en la entrada de un coliseo de gallos, todos nos saludan con respeto. Los llaneros andan polvorientos, no hay casi mujeres, y la mayoría lleva a sus aves en jaulas para prepararlas, afeitarlas, colocarle las espuelas, afilarles el pico. Suena el joropo, corre el ron, se asan terneras, se cruzan miradas. Los sonidos se juntan como en una concha acústica para difuminarse en la llanura. Los primeros gallos mueren. Una pizca de sangre me salpica en el brazo. La gente grita desaforada.
—¡Ay, ay! ¡Salte de ahí, pollo! ¡Salte de ahí! ¡Ay, ay!
La abuela está jodida —le dije al primo—. Tiene setenta y ocho años y una pierna fracturada. Olga, que creció en esta zona del país, entre el pueblo de Tucupido y Valle de la Pascua, lleva tres semanas postrada en una cama ajena. Ni ella ni su hijo tienen un dólar a su nombre. Columnas de medicinas, un urinario y el olor a vejez la rodean. No siempre fue así. Hubo una época en que ella y sus nueve hermanos fueron ricos.
—Todo cambió cuando murió mi padre —dice ella.
Su padre, mi bisabuelo, se llamó Alejandro Rodríguez Guzmán. Nacido en El Tesoro, un caserío extinto en el medio de la nada, fue un ganadero, comerciante y constructor que llegó a ser el gobernador de Guárico en 1972 durante el gobierno de Rafael Caldera. En aquel entonces, la prosperidad de la familia coincidía con la del país. A pesar de los inicios humildes del don, la familia encarnó el perfil típico del terrateniente: rubios, descendientes de canarios, numerosos, decenas de fincas, decenas de comercios, influencia política. Emblemas de aquella Venezuela saudita que empezaba a dar signos de agotamiento.
—Había tanta plata en la zona que llegaban hasta dos circos al mismo tiempo al pueblo —recuerda Javier Rodríguez, uno de los hermanos de Olga—. Caminaban elefantes y jirafas por las calles. Eso no me lo cree nadie, pero yo lo vi.
En una fotografía del álbum familiar, la familia Rodríguez posa en una de sus fincas. Están todos los hermanos en sus veinte y treinta años, rodeando a don Alejandro. A la izquierda del don, los varones en liquiqui; a la derecha, las mujeres en faldas y tacones. Parece que son las cinco de la tarde, la luz resalta los colores oscuros, la elegancia de esos rostros jóvenes refrescados por las montañas y los árboles del fondo. Olga luce un largo vestido blanco, una abundante cabellera negra, y una mirada pícara que deja entrever los ojos verdes que la caracterizaron toda su vida, pero que sobre todo fueron incapaces de prever la desgracia que hoy padece.
En ese momento no había razones para preocuparse. El país prometía. La familia tenía asegurado un patrimonio. Entre ello, una urbanización completa que había construido don Alejandro para la compañía americana Venezuelan Atlantic Refining Company, con un préstamo directo del Chase Manhattan Bank en 1956, años en los que Venezuela era el tercer país con el PIB per cápita más alto del mundo, después de EE. UU. y Suiza.
—Mi papá trajo como treinta italianos expatriados para esa construcción —diría Javier, el memorioso—. Albañiles, constructores, carpinteros, que trajeron una mescolanza y un desarrollo al pueblo. Recuerdo que todos los sábados a las diez de la mañana, como sesenta obreros hacían fila en las afueras de la casa para recibir su pago semanal por todas las construcciones, comercios, vainas, que tenía mi papá en la época.
—El dueño de Televen, Omar Camero, no salía de mi casa para preguntarle a mi papá de los negocios de Caracas. Euclides Moreno, Juan Moises, Rafael Caldera, todos esos ricos le venían a pedir consejo a mi papá —mencionaría Olga.
En el marco de una democracia funcional y de una economía en expansión, el paso a la modernidad estaba en plena marcha. La región central del país —conformada por los estados Portuguesa, Barinas, Guárico, Cojedes, Barinas y Apure—, no solo era el motor agroindustrial del progreso, sino uno de las insignias de la identidad nacional. Los copleros le cantaban al llano; los banqueros invertían en la tierra; los campesinos la trabajaban; los citadinos la pagaban.
Y ahora, en el medio de la misma llanura,
aislado entre los tiempos,
¿cuál es el rostro del llano?
¿A quién le reclamo el silencio
de mi laguna invadida?
Para 1972, año de esa fotografía, el PIB per cápita de Venezuela era de aproximadamente diez mil dólares, el más alto de la región, y más alto que la mayoría de Europa. El agro tocaba sus altos históricos. Y aunque la desigualdad seguía siendo un problema macro, en los llanos había dinero, confianza, empuje. Más que nunca, la palabra ganado rendía honor a su raíz etimológica: ganar, ganancia. Don Alejo lo precisaba en uno de sus discursos como gobernador:
—En arroz tenemos los rendimientos más altos del país, con 3206 kilogramos por hectárea. El maíz está entre los primeros, con 1800 kg/ha. En algodón ocupamos el primer puesto, así como también en tabaco. En queso blanco somos el segundo puesto nacional. Aparte de la potencialidad petrolera en la zona bituminosa del Orinoco, y del inmenso caudal de gas que también tenemos, tiene el Guárico la solución, para siempre, del problema de agua de Caracas.
Don Alejo, que según su nieto tenía diez mil cabezas de ganado, proponía llevar el Orinoco hacia Caracas, a través de encausamientos de ríos menores. Era una idea influenciada por el fervor civilizador del momento. «Con esa institucionalidad pre 1973 —asegura el economista y diputado Ángel Alvarado—, crece la clase media, se mantienen positivas las tasas de crecimiento económico, Venezuela es el mayor exportador de crudo, el país se democratiza, el bolívar es de las mejores monedas del mundo». La epopeya, el ta barato dame dos, parecía interminable.
—¡Recoge tu gallo muerto!
Cincuenta y siete años más tarde, Olga no puede levantarse para ir al baño. El agua que bebe debe hervirse primero, pues viene de pozos sin filtros. Hastiada, con la cabellera rosada y blanca, Olga se molesta porque su hijo no contesta el teléfono. No lee, la televisión la aburre, su mente deambula con cierto rencor.
Todo tiempo pasado sí fue mejor.
La pena es otra dictadura.
Dos
En Valle de la Pascua viven aproximadamente doscientas cincuenta mil personas. No hay calle sin huecos ni colegios privados, pero hay un concesionario de carros chinos, unos silos gigantes que almacenan maíz, gasolineras vacías, gasolineras llenas. Hay cuerpos especiales de seguridad bajo cielos estrellados, resguardando calles sin alumbrado. Hay metralletas, cochino frito, refranes en cualquier esquina. La electricidad se va todos los días.
—Ahora hay plata porque estamos en cosecha. Por eso tantos camiones. Valle de la Pascua absorbe toda la actividad comercial de los pueblos cercanos: Zaraza, Tucupido, El Socorro, Chaguaramas —dice Alejandro, ganadero como su padre.
Una vez al día, Olga queda a oscuras, quejándose del calor, de los mosquitos, pensando en qué sería la vida si. Yo pienso en otra fotografía…