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1
Me pasó nuevamente que creí haber despertado de un sueño y resultó que seguía soñando. En ese microdespertar me repetía el sueño para poder contarlo cuando amaneciera. He olvidado todo, menos la certeza de que estaba soñando. Debería tener una libreta al lado de la cama para anotar los sueños antes de perderlos. Una libreta onírica para anotar los sueños dentro de los sueños. ¿Cuánto faltará para el amanecer?
***
Soñabas que intentabas moverte en un pasillo oscuro. Flotabas. Braceabas y pataleabas para llegar a algún lado y poder asirte de lo que encontraras. Sabías que todos estaban muertos, pero no sabías quiénes eran esos todos. No lo olvides. Cuéntalo así cuando amanezca.
***
Otra vez olvidé dejar la libreta al lado de la cama. Tal vez es el sueño dentro del sueño, porque no distingo la ventana donde debería estar una ventana. Ahí donde debería colarse la luz lánguida de la calle que me deje ver el resto de la habitación a oscuras. Quisiera escribir lo que acabo de soñar. ¿Qué era? Todos se cortaban los antebrazos y las muñecas. Estaban sentados en un círculo sobre el piso brillante que se iluminaba con el rojo de su sangre. Algunos lloraban, otros reían. Eran pocos. ¿Yo era parte de todos? Recuerdo que... ¿Qué recuerdo?
***
Soñabas que flotabas de cabeza en el pasillo oscuro. Te encontrabas de frente con una mujer que también flotaba. Tenía la cara descompuesta, retorcida en un gesto entre dolor y risa. Te recordaba a las dos máscaras que representan el teatro. La mujer con el rictus tragicómico gritaba algo. ¿Qué gritaba? Abría y cerraba la boca mientras daba brazadas y patadas hacia ti. No escuchabas nada. Querías despertar. Te repetías «despierta, despierta», pero descubrías que tu voz no tenía… agarre. Tu voz era apenas un silbido bajito, como el murmullo del viento cuando sopla fuerte.
Te dabas cuenta de que te faltaban las cuerdas vocales y de que los gritos de la mujer eran también murmullos de ese viento agitado. Recuérdalo así cuando amanezca. Te silbaba desde su garganta vacía: «¿Me puedes ver? Yo te veo».
2
No tengo forma de comprobar mi hipótesis de la percepción del tiempo. Todos los sistemas están apagados, muertos. No hay una sola máquina que indique cuánto tiempo ha pasado ni que sirva para hacer un experimento. Sólo tengo sensaciones que me empujan a creer en esta hipótesis. Y hablar de sensaciones también es impreciso, porque carezco de la materialidad biológica en la que se producirían esas sensaciones: las neuronas que se conectarían unas con otras y desencadenarían reacciones físicas en un cuerpo que ya no tengo. Eso sí lo sé. Esto que soy —conciencia atrapada, recuerdos, nostalgia, un eco, no sé cómo nombrarlo— no es cuerpo. Y lo sé porque vi mi cuerpo tirado al lado de los otros cuerpos.
El tiempo, ahora (y digo «ahora» porque no encuentro la palabra adecuada para determinar el momento posterior a la ausencia del cuerpo que no es el «ahora» que conocía en mi materialidad), se expresa arbitrariamente. Sin una estrella que atraiga con su gravedad a un planeta con agua líquida y un campo magnético lo suficientemente fuerte para no permitir que el agua se evapore y en cambio propiciar una atmósfera rica en oxígeno y carbono que invite a la vida, sin ese planeta cuya gravedad y viaje orbital alrededor del sol mantenga los cuerpos de los seres vivos estables en su superficie, sin un cuerpo que despierte y repose según el ciclo circadiano dictado por el sol, no hay forma de percibir el tiempo como lo hacía antes.
El tiempo, en su expresión lineal, me doy cuenta, sólo era posible a través del sueño, la vigilia, el hambre, la respiración, los latidos del corazón. El cuerpo. Ahora que soy un fantasma (porque, ¿qué se es cuando la materia orgánica muere pero queda esta conciencia que pareciera pensarse, saberse?) no logro distinguir si han pasado minutos o años.
El tono descolorido de los cadáveres momificados me hace creer que la radiación muy lentamente ha hecho lo suyo a través de miles de años.
Miles de años ya no significan nada en esta conciencia incorpórea, pero conciencia al fin, que se aburre, que añora compañía, ventanas a través de las que se puedan ver cielos nublados y lunas llenas, sonidos, la posibilidad de atestiguar la vida, aunque sea como un fantasma. A través de estas ventanas solo se cuela la oscuridad.
En un principio creí que era una pesadilla, y a veces todavía lo dudo. Pero atestigüé la descomposición de esos cuerpos, de mi propio cuerpo. No creo que las pesadillas sigan el rigor de la naturaleza, de la muerte. Si esto fuera una simple pesadilla…