El libro de quejas

12 de septiembre de 2025


Trece años del último comentario. Habla bien de este bar que en tanto tiempo nadie haya venido a quejarse, si es que de verdad alguien se queja en estos libros, si es que no son una excusa para agradecer con algo más que una propina y de paso hacer un poco de catarsis. Porque eso tienen las palabras, son magnéticas por naturaleza, como quien tira de la fibra de un pulóver y termina sacando un metro de hilo. No tengo mucho que hacer, tampoco tengo ya quien me acompañe. Por eso vengo a tomar un café y a ver pasar las horas por la ventana. No es sobre esto a lo que vine a escribir, pero las palabras quieren lo que las palabras quieren. Por la manera de mirarme, el de la barra debe haber pensado que bromeaba cuando le pedí el libro. Tuvo que buscar en varios cajones hasta que lo encontró. En realidad vine a pedirle al dueño de este lugar que cuide a Sarita como se cuida una reliquia familiar. No habrá cocina que iguale su nobleza de espíritu ni café que transmita la paz que ella, con su solo andar entre las mesas, reparte tan democrática como desprevenidamente.

Con afecto,

S.



16 de septiembre de 2025


Dudo, S., que alguna vez leas esto, pero coincido con vos. En lo del magnetismo de las palabras, y también en la mención a Sara, si por ella te referís a la moza que me atendió esta tarde con una gentileza que se parece al amor. Sobre todo en la curiosidad que generan estas páginas, con sus fechas y comentarios.

Siempre que me hago estudios llevo un libro para evitar el tedio de los consultorios médicos, que da la casualidad que todos están desfasados en el tiempo. Te citan a las cinco y media, y después en la sala de espera el reloj marca las seis, seis y diez, seis y cuarto con total displicencia. ¿Podés creer que justo hoy, que empiezo un tratamiento acá enfrente, vengo a olvidar la novela que estoy leyendo? Ya casi la termino, encima, y cuando llegue la noche no creo poder avanzar porque voy a sentirme un poco débil, o eso me dijeron que podía suceder. Entonces hice lo siguiente: llamé a tu amiga Sarita, que se acercó y abrió una sonrisa como una flor llena de pliegues, marquitas y arruguitas, y le pregunté si por casualidad tenía algún libro para prestarme. Sarita negó con la cabeza, después se quedó pensando, volteó hacia el mostrador y me dijo que si quería podía traerme el libro de quejas. Accedí, claro, y un momento después vino con este libraco pesado, de páginas amarillentas. Te habrás dado cuenta de que está dividido en dos partes muy marcadas: la escrita, que debe ocupar la mitad, cargada por la tinta, con varias hojas arrugadas y manchadas con café, y otra parte intacta pero sin la vida que otorgan las palabras. No sé vos, pero yo prefiero la primera porque en cada comentario hay una voz, por más detestable que sea.

¿No te parece increíble que dentro de poco se van a cumplir cuarenta años del primero? Algunos son un disparate, otros tienen arranques poéticos como el que escribió una tal Maritza el 14 de abril de 1994. Hay varios dignos de ser mencionados, pero llegó la hora de cruzar a ver qué me tiene preparado el destino.

Cariños,

M.



19 de septiembre de 2025


Bar manejado por ineptos. Los voy a hacer mierda en Google. Facundo Etcheverry.

DNI 38.235.266.



19 de septiembre de 2025


Será que las palabras son tan magnéticas que se les queda impregnada una parte de nosotros. Prueba de ello es que el muchachito irrespetuoso que acaba de irse a los gritos está hecho a semejanza del comentario que escribió en este libro. No sé de qué se quejó. Si fue la temperatura del café, la demora o el antojo de ejercer poder. Los bares son ideales para que los seres diminutos regocijen sus egos destratando empleados. Rebajados en las oficinas, en sus hogares y vínculos, encuentran un espacio ideal para probar un poco de integridad. Ese es el caso de Facundo. Acabo de ver a un rey dirigiéndose a un súbdito, a un amo retando a su esclavo. Decía que quería hablar con el encargado y mostraba los dientes. Sarita le explicó que no estaba, y ante la insistencia, presionada por las miradas de todos, le ofreció el libro de quejas. ¡La furia de este muchachito! No le alcanzó con gritar y patalear, tuvo que estallar una taza contra el suelo. Le preguntó si lo estaba cargando, y antes de que Sarita, toda contraída contra sí misma, emitiera una palabra, le dijo entre risas sobradoras que estaba bien, que sí, que le diera el libro. Casi que se lo arrancó de las manos y se demoró en él unos segundos, lo suficiente para escribir esas palabras en cuya tinta fluye su ADN.

Por eso la necesidad de hacer justicia. Por eso vine a contrarrestar el odio con palabras mejores. Lamento que sean ustedes, empleados, Sarita, quienes paguen por los nervios rotos de una sociedad desamparada. Algunos tenemos la suerte de manejar mejor que otros el agujero en los bolsillos y el desquicio de nuestro tiempo.

Aunque si no fuera por el energúmeno de Facundo jamás hubiera leído el comentario de M., inesperado, realmente, por su aparición en este libro olvidado y por el placer que me dio leerlo. Gracias, M., por su recomendación. Me pregunto qué diría hoy Maritza. Con suerte vuelvo a leer de usted, prometo revisar todos los días.

Afectuosamente, S.



23 de septiembre de 2025


Llueve. Las personas corren como hormigas. Me divierte ver los saltos de ballet en las esquinas. Por la posición de mi mesa, cada vez que alguien abre la puerta me llega un aire frío. La dulce Sarita dijo que me avisa cuando se desocupe una. Le agradecí y se me dio por pedirle el libro de quejas.

Iba a decir que escribo de pura casualidad, pero me corrijo: es de pura curiosidad. Traje el libro que me recomendó el médico la semana pasada (uno de esos de sanación y superación personal), pero fueron más fuertes las ganas de seguir leyendo los comentarios. Había dejado en el año noventa y cuatro. Algo me llevó a mirar la última página escrita y ahí encontré tu mensaje, S., y el de “el muchachito” Facundo.

No sé si coincido con que las palabras portan material genético del que las escribe. Tengo entendido que el ADN es inmutable, en cambio las personas son cambiantes y contradictorias por naturaleza. Hace unos años hubiera pensado igual que vos, pero hoy me inclino a creer que todos son capaces de convertirse en mejores versiones de sí mismos.

Será porque lo único que me queda a esta altura es la esperanza.

Me corre el reloj. De haber sabido tu respuesta, hubiera empezado a escribir cuando llegué. Es lo primero que voy a hacer la semana que viene antes de cruzar al consultorio. Espero encontrarte.

Cariños,

M.



25 de septiembre de 2025



Hola, M.

Hoy el sol es jactancioso. Las personas no parecen hormigas sino suricatas, y el único salto en las esquinas es para evitar que los choquen los taxistas. Las muchas caras de Buenos Aires.

A diferencia de usted, soy esquivo a la esperanza. Y no habla el pesimismo, sino, peor, el desencantamiento. Es como si un día el mundo hubiera perdido sus colores. Tengo esperanza del pasado, de que se mantengan intactos los recuerdos de tiempos mejores. Sobre todo tengo miedo de que esa llama se consuma. La muerte, M., toma la forma del olvido.

Me dejó pensando eso que escribió sobre el reloj. De hecho, fíjese que sus dos comentarios terminan de la misma manera, con la hora entrometiéndose. Miro el reloj colgado encima del mostrador y pienso que el minutero y segundero son diminutas escobas que nos barren a través del tiempo para mantenernos en movimiento. Un poco lo que nos hacía mi madre a mí y a mis hermanos cuando holgazaneábamos en la casa. Qué épocas.

Y a propósito de esto, el otro día me topé con un video de un hombre que defiende una teoría particular. Dice que todo reloj es una copia bastarda de un prototipo original, supuestamente inventado por un alquimista, que permitiría hacer viajes en el tiempo manipulando las agujas. No importa probar o desmentir la teoría, sino usarla como combustible para la imaginación. Porque desde que la escuché me vi con el artefacto en la mano, calculando cuántas veces debía girar las agujas para volver un par de años atrás, aunque sea un instante, como quien pide al heladero probar una cucharada del gusto que tomaba siempre de niño.

Afectuosamente,

S.



30 de septiembre de 2025


Espero que no te moleste el voseo, porque veo que insistís en tratarme de usted, cosa que tampoco me molesta, ojo, pero me rehuso a perder el tiempo chequeando los pronombres y verbos, prefiero que salgan como cuando se habla. Además, me parece que a esta altura ya pasamos de la formalidad y podemos entregarnos al modismo argentino, che, que pese a su simpleza y transgresión al castellano, suena irremediablemente como amistad y camaradería.

Creo que Sarita nos lee (¿vos no lo harías? Yo sí, obvio), porque ya van dos veces que me mira como esperando que le pida el libro y cuando lo trae me parece notar una mueca de complicidad, no sé cómo explicarlo, una sonrisa mínima y picarona. Por si acaso: te queremos, Sarita. Gracias por irradiar amor en los gestos más simples.

Ah, sobre el reloj: estoy de acuerdo, siento que me arrastra con su segundero porque avanza demasiado rápido, mucho más de lo que puedo procesar.

Tan rápido que ya tengo que cruzar. Me llevo a casa la teoría para darle un segundo pensamiento, porque no me decido si usaría el reloj original para volver al pasado o viajar al futuro.

Cariños,

M.



3 de octubre de 2025


Sé que sueno fuera de época, pero evito el voseo por las mismas razones que usted lo defiende. Puede que me haya enloquecido el subrayado rojo de los procesadores de texto, pero no puedo escribir, por ejemplo, “pensás” sin sentir el acoso de lo que exige ser corregido. No sé si me entiende. Y como el neutro “piensas” tiene poco que ver con la manera que hablamos los argentinos —porque, como usted, también prefiero que la escritura lleve algo del registro de la oralidad—, prefiero resguardarme en el “piensa”, a riesgo de que ese capricho delate los años que llevo en este mundo. Pero qué le vamos a hacer. Usted hábleme de “vos” que no me molesta ni mucho menos.

Me dejó pensando por qué elegiría viajar al futuro.

Seguiré merodeando.

PD: ¿Prefiere té o café?

Con afecto,

S.



7 de octubre de 2025


Decidí que sí, definitivamente usaría el reloj original para viajar al futuro. ¿Por qué? Bueno, porque necesito certezas.

Pero a otro tema, que hoy no tengo mucho tiempo. Esta tarde me distraje leyendo entradas del año 97. Fijate esto. En una misma página coexiste el comentario de Hugo, con fecha del 2 de marzo, que se queja de que su café tiene nata, y el de Silvina, de principios de abril, cuyo novio, el mismo con el que se juntaba a estudiar en estas mesas cuando eran universitarios, acaba de pedirle matrimonio. Me divierte que puedan coexistir comentarios tan diferentes separados por unos pocos renglones. Con el primero puedo…

Ivo Marinich

Ivo Marinich (Zárate, Argentina). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. En 2018 fue publicada su primera novela, El publicista (Ediciones Camelot). En marzo de 2022 fue seleccionado por la editorial Orsai para participar de una antología literaria con los mejores relatos digitales del 2021. En octubre de ese año, su novel Casa Güerci ganó el primer premio nacional Luis José de Tejeda. Puerperio es su tercera novela.También publicó cuentos y ensayos en antologías literarias, medios de comunicación y canales académicos.

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