Poesía de Iván Gonzalo Rodríguez
Lo que no se fue
A Sesi García
Yo no sé por qué cielo de México
anda hoy tu sombra, alzando la mirada,
ni en qué patio la tarde
despliega sus manteles amarillos,
ni qué pájaro azul,
qué mercado de frutas encendidas
te va ciñendo el pecho con esa luz tan vasta
hecha para desterrados.
Te nombro como quien vuelve la cabeza
hacia una música oída en otra vida,
desde esta orilla de ladrillo y hollín
donde aún se descuelgan de los balcones
las viejas camisas del invierno,
donde Malasaña todavía huele, algunas noches,
a hebras de aquel tabaco de liar,
a whisky DYC, a yeso, a madrugada;
y Lavapiés levanta su corazón de escaleras,
una colmena oscura
donde nuestras voces,
jóvenes, insolentes, hambrientas,
con la fiebre del verso mal dormido
y los bolsillos llenos de nada.
Cómo reíamos entonces
con aquella alegría feroz de los vencidos.
Qué rumor de cubiertos,
qué vapor de cristales,
qué muchachas con pecas en el rostro.
Y tú, Sesi, tenías ya ese andar.
Ese paso heredado,
ese modo de llevar el cuerpo
como si por tus piernas continuara caminando
la memoria de tu abuelo.
No ibas solo nunca.
Cuántas veces te vi venir así,
de lejos,
y pensé que algunos hombres no andan,
resucitan.
Madrid era un animal cansado,
y ahora tú estás allí.
Allí,
donde el cielo se alza como una…
La educación de la mirada
(Peekaboo)
No era la carne.
Era el idioma oblicuo de las telas,
la diplomacia secreta del pliegue y del descuido.
La mañana en el aula,
era de cal disuelta en un azul de acuario,
y el níquel del respaldo trazaba su arco,
sobre el gris del jersey
y sus hombros desnudos.
Una franja de piel, apenas eso.
Era su liturgia muda,
su forma de no darse y de fulgir apenas,
donde el brocado y la sombra se disputan
la verdad de la carne que no comparece.
Bajo el vaquero azul, tensado apenas
por la costumbre y el descuido, asomaba
la negrura de un encaje no previsto:
una sombra fina, un signo mínimo
de cuanto el mundo oculta mientras sigue.
El pliegue azul, vencido en su prestigio,
la manga desbordaba el canto de la mesa,
con una languidez de escalinata húmeda;
el pie vuelto hacia dentro, tan frágil como un aria
que se oye desde el fondo de un pasillo.
También la etiqueta de cartón,
pendiendo del vaquero como un precio abolido,
esplendor que termina en mercancía,
en costura, en dobladillo,
en esta mañana
que no sabe si es tiza o celuloide.
La herejía de…