Si la naturaleza se nos opone
No haremos nada.
No lucharemos contra ella ni haremos que nos obedezca.
No hay quien pueda. No podemos.
Ni tú (que intentas leer), ni yo (que intento escribir), ni los siete sabios de Ortiz (que todo lo saben y han muerto en el derrumbe), ni Sócrates (que sabe que no sabe y ha muerto siendo justo) ni el Cristo (que verdaderamente sabe quién es, ¿? y ha muerto de desolación), ni Rafael Barazarte (que se está conociendo a sí mismo y ha sobrevivido).
No nos pedirá perdón ni podremos decirle en las últimas filas del arrepentimiento, cuando la inquietud de esa hora nos arrastre hasta el último cauce posible:
«Lo sentimos. Entre toda la humanidad levantamos esta plegaria para que la escuches. Aquí están estas palabras para ti. Son delgadas, se mueren de hambre, pero representan la realidad y buscan, en última instancia, el perdón, tu perdón. En nuestro lecho de muerte te entregamos cientos de palabras, miles si las pides, cada una dedicada a la paz y al razonamiento. Lo sentimos. Todos y cada uno de nosotros lo sentimos. No debimos…durante tantos años… ¿Es esta tu venganza?… ¿Esta es tu reciprocidad?… ¿Hay salvación para mí que resido en ti irremediablemente?».
El gran problema es que nunca ha escuchado ni escuchará una sola palabra porque no puede, y si no puede escucharnos tampoco puede lograr el perdón: los símbolos que hemos creado para soportar su peso son la nada misma para ella, son, para su único ojo, el vacío que verdaderamente lo puede todo (las palabras) y que nos circunda día y noche.
Y esto no es todo. El gran gran problema es cuando abre la boca y habla: un solo movimiento devasta naciones enteras, como acaba de pasar en Venezuela (te deseo que puedas recuperar la paz y descansar de tanto), en Ortiz (nación entera, que en paz descanses), en Japón (constantemente en el Japón), en Chile (que en su delgadez puede quebrarse pero sigue ahí, fuerte).
Si su boca se abre moriremos en menos de un segundo.
Caeremos al abismo donde nos esperan, si tenemos suerte, aquellos que han muerto ya. Y frente a esa inminencia nos quedaremos quietos, en el último instante, con los ojos perdidos, inmersos en la profundidad del terremoto, esperando a que las fallas dejen de moverse, si es que existe esa posibilidad.
Y allá abajo no hay libros, no hay literatura ni filosofía, no hay pensamiento, no hay lenguaje, no hay sonidos; no hay intenciones, ni brujería, ni horóscopo, ni vida, ni muerte, ni conceptos, ni mundo de las ideas, ni estorninos ni la idea de tero, ni huevos, ni tersura, ni nada. Nada. Es el antimundo, el mundo sin consciencia, desfondado de sí, blanco puro.
Pero aquí sí hay y mucho y ahora. Es el día del mundo tal cual es. Y mientras llega la inminencia, leamos literatura, filosofía, pensemos, explotemos el lenguaje al máximo, escuchemos; dejemos saber nuestras intenciones, practiquemos lo que está fuera del mundo aunque sea un instante de ensoñación, vivamos y honremos la vida, aceptemos la muerte y rescatemos de los escombros a los que no pueden levantarse, ayudemos a levantar cada piedra para que quienes se acercan al abismo sobrevivan, salgan y reconstruyan su vida, así, entre todos, como si mi mano fuera tu mano y tus ojos mis ojos; lleguemos hasta los conceptos y observemos hasta dónde se puede llegar con el pensamiento, finjamos que el mundo de las ideas existe y pensemos en la idea del estornino cantor, del tero suficiente, pensemos en la idea de huevo y comamos, en la tersura y seamos para todos el vestido, pensemos la idea de nada y escondamos su sacrificio para siempre. Es momento: la nada tiene que estar donde no podamos alcanzarla hasta que ella misma nos alcance. Solo ahí, en ese segundo, como cuando se levanta un escombro de un edificio de La Guaira y alguien dice: «estoy aquí, estoy viva, estoy vivo» es que detendremos la apertura del abismo y nos haremos uno con todos, todos aferrados a la reconciliación.