Hambre
Hicimos lo que teníamos que hacer: lo dejamos. Prefiero decir eso.
Porque, además, no me gusta la palabra abandonar. Esta es la hora de los zorros y de los buitres, pienso en ellos, les toca comer, no a nosotros: no. Entenderlo no es abandonar. Pero ahora mi estómago cruje y el suyo también. Ella está a mi lado, en el auto, y la distancia se expande cada vez más. Sumamos kilómetros. Nos alejamos. El viento tibio me envuelve la cara y ella, mi hermana, llora en silencio. Dos líneas de mugre húmeda caen de sus mejillas y dibujan los pliegues del cuello. La pena y el hambre se unen ahí: en el recorrido de sus lágrimas. Pero necesito que pare. Me concentro en el volante, en la ruta, en olvidar que existe. Manejo.
Sigo manejando. La entiendo. Quiero decir: de verdad la entiendo. Es tan difícil para ella como para mí. Hace tiempo que no pienso en él y su hijo fue, en algún sentido, una especie de reemplazo. Yo también lo quería. Todos lo queríamos: mi hijo lo quería, y el suyo quería al mío. Y por supuesto que ella también lo quería. Ahora estamos solas. Pero hicimos lo que teníamos que hacer.
Quiero decir: el problema fue que había carne, o que de repente él fue carne. Y yo vi cómo cambiaba la forma en que lo miraba, y cómo la idea comenzaba a materializarse en el aire, en su cara, y vi cómo babeaba cuando lo tomaba en brazos y acercaba la nariz al nacimiento de su pelo, y luego sentí, porque de verdad lo sentí, cómo empezó, ella, solo ella, a contagiarme a mí también de esas ganas, y yo traté y busqué la manera de salir de allí, y tratamos de seguir los tres, comiendo lo que podíamos, las raíces, la pasta gris de la harina rancia y el agua, intomable y estancada, pero no alcanzó. Así que confío en eso: en que hicimos lo que teníamos que hacer. Tarde o temprano alguien lo va a encontrar. Él está allí y servirá de algo, pero no podía servirnos a nosotras, a nosotras no. Cuando eso pase, cuando alguien lo encuentre, la culpa ya no va a tener sentido. Habremos hecho las cosas bien.
Y hacer las cosas bien fue elegir el hambre.
Ahora cruzamos la carretera en silencio. La sequía provocó eso, un silencio perpetuo que se extiende sobre los cuerpos y la tierra. Todo es amarillo. O marrón. El parabrisas lleno de polvo apenas deja ver el llano arrasado por los incendios y la falta de agua. Hay algo de caos y armonía en esta destrucción.
Mi hermana dejó de llorar. Ahora mira por la ventana. No me habla.
Y entonces atravesamos un pueblo, no sé su nombre. Alguna vez pasé por sus calles. Recuerdo que en los carteles se leía Bienvenidos en letras blancas, gigantescas. Lo que se lee ahora es el óxido. Cruzamos la avenida principal. En las veredas la gente revuelve tachos de basura que hace tiempo están vacíos. En una esquina, un par de góndolas de supermercado volcadas. Gatos flacos vigilan desde los techos. Mi hermana los señala. Le digo: ya los vi. Me dice: tengo hambre.
No me importa.
No se lo digo, pero no me importa.
La oscuridad avanza con el atardecer. La carretera sigue vacía. No estamos lejos de la ciudad. Las cosas no están mejor ahí, pero ahí está mamá. Su mensaje decía: no vengan. Su mensaje decía también que está pasando hambre. Ella miente. Siempre miente. Siempre nos miente. Y yo le mentí: vamos para allá, le escribí. Todos vamos, los cuatro, agregué. Hay hambre en todos lados, mamá. Estamos yendo a buscarte.
Hace calor, pero dormimos en el auto. Estaciono entre unos árboles. Trancamos las puertas. Apago todas las luces. Ocultamos las cabezas bajo unas mantas. Mi hermana saca algo de un bolsillo. Un pedazo de chocolate.
Comemos en silencio. Nos agarramos de las manos. Ella me dice: no quiero contarle a mamá. La miro. Yo tampoco quiero contarle. Me dice: ¿y qué hacemos? Le digo: nada. Ella tiene los ojos llenos de sangre otra vez. Lo extraño mucho, me dice. Le aparto un mechón de pelo de la cara. Dormite, le pido.
***
La batería del auto está muerta. Estamos cerca de la ciudad, pero sin las muletas mi hermana no puede caminar, así que hacemos dedo. No lo recomiendan. No tenemos opción.
Pasan las horas. La carretera está vacía, el sol es una bola de calor ultravioleta, no podemos ocultarnos. La ropa quema. Tengo la piel agrietada, ardida, pero me pongo una campera. El contacto de la tela y las heridas se me hace insoportable, pero es mejor que seguir quemándome. Hago dedo en el borde de la ruta mientras mi hermana espera sentada en el auto. De vez en cuando la ojeo. A veces la veo llorar contra la ventana. No la soporto. La pierna amputada le brilla bajo el sol. No soporto que llore así.
En el horizonte, un destello reflejado en el metal alcanza para renovar esperanzas. Es una camioneta que no se detiene y sigue de largo, como si no nos estuviéramos muriendo al costado de la ruta, o como si estuviéramos tan muertas como los demás. La veo pasar a toda velocidad, la veo perderse, convertirse en un espejismo.
Después de un rato vuelvo con mi hermana. Necesitamos agua, le digo. Sí, me dice ella, pero no agrega nada más. Voy a ver si encuentro algo cerca. Levanta la cabeza. Tené cuidado, me dice.
Camino por el monte. Llego a los restos de un carro quemado y algo parecido al cuerpo despanzurrado de un caballo. La carne está negra y llena de moscas. La podredumbre se mezcla con el olor a la madera chamuscada. Es difícil respirar. Revuelvo el cadáver abierto con las manos, me mancho los brazos con las vísceras del animal, busco entre los órganos agusanados algo que rompa con el dolor de estómago, con la desesperación. Mastico tejido duro.
Lo que queda es inservible.
Pero el día está espléndido. El azul del cielo apenas se enchastra con las huellas de una tormenta que jamás va a llegar hasta donde estoy. Siento una presión en el abdomen y me bajo los pantalones allí mismo. Salen gases y luego una pasta del color de lo último que comimos, aquella cosa gris que nos tragamos sin pensar.
Me acuesto. Llegan las moscas. Vienen del caballo despedazado y vuelan sobre mi boca. Las espanto de un soplido, luego con la mano. El día está espléndido, de verdad. Bajo la mano derecha y me rasco la pelvis. La dejo reposar allí un rato y luego empiezo a frotar mecánicamente, pero todo está demasiado seco, demasiado árido, y enseguida dejo de hacerlo. Las moscas caminan entre mis dedos.
Tardo un rato más en volver a la ruta. Me alejo del caballo muerto y encuentro la huella de una cañada. La tierra del fondo está húmeda y cuando presiono siento la tibieza del agua subterránea. Me arrodillo y chupo con ganas. Hilos de agua y barro bajan por mi garganta y soy, por un instante, feliz.
Feliz no: estoy satisfecha. Es otra cosa.
Luego me saco la remera, envuelvo dos puñados de barro en ella, presiono y me dejo caer más agua en el torso desnudo. Ahora los hilos son más generosos. Me lavo la cara, me mojo el pelo. Es un baño reparador bajo la sombra de los árboles.
Cuando abro los ojos veo a dos hombres que me observan entre los arbustos. Uno de ellos apunta un celular en mi dirección. Me cubro enseguida la piel desnuda con la remera embarrada. Me alejo corriendo, los pierdo de vista. Ellos no me siguen.
En el auto mi hermana sigue en la misma posición. Se comió otro trozo de chocolate. Un olor penetrante me alcanza antes de llegar. Tiene el jean empapado y el meo mojó también el asiento.
Perdón, me dice mirando hacia abajo.
Siento una punzada de odio en el costado. Tranquila, le digo entre dientes.
¿Encontraste agua? Estás mojada.
No. Me crucé con unos tipos. Salí corriendo. Es sudor.
***
Llega otro mediodía. Siento los vaivenes del desmayo inminente. Mi hermana también está a punto de caer. No ha pasado nadie por allí. Necesito comer. Necesitamos comer. Llegar a la ciudad. Mi madre: ella tiene comida.
Un ronroneo en el horizonte que pronto se convierte en el sonido de un motor. Aparece una moto, un hombre, va hacia la ciudad. Me incorporo de un salto, tropiezo hasta el borde de la ruta, muevo los brazos, hago señas desesperadas. El hombre sigue de largo, pero luego regresa y estaciona frente a mí. No se saca el casco. No puedo ver su rostro.
Vas a la ciudad, le pregunto con un hilo de voz.
Sí, contesta. Tengo lugar para una sola, dice. Y me alcanza algo: una botella de agua amarronada. Me trago el líquido sin pensar. Me da también un caramelo de frutilla. Corro hasta el auto y ayudo a mi hermana a tomar agua. Ella no abre los ojos, pero me dice gracias. Tiene los labios agrietados y el muñón de su pierna está hinchado.
Trago otro poco de agua, le paso más a mi hermana y luego vuelco el resto sobre su cara. Ella apenas reacciona. Dejo el caramelo a su lado.
Me subo a la moto. La miro por última vez.
Vamos, le digo al hombre.
Él acelera…