Estudio de figura III
Hay algo que sospecho: la muerte es un punto
más en el útero del tiempo. Coordenada
que se propaga en las arterias de Dios. Una brecha
por la que cabe la mínima ave blanca. La piedra muda
o la enredadera en nuestro plexo translúcido.
Y confundimos el origen de la luz.
No sabemos si es el reverso de la sombra. Apenas
que el corazón está expuesto y se mece sobre las costillas
como Cristo, el funámbulo. Que la sangre se vuelve ruidosa
excavada en el vacío oscuro y el misterio introduce dos dedos
obcecados con la línea del horizonte.
Ignorando las señales que prohíben la revelación.
Del otro lado de la revelación no hay nada
a no ser un vacío donde caben todas las cosas: los huesos,
las heces, el tiempo, el aliento desde dentro. No hay distinción
entre un crucifijo y el pájaro abatido en el zenit
de su vuelo. Solo el piar que se le oye
del otro lado de la fisura o una pluma que revolotea
antes de impactar contra el platillo de la balanza.
Por eso, apago la luz y busco a tientas en lo oscuro: sé
que en la sombra se camufla la figura de Dios. En ese territorio
de rostros al revés y ruido gaussiano un bulto cobra forma
ignorando las señales que prohíben la revelación.