Honrar lo que no es suficiente
Hace poco leí No, no pienses en un conejo blanco y habla (entre muchas cosas respecto al estado de la literatura) sobre la lectura veloz. Patricio Pron nos recuerda que fue Kennedy quien puso a todo el mundo a imitarlo cuando aseguró que usaba este método. Lo revistió de éxito, de aire presidencial y eficiencia. Y es que Kennedy debió representar el espíritu de optimismo y eficiencia del occidente de posguerra. Un enorme grupo de latinoamericanos veía a Estados Unidos así, la opción diferente a Europa, a la cultura larga y ardua. En esos años de Camelot, como lo definiría Jackie, todo se volvía más fácil. Había cenas instantáneas. Hasta una novela del siglo XIX se podía convertir en un ejercicio de ahorro de tiempo.
Cuando yo estaba en la escuela primaria todavía se hablaba de eso. Es decir, el efecto fue duradero, aunque quizás ahora tenía que ver con el entusiasmo de principio de milenio. Mi padre, un hombre de negocios, era el que más promocionaba que yo matriculara uno de esos cursos porque en su mente operativa podía reconciliar ese melancólico niño lector con una figura más alentadora: la de un velocista, la de un atleta olímpico. Y yo al principio lo creía emocionante: como muchos niños pensaba en romper algún récord (Tolstoi en sus memorias escribe que empezó a ejercitarse en su juventud con la idea de volverse el hombre más fuerte del mundo).
Pron dice: «La lectura veloz no sirve para mucho más que hacer chistes». En efecto, antaloga un par: Woody Allen diciendo que leyó de esta forma Guerra y Paz, concluyendo que trata sobre Rusia; y Franklin P. Jones quejándose de que con este método uno acaba el libro antes de darse cuenta de que es aburrido. Menciona ejemplos terribles de este maratón, como «Anne Jones, quien en 2007 se consagró la campeona mundial de la lectura veloz tras leer Harry Potter y las Reliquias de la muerte en 47 minutos (4200 palabras por minuto) con una comprensión lectora del 67%».
Entrar a un libro como a un descampado en que se aprovecha la aviada de una pendiente es mucho más peligroso de lo que uno cree. No se trata de la obvia incomprensión, de la trampa de saltarse preposiciones y artículos. El verdadero peligro es asumir esa violencia de paso. Entiéndase en un sentido filosófico.
Hay un poema de Horacio Benavides que leí una vez y por mucho que pase las páginas de la colección no volví a encontrar. Pero eso no importa, lo recuerdo. Es de una mujer a la que su amiga le regala una planta del monte. La trae en una bolsa, si no me equivoco está extraída del suelo, tiene tierra y rocío. Entonces guarda la planta en su habitación y es cuando escucha un croar. La planta traía un sapo. No pasa más que eso. Me atrevería a decir que es el poema más quieto del mundo. Lo tuve que releer varias veces, como los aedos. Cuando se dice que es corto y se presta para leerse una y otra vez y, hay que admitirlo, a cierta forma es insubstancial, también podríamos decir que es la lectura menos eficiente del mundo. No son más que sensaciones. Uno concibe una venda que reactiva los otros sentidos. Se dice que del mar llega olor a marisco, a agua antigua (encontré el poema). A oído: gotas de lluvia contra zinc, el sapo que está cercano y lejano (lo busca en la bolsa y en la planta, pero no lo encuentra).
Estar quieto (metafóricamente, claro: como decía Calvino se puede leer hasta de cabeza con el libro invertido) dentro del poema es un acto humano, por no decir espiritual. Figurar el sapo que no se ve también lo es. Podría asegurarse que es hasta uno político. Es una afirmación más que un ejercicio. Lo que afirmamos no es importante, en todo caso sería difícil ponerlo en palabras, como lo es hacerlo con las experiencias verdaderas.
Annie Ernaux se pregunta para qué escribir (extendamos a: para qué leer) «si no es para desenterrar cosas, hasta una sola, irreductible a explicaciones de toda suerte, psicológicas, sociológicas, algo que no sea el resultado de una idea preconcebida ni una demostración». Esta arqueología inefable es lo opuesto a la eficiencia, a lo rápido y, sobre todo, a lo pragmático que tanto veneramos desde la revolución industrial (Pron ahonda en ese vínculo).
Es difícil explicar a alguien que no es lector porque se hace. Quizás la mejor similitud sería hablarles de la resistencia no violenta. Tolstoi la profesaba (compartió correspondencia con Gandhi) y por mucho que intentó nunca lo arrestaron las autoridades zaristas. La lectura es algo semejante, una acción ineficiente en un diseño eficiente. El atraso del tiempo que no resulta más que en meditación y la intuición de haber encontrado algo que no es específico. Un espartano que suelta la espada para contemplar la vendimia que no va a probar ni la de que es terrateniente.
Salvador Elizondo dice que todos los libros se han escrito para ser leídos únicamente por sus autores. Habla, por supuesto, de la distancia irreconciliable entre el yo y el otro. La lectura es quizás la que más nos aproxima a pensar como alguien más (a muertos, a antiguos, a epígonos, a profetas, a trágicos y un largo etcétera) y aún así…