El sentido de la vida según Chéjov
Desde que trabajo en una editorial católica, pienso más seguido en Dios; o, para ser más precisos, en el acto de creer en él. A diario me sumerjo en la corrección de meditaciones guiadas y devocionarios temáticos, y en ese roce constante suelo adoptar una actitud hostil hacia la religión. No dudo que haya en ello una fatiga ante las exasperantes repeticiones de las letanías y el Rosario, pero intuyo que la razón de mi rechazo tiene que ver con el peso de la individualidad. He tenido la impresión de que aceptar tantas culpas venidas de quién sabe dónde, así como la sumisión y el empequeñecimiento frente a las figuras religiosas, son condiciones tan humillantes que hace falta tener muy poca autoestima para aceptarlas. Vaya, es paradójico que una religión, cuyo lema es «Dios es amor», no tenga reparos en pedirnos renunciar al amor propio.
No obstante, me avergüenza lo banales que suenan esos argumentos cuando pienso en la dicha de ser parte de una entidad perfecta que nunca nos deja solos, que es algo así como una sustancia de amor incondicional activa en absolutamente todo. De hecho, encuentro contradictoria mi tendencia al racionalismo, por ejemplo, cuando no puedo pensar en algo que contenga mejor la agonía, el miedo, el deseo y el enigma del amor que la palabra «alma». O cuando considero que ni la neurociencia ni la psicología lo han dicho todo, ni mucho menos lo más importante, sobre el alma humana. Me parece especialmente contradictoria la sospecha de que el acceso a nuestra fibra más íntima y compartida depende de un fenómeno tan caprichoso como el arte. De ahí que, a pesar de mi cautela ante disputas metafísicas, me pregunte: ¿qué se siente tener fe?, ¿puede el arte darme los motivos de fe que la Biblia da al cristiano? Si solo soy el resultado del devenir histórico y de mi propia voluntad, ¿por qué necesito un sentido que me exceda? ¿Será posible para un descreído percibir la trascendencia o el sentido de la vida?
Si bien mi ateísmo se remonta tiempo atrás, leí «El estudiante», de Antón Chéjov, durante mi época universitaria, alguna de las noches que pasé en una pequeña habitación de Santo Domingo. Lo que recuerdo es la sensación de no haber leído nada emocionante y al mismo tiempo haber recibido una lección que me hacía madurar sin entender cómo. Ahora me parece que fue así por la extraordinaria simpleza del cuento, cuya serie de acciones, en su momento, consideré anticlimáticas: un joven regresa a pie después de pasar la tarde intentando cazar aves, se detiene a calentarse junto al fuego de unas vecinas, recuenta con espontánea sensibilidad un pasaje del «Nuevo Testamento», observa cómo las oyentes se echan a llorar sin aparente justificación dramática y reanuda su caminata nocturna sintiéndose repentinamente jubiloso.
Este sencillo relato me ha funcionado para responder, en parte, las preguntas sobre la fe y la trascendencia. De cierto modo, el cuento me llegó a proponer tres formas de darle sentido a la vida y tuve que voltear a ver la religión para comprenderlas.
El protagonista es Iván Velikopolski, un joven de veintidós años, hijo de un sacristán de pueblo, que cursa estudios en la academia eclesiástica. La narración lo sitúa en las horas del crepúsculo del Viernes Santo, la jornada más sombría y dolorosa del calendario litúrgico cristiano, en la cual se conmemora la traición de Judas, así como el juicio, la tortura y la crucifixión de Jesucristo. El clima, que en las horas previas prometía los tibios albores de la primavera, se torna de pronto hostil; un viento gélido y oscuro azota el paisaje, sumiendo al joven estudiante en la melancolía y llevándolo a pensar que, si hay algo constante en la existencia humana, es el sufrimiento.
Dominado por el hambre del ayuno y el frío penetrante, Iván interrumpe su travesía para detenerse a recobrar calor junto a una hoguera encendida en los huertos de las viudas del pueblo, un espacio habitado por dos campesinas, Vasilisa y su hija Lukerya. Ambas han sufrido en el cuerpo la miseria de la vida y la violencia patriarcal. Al calor de las llamas y motivado por la solemnidad ineludible de la fecha, Iván decide relatar a estas mujeres el pasaje evangélico que describe la noche de la triple negación por parte del apóstol Pedro. La reacción hondamente emocional de las dos mujeres ante esta historia provoca en el estudiante la comprensión de que el pasado milenario y el presente ordinario están unidos por una sucesión ininterrumpida de eventos, orientados por la verdad y la belleza.
La experiencia de leer el cuento se siente, en efecto, como si algo nos fuera revelado. Recuerdo que mi primera reacción fue pensar en el título. «El estudiante», por supuesto, es alguien que aprende. Cuando Iván se daba cuenta de que la vida era una cadena de acontecimientos, unidos los unos con los otros, a mí me daba la impresión de que Chéjov hablaba de la Historia y del conocimiento. Por eso a un estudiante, al entender aquello, la vida le parecía maravillosa y llena de un elevado sentido. Sin embargo esa conclusión se me antojaba inmediata o superficial. Desconfié de mi impresión y asumí que había algo más en el texto que se me había escapado por causa de mi propia inmadurez, no obstante intuyera que el hecho de tener una revelación, la sensibilidad de Chéjov para narrar ese momento, con esos personajes, mediante esa referencia bíblica, utilizando la metáfora de la cadena («y cuando tocó uno de los extremos, el otro tembló»), estuvieran todos confabulados para decir algo mucho más profundo. Con el tiempo me pareció que Chéjov lo que quería mostrar no era simplemente a alguien comprendiendo que el conocimiento de la historia explicaba el sentido del presente, sino retratar con profundidad y armonía algo tan misterioso y elusivo como la experiencia religiosa.
Pero no podría yo, un ateo, declarar tal cosa si al parecer no he sido bendecido con la gracia de la fe. En cambio, sí puedo apuntar la reacción que esta historia provocó en el metropolitano Veniamin, uno de los jerarcas más eminentes de la Iglesia ortodoxa rusa. Al leer el relato, este alto clérigo quedó conmocionado por su pureza y le resultaba inconcebible que un médico agnóstico, formado en el estricto rigor de las ciencias naturales y célebre por su mirada clínica, a menudo desencantada, de la miseria rusa, hubiera narrado la revelación de la fe sin el menor asomo de ironía. La epifanía del seminarista le parecía tan teológicamente exacta que la única explicación era que Chéjov, en la soledad de su fuero interno, había experimentado una conversión cristiana secreta. Según su visión, solo un creyente verdadero podía describir el instante de la gracia con semejante lucidez.
¿Quién podría contradecir al metropolitano Veniamin en una idea tan audaz como esa y quién tendría más autoridad que él para sugerirla? Al adentrarnos en los detalles del texto, es evidente que Chéjov…