Dos poemas - Giselle Lucía Navarro

Dmitry Ratushny

Taxidermia

Una niña 

debe preparar sus manos para sostener armas 

y asegurarse que la pólvora jamás bese el aire.

Las niñas deben crecer 

del mismo modo que crecen las ciudades 

ante los ojos del enemigo.

Es díficil conservar la inocencia 

en la piel de los muertos,

pero la juventud 

no puede ser taxidermia del mundo que anochece.

He enumerado los partos 

de mi generación de niñas,

el dolor cervical de sus silencios.

He sido todos los rostros castos 

que miraron a mis ojos,

con la dureza de las muñecas 

que quedaron sin cabeza 

entre los círculos del porvenir.

No llevo marcas

porque la cicatriz domestica 

lo que la memoria entiende.

Mi palabra tiene la pólvora que le falta a mi sonrisa.

No llevaré sobre mi edad escudos

para apuntalar las durezas 

que nos dejaron como herencia.

No sembraré el dolor como símbolo de madurez.

Mi cuerpo no es una estructura de combate.

No he nacido para gravitar en instrumento.

Mi corazón no es un arma. 

La tristeza hizo a mi corazón hermoso

pero ya es tiempo de las germinaciones. 

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Raíl

 

Los niños que nunca fuimos 

tomaban el tren de madrugada

con el gesto del futuro entre los puños

y la piel de los colegiales campesinos

que viajaban a la capital para estudiar 

con los bolsillos repletos de espejismos 

y el rostro inocente.

Entre las manos,

los boletos de cartón y la esperanza.

En los pies, 

las botas nuevas y lustradas 

que nuestros padres compraron a plazo.

En la maleta, los consejos de todos.

Sobre la frente, el eco del porvenir 

en esas primeras gotas de sudor 

con que la ciudad nos recibía.

Los niños que no fuimos 

maduraron en los salones de arte,

untando pintura 

sobre los caballetes envejecidos

como quien ajusta todo a la belleza,

con un atrevido deseo de crecer.

El mundo era un viejo bulímico

que no quería posar para nosotros,

pero al cerrar los ojos podías retratarlo,

quitarle las arrugas

e imaginar que la juventud 

era un boceto al óleo que nunca se secaba.

Los niños que no fuimos 

se besaban tímidamente 

frente a la misma pared de ladrillo

con grafitis antiguos,

mientras masticaban sus versos apolíticos 

con el gesto de la lengua salvada

y el suspiro.

Era todo tan plausible

en aquella momentánea nulidad de la existencia

como la vida que no tuvimos 

pero creímos tener

en el interior de las puertas que no abrimos

ni cerramos,

los umbrales que contemplamos

con ojos demasiado bisoños

como para notar la decadencia del siglo.

Algún tren pasaba 

frente a la pared del grafiti,

ruido y temblor sobre la piel,

vagones de alquiler en la memoria

donde sembrar esos kilómetros conocidos 

por nuestros cuerpos jóvenes.

Todavía teníamos rastros de humo,

demasiada pintura entre los dedos.

El temblor de disparos lejanos 

destrozaba los caballetes 

con los cuadros encima,

pero tú y yo 

éramos un verso apolítico 

sostenido con saliva,

un gesto de labios e incendio

en las puertas del tiempo

convirtiéndonos en esos adultos 

que tampoco pudimos ser.

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Giselle Lucía Navarro

Giselle Lucía Navarro (Alquízar, Cuba, 1995) Poeta, escritora, diseñadora y artista multidisciplinar. Ha obtenido, entre otros, los premios José Viera y Clavijo de ciencias sociales, Benito Pérez Galdós de ensayo, Pinos Nuevos de narrativa, Edad de Oro, y David de poesía. Ha publicado los libros Contrapeso, El circo de los asombros, ¿Qué nombre tiene tu casa? (2019) y Criogenia (Italia, 2021). Su obra, publicada en antologías de una veintena de países, traducida al italiano, inglés, francés, turco y ruso. Licenciada en Diseño Industrial por la UH. Es miembro del Comité Organizador del Festival Internacional de Poesía de La Habana.

https://www.instagram.com/gisellelucia/
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