Péndulo

Pawel Czerwinski

No era la mejor casa. De hecho, estaba en ruinas. Pero no podíamos pagar nada más. A Carla la habían echado del trabajo. Y las ventas de mi tienda de alfombras se desplomaban.

El barrio de Rímac, que había vivido su esplendor durante el virreinato del Perú, era ahora un nido de delincuentes y pequeños traficantes. Las antiguas estatuas, conventos y alamedas se caían a pedazos, pintadas y hasta orinadas por vándalos adolescentes. Nuestro nuevo hogar, con sus tuberías viejas, sus paredes desconchadas, sus suelos húmedos, formaba parte de esa decadencia. Lo único que le confería cierta dignidad era el reloj.

—Es lindo —dijo Carla la primera vez que lo vio: un péndulo del tamaño de un armario que aún funcionaba de milagro, orgullosamente erguido contra la pared de la sala.

—Bueno —resoplé—, es un mueble. El único.

—¿Crees que este sea nuestro hogar? Quiero decir... ¿el de nuestra familia?

El presupuesto no nos llegaba para mantener a una familia. Pero frisábamos los cuarenta, y Carla temía que se le pasara la edad de ser madre. Yo la besé para no tener que responder.

Las primeras noches en la nueva casa sí que hicimos todo lo necesario para procrear. Salir a la calle después del crepúsculo parecía peligroso, de modo que solo nos teníamos a nosotros mismos y nuestro colchón tirado en el suelo. 

Fue una de esas noches cuando ocurrió por primera vez. Acabábamos de hacer el amor. Carla dijo que tenía sed y se levantó del colchón. Oí la madera del suelo crujir bajo sus pies mientras se alejaba hacia el refrigerador... Y luego no oí más.

—¿Amor?

Ella no respondió. Pasados unos segundos, una sirena policial pasó frente a la casa. 

—¿Carla?

Me levanté a buscarla. La encontré frente al reloj, mirándolo fijamente, desnuda y silenciosa, como hipnotizada.

—Querida, ¿estás bien?

No dijo nada mientras me acercaba a ella. Solo reaccionó cuando la abracé, como si volviese de un sueño:

—¡Ah! Me olvidé del agua.

Nuestra situación económica no mejoró. Carla se postuló a varios puestos de secretaria, pero por una cosa u otra, nunca la contrataban. Le faltaba experiencia o estaba sobrecalificada o no se entendía con el entrevistador. Volvía a casa por las tardes, frustrada y malhumorada, mientras yo seguía perdiendo clientes y sufriendo con los vencimientos de los créditos.

—Siento que lo hemos hecho todo mal —me dijo un día—. Y no nos queda tiempo de cambiar.

Yo traté de consolarla, pero la verdad, también me sentía así. 

Una madrugada me despertó el sonido de las tuberías, un gemido como de ultratumba que hacían de puro viejas. Estiré la mano instintivamente. Carla no estaba a mi lado. La hallé en la sala, mirando al reloj de nuevo, dormida pero atenta a cada golpe de las manecillas, como si le transmitiesen un mensaje en morse. Traté de devolverla a la cama:

—Carla, tienes que acostarte.

Pero al tocarla, ella se sacudió y gritó:

—¡Suéltame! ¡No me toques!

Obedecí. Dicen que no hay que despertar a los sonámbulos.

Lo del péndulo comenzó a repetirse cada noche. Y por las mañanas, Carla no recordaba sus expediciones nocturnas. Me preocupaba su salud mental. Entre los nervios y la pobreza, decidí vender el reloj.

—¿Que has hecho qué? —se espantó ella cuando se lo conté.

—He llamado a un anticuario, ¿y adivina qué? Nos puede dar $3000 por el reloj. Con eso vivimos tres meses y hasta pago deudas.

—No puedes venderlo...

—Carla, escúchame...

—¡No puedes venderlo!

Comenzó una larga lucha, llena de gritos e insultos. Carla se resistió con uñas y dientes a dejar ir el mueble. Pero no cedí. Simplemente, era nuestra única opción.

La noche antes de que se lo llevaran, Carla volvió a abandonar la cama de madrugada. Me asomé a verla dos veces. A las dos estaba ahí, como siempre. Una hora después, abrazaba con fuerza al reloj, como se abraza a un amante. Me dormí como a las cuatro.

Por la mañana, Carla no estaba en la casa. Pensé que se habría marchado temprano a buscar trabajo.

El anticuario pasó a buscar el reloj en la tarde y ella seguía ausente. Sospeché que estaba enfadada conmigo, que volvería por la noche. 

Pero después de eso, nunca volví a verla.



Santiago Roncagliolo

Santiago Roncagliolo (Lima, Perú, 1975). Ha vivido en México, Perú y España, y ha trabajado como periodista, guionista y traductor. Es autor de las novelas Pudor (2005) y Abril rojo (2006), ganadora del premio Alfaguara. Su última novela es Y líbranos del mal (2021) - Cortesía de Planeta de libros.

https://twitter.com/twitroncagliolo
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