El dentista

Atikah Akhtar

Tantos años acostumbrado a sentir el olor de las bocas de sus pacientes y, sin embargo, ese día en que el esmog se agolpaba contra las ventanas de su consulta, desde algún escondrijo entre las muelas de su viejo amigo salió una pestilencia que le fue difícil de tolerar. Echó el cuerpo hacia atrás e intentó recomponerse, llevándose los dedos de su mano libre al puente de la nariz. Debía seguir con el destartaje de esa boca, abierta en un gesto semejante al de un aullido. Contempló la escena con desapego inusitado, como si de pronto flotara en la habitación. Ahí estaba Lucía, su ayudante, que llevaba los mismos treinta años que él metida en esa consulta. Esgrimía el extractor de saliva con cierta satisfacción, las canas rayando su pelo, no como el suyo que ya se había tornado completamente gris. Se resistía a retomar la posición servil que debía adquirir para trabajar. Por primera vez sintió un despunte de frustración al preguntarse por qué había elegido esa profesión tan aburrida. Ocho a diez pacientes diarios, caries, limpiezas, extracciones, tratamientos de conductos, moldes para planos de relajación. Una interminable repetición de tareas, con el olor a boca como una niebla rodeándolo.

Su mirada pasó por las paredes que se habían vuelto amarillentas, como se vuelven los dientes con la edad, y por la máquina que había comprado con gran esfuerzo quince años atrás. Sus brazos mecánicos habían adquirido un aspecto avejentado, como el de una anticuada escenografía futurista. La laca de los muebles donde guardaba los innumerables utensilios se hallaba picada por decenas de golpes involuntarios. Los marcos de fierro de las ventanas ya ni siquiera los protegían adecuadamente de las corrientes del invierno.

Terminó la limpieza con gran dificultad, haciendo un esfuerzo para no romperle una encía a su querido amigo. Al despedirse de él no pudo evitar que la sonrisa se le distorsionara en una mueca. No recordaba bien por qué se habían hecho amigos. Se encontraban en cumpleaños, bares y fiestas desde jóvenes, pero jamás habían tenido una conversación significativa ni menos un momento de emoción compartido. Y luego estaban las evidentes diferencias políticas. El dentista había ido quedando solo en su defensa de la dictadura, mientras que su amigo, ahora alzado en toda su corpulencia, se había transformado en una figura pública de la campaña para echar abajo la constitución de ese general que consideraba monstruoso. Al momento de despedirse con un beso en la mejilla, el dentista contuvo la respiración.

Era una suerte que fuera la última consulta de la tarde. Estaba agotado. Al llegar a su casa, tiró la chaqueta en una silla, se sacó los zapatos y se echó en la cama, ignorando el valet de madera fina donde cada día colgaba su ropa con meticulosidad. Sintió que se hundía en un sopor que no le significaba ningún descanso. Se había cuestionado antes la razón de ser dentista, pero jamás hasta ese día la pregunta le había producido esa mezcla de rebeldía y desazón. Y no tenía con quién conversarlo. Llevaba años solo, sin una relación de pareja, satisfaciéndose solamente mediante encuentros pasajeros con tipos que encontraba en las aplicaciones de citas. Esa forma de relacionarse le acomodaba. No tenía nada que explicar y no tenía que adaptar su rutina a los gustos ni a las necesidades de nadie más. Pero ese día hubiera querido tener a alguien querido a su lado, una persona que pudiera ayudarlo a lidiar con esa repentina desesperación. Pensó en llamar a su ex. Se mantenían cercanos, incluso viajaban juntos de vez en cuando, especialmente a Río de Janeiro para el Año Nuevo. Allá salían de caza cada uno por su lado, aunque a veces se topaban en los pasillos del sauna Paradiso y se ofrecían el uno al otro una sonrisa entre pícara y compasiva. Jamás habían hablado de temas existenciales. Tuvieron una convivencia pragmática, cuyo fin fue conseguir darle la respuesta más eficiente al férreo hedonismo que compartían. Todo debía ser bonito a su alrededor, placentero, ordenado, no había detalle de su vida que no estuviera tocado por ese filo esteticista que los complacía. ¿Cómo podría comentarle del olor a boca de ese amigo en común, de ese abrupto desengaño que había sufrido consigo mismo, sin que Antonio pensara que había perdido la razón? La idea de que al día siguiente tendría una vez más una boca abierta ante sus ojos, exhalando ese olor al que tan acostumbrado debía estar, lo hizo erguirse y mirar a la pared en busca de una solución. Lo desconcertó no tener una, él, que nunca se complicaba la vida, porque hasta esa noche pensaba que tenía claro lo que quería y lo que le gustaba, en todo orden de cosas. Será el cansancio, se dijo. Vería una película y en la mañana ese pavor a su rutina diaria habría desaparecido.

No pudo quedarse dormido. Una corriente de angustia volvía intranquilas sus piernas y no lograba dar con la temperatura apropiada para su cuerpo. Se destapaba para dejar de transpirar, pero la misma transpiración se volvía un envoltorio helador casi al instante. Cada vez que estaba a punto de abandonarse, llegaba hasta su nariz, o más bien hasta su memoria, ese olor insoportable. Y de nuevo estaba despierto, queriendo ahogar la angustia del cuerpo. A las cinco de la mañana, rompiendo la inflexible distancia que mantenía con los ansiolíticos, se tomó un Amparax de dos milígramos, parte de una de las tantas muestras médicas que le regalaban los visitadores médicos. Antes de dormirse, dejó un recado en la contestadora de la consulta, para que Lucía quedara advertida de que no iría a trabajar y pudiera reagendar las citas para más adelante.

Salió del sueño dando una lucha contra un viento que lo hundía de nuevo en esa inconsciencia llena de imágenes repetitivas y magnéticas, algunas desconcertantes, otras incisivas como taladros dentales. Hubo una que lo acompañó hasta la vigilia: él, desnudo, escalaba un iceberg en medio de un mar borrascoso, aunque no hubiera viento, y se resbalaba en el hielo sin poder progresar mientras se hería manos y pies. Cuando tuvo la fuerza para abrir los ojos, pensó que hacía muchísimo tiempo no soñaba de forma tan vívida. Quiso ponerse de pie, pero el cuerpo le pesaba y se dio cuenta de que sus reflejos estaban lentos. Si hubiera estado obligado a hablar, habría sonado como la voz del muñeco de un ventrílocuo. No entendía de dónde provenía esa imagen tan amarga de sí mismo. Sopló en su mano para sentirse el aliento y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Cuidadosamente, apoyándose en muebles y paredes fue hasta el baño. Se lavó los dientes con desesperación. Luego, camino a la cocina, pasó por el living y desconoció la nitidez del orden que ahí imperaba, su ortogonalidad, los cuadros comprados con precisión matemática para ocupar las paredes donde se exhibían. Odió los cojines tensos, las sillas esqueléticas. En la cocina tuvo la misma sensación. Cada utensilio en su lugar, como si nunca nadie entrara en ella.

Se preparó un té, pan integral y huevos revueltos. Comió de pie y dejó el plato, la taza y los cubiertos sucios al terminar. Después de lavarse los dientes por segunda vez, volvió a echarse sobre la cama y escuchó los recados que le había dejado Lucía luego de hacer la ronda de llamadas telefónicas con los pacientes del día. Su voz humilde y uniforme siempre había sido para él motivo de satisfacción. Respondía a su concepción de la autoridad y el orden. ¿Por qué ahora le resultaba molesta? No había ningún sobretono ni una nota de preocupación, como si su inasistencia fuera una situación habitual. Y si ella no ponía énfasis en lo que decía, ¿cómo iba a recuperar él su sentido del deber? Él la había educado en esa tesitura sumisa e inconmovible. Esa voz era una representación fidedigna de su voluntad ciega de conseguir que un día se pareciera lo más posible al siguiente.

Decidió no llamarla de vuelta. No había para qué. Le repetiría lo mismo que le había dicho en sus dos largos mensajes de voz. Recién tomó conciencia de que eran las tres de la tarde. Se había saltado su entrenamiento. Aun a su edad tenía el abdomen endurecido y los brazos hinchados. Llevaba los mismos treinta años de profesión yendo al gimnasio cinco veces a la semana. Hacía pesas media hora y corría otra media hora en la máquina trotadora. Su deber era ir. Tenía la tarde libre. Y por primera vez se permitió pensar con desagrado en el olor a humedad humana que permeaba la alfombra, los camarines, incluso las máquinas y las mancuernas del lugar. No podría tolerar ese olor, no ese día. Se echó en la cama, prendió la televisión, sintonizó un documental de Nat Geo y, traicionando su orgullo de comer sano y bien por su propia mano, pidió mediante una aplicación una porción de chancho cantonés al Danubio Azul.

Los días se fueron repitiendo, sin que lograra superar ese pavor a enfrentar el olor a boca de sus pacientes, ni siquiera de los que sabía que se cepillaban con esmerado pudor antes de ir a verlo. Las noches se repetían también. Tomaba vino con el fin de emborracharse y dormir sin ayuda del ansiolítico, pero después de una primera cabeceada volvía a despertar con la imagen de una gran boca abierta ante él exhalando un hedor aplastante. El clóset donde guardaba los remedios se tornó en un lugar de seguridad. Cuando comenzaba a sentir el efecto relajante, llamaba a la máquina contestadora de la consulta y anunciaba que no iría a la consulta al día siguiente. Los informes de Lucía mantuvieron el tono parejo y desapasionado, pero ya no le informaba de cambios de fecha y de hora, sino de algunos recados dejados por sus clientes. Protestaban por las molestias, dolores o incomodidades que les ocasionaban sus tratamientos interrumpidos. Una de ellas tenía un dolor que le tomaba todo un lado de la cara y creía tener los ganglios inflamados. Otro se había quedado a la espera de que le pusiera un implante para reemplazar la muela que le había extraído. A una tercera se le había roto la tapadura de uno de sus incisivos superiores y según ella se veía horrible. Lucía jamás preguntaba en sus mensajes si es que «el doctor» estaba enfermo o si necesitaba algo. Él le había dejado en claro desde un principio que prefería que tuvieran una relación solamente profesional. Sintió pena. La imaginó tratando de hacer malabares para justificar su ausencia, intentando que su agenda no se desplomara. Nunca había sentido pena por ella. Sabía poco de su vida. Creía que disfrutaba tanto como él la rutina de sus días blancos. Pero sin rutina debía de sufrir la otra cara de lo que estaba padeciendo él. Él odiaba la idea de retomarla, Lucía seguramente odiaba la idea de haberla perdido. Después de todos esos años de trabajo, él podía permitirse incluso el retiro definitivo. ¿Pero qué sería de ella? El retiro flotaba en su mente como una fantasía mediocre de palmeras y hombres en sunga en un balneario brasileño, sabiendo que nunca lo concretaría. Antes, porque sentía que la rutina lo afirmaba y que podía bajar la cantidad de horas, pero sin dejar de ir cada día a la consulta. Ahora, porque sentía que las fuerzas lo habían abandonado hasta para ir al supermercado. Solo comía platos chinos, encargaba los abarrotes a una aplicación de despacho y había comenzado a engordar. Para él la gordura era símbolo de debilidad. Y ahora miraba su panza y no era capaz de ponerse la ropa de deporte e ir al gimnasio que estaba a dos cuadras de su casa.

Una mañana lo llamó su ex…

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Adquiere La primer noción del exilio ahora

Pablo Simonetti

Pablo Simonetti (Santiago de Chile, Chile, 1961). Ingeniero civil por la Universidad Católica, obtuvo un magíster en Ingeniería Económica por la Universidad de Stanford. A partir de 1996 se dedicó en exclusiva a la literatura. Al año siguiente obtuvo el primer premio en el concurso nacional de cuentos Paula, con el más afamado de sus relatos, «Santa Lucía». Este y otros cuentos se reunieron en Vidas vulnerables (1999), Mención Especial del Premio Municipal de Santiago. En 2004 publicó su primera novela, Madre que estás en los cielos, que ha sido traducida a varios idiomas y ha llegado a ser una de las tres más vendidas en Chile de los últimos diez años. En 2007 presentó su novela más popular, La razón de los amantes. La barrera del pudor (2009) y La soberbia juventud (2013) fueron publicadas en América Latina y España, ambas con una entusiasta recepción por parte de la crítica. Su último libro es Los hombres que no fui (2021).

https://twitter.com/pablosimonetti
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