Tal vez la luz

Alberto Bignoni

Si sujetásemos una lámpara por encima de un cerebro, podríamos apreciar su blandura pero no sus ideas. Podríamos decir este cerebro es grande o este cerebro es como un puño o, quizás, como una nuez o, incluso, este cerebro me recuerda a otro cerebro o a un mapa o a un intestino moldeado. Pero no seríamos capaces de definir cómo se mueve el cuerpo al que pertenece o cuántas veces se ha enamorado o si disfruta del placer o si siente culpa. 

Se acerca la noche y no sé lo que siento más allá de esta cáscara que me envuelve. Durante la noche, los rasgos se emborronan. El veneno es dócil; el miedo, flexible. La memoria se asemeja a la imaginación.

Mi memoria alcanza orillas previas a que aprendiese a hablar. La gente no me cree cuando narro la perspectiva agigantada de mi cuna de madera o cómo el pensamiento formaba neblinas de intenciones sin lenguaje cuando me cruzaba con otro niño que, al igual que yo, era empujado en un carrito. Pero es tan cierto como que cuando observo mis manos, no las percibo como propias hasta que escriben o acarician.

Recuerdo la extensión de los veranos en los que mamá y yo nos sentábamos en la terraza a recortar las hojas secas de las macetas. El brillo del sol provocaba que achináramos los ojos y me hacía pensar que el verano era una explanada interminable, aunque no conociera los términos explanada ni interminable, y mi cerebro (el mismo que doce años después se enamoraría de Ryan Gosling y su there’s something messed up with my brain) poco a poco tradujera el pasado al idioma de los adultos. Pero antes, antes de las palabras, existía la claridad y yo medía noventa y cinco centímetros y me ponía de puntillas para mirarme en el espejo del aseo de invitados y pensaba quiero quedarme aquí, por favor, quiero tener tres años para siempre. Después, a los cuatro, recuerdo llorar a oscuras en la escalera que llevaba al sótano porque comprendí que, un día, mamá moriría. 

Mamá aún no ha muerto, pero cojea y tose constantemente. Tengo veinticinco años y cuando me miro al espejo pienso otra cana, tengo ojeras, esa marca de expresión hoy es más profunda. Me acerco paso a paso a la versión que era mi madre cuando me descubrió llorando en la escalera. A veces, me detengo ante el olor a limón de un vaso con agua y hielo y escribo: quiero recordar este momento. 

Por ejemplo, ahora: no nos  quiero olvidar siguiendo alas de mariposa. Bajo esta cadencia, no podemos desaparecer. Aparecen como migas cada veinte, cincuenta, cien metros. Nos confirman que vamos en la dirección adecuada. No sé si nos mueve la curiosidad por la belleza o por el horror: nunca vemos los cuerpos a los que deberían ir unidas, ni siquiera una pata o una antena suelta, y nunca hay un par completo. Parecen pétalos arrancados de la margarita más lírica y más bruta. Siempre son naranjas con rayas negras y contrastan con la tierra y las agujas de pino. En cambio, las mariposas blancas se conservan enteras y revolotean a nuestro alrededor, como si intuyeran que no tienen nada que temer. 

Hace unas horas teníamos el sabor a café solo y miel en los labios resecos. El sol se reflejaba en las cacerolas. Alguien dijo ¿vamos? (wanna go?)  y fuimos. El barranco nos sorprendió con su sonrisa abierta, llena de polvo. Nos introdujimos entre sus dientes y caminamos deseosos, cortándonos las palmas de las manos con los filos de las rocas y las ramas desnudas. Hace unas horas éramos cuatro. Ahora somos tres y una duda en un camino de alas extirpadas. 

Cuando tenía tres años no imaginaba que sería artista o que intentaría serlo, si es que acaso ser artista no se reduce a un intento reincidente. Cuando tenía tres años construía ciudades con cajas, cuerdas y revistas, y el mundo era eso: un escenario hecho a mi gusto. La mayor parte del placer residía en su construcción. Una vez terminaba, el juego era otra cosa. Podría llamarse realidad.  

Mis padres se divorciaron cuando tenía tres años. Mamá dice que me llevaron a la oficina del abogado con ellos, pero eso no lo recuerdo. Mi memoria ha seleccionado la despedida como un grito iluminado a contraluz desde la puerta trasera de casa. Como la sorpresa de entender que papá pasaba a ser mi padre, es decir, un señor al que ver algún domingo que otro y del que recibir regalos caros y preguntas extrañas. 

Claire fue la primera en hablar del barranco y también en abandonarlo. Miraba por la ventana y lo señalaba a lo lejos. Dijo ¿vamos? (wanna go?) pero los demás seguimos leyendo, o fingiendo que leíamos, a la espera de que oscureciese y así fuera la hora de prender la leña. El fuego nunca se enciende antes de las siete. Todo en su sitio y cada cosa en su momento, nos explicó el Míster cuando llegamos. El Míster es alto y compacto como los cerros que nos rodean. Por las noches sopla el viento y su silbido nos reúne a todos en torno a la chimenea. En la casa somos ocho, pero solo tres levantamos la cabeza cuando un cuarto dice ¿vamos? (wanna go?). 

Llevamos doce días en esta residencia. Doce días pueden representar una semana y media o un millón treinta y seis mil ochocientos segundos. Aquí el reloj avanza de manera diferente que en nuestras casas respectivas. En la mía, los números son escurridizos y avanzan sin que pueda hacer nada por ralentizarlos. Me siento en mi estudio con el portátil y, de repente, es hora de reunirme con un cliente / ir a clase de danza / tomar  un café que ya no me apetece tomar pero al que me he comprometido. Aquí todas las noches, con el calor del fuego y el vino enrojeciéndonos las mejillas, recordamos alguna anécdota o la forma de saltamontes de un tronco y nos agitamos. ¿Eso fue ayer?, dice Berg o Kaylie o Claire. ¿Esta mañana? ¿Hace tan poco? ¡Parece mucho más! El tiempo es mentira, pienso.

El espejo del aseo de invitados al que recuerdo asomarme cuando tenía tres años también es mentira. Nos mudamos a la casa de mi memoria unos meses después de cumplir cinco. A los cuatro, mi padre había vuelto a vivir con nosotras pese al divorcio. Lo habían desahuciado. Eso, esta lógica, de nuevo es de algún modo mentira: en aquel momento no sabía lo que era un desahucio, sino que todo sucedía como en un sueño. Papá me sentaba en sus rodillas para pintar narices de payaso sobre fotografías de sí mismo en las que salía muy serio y, de repente, se transformó en mi padre y yo grité y él desapareció durante un tiempo difuso hasta que, otra vez, volvía a encerrarse en el despacho en el que ya no me invitaba a pintar narices de payaso, del que solo salía para fumar a escondidas en el baño que mi memoria ha sustituido. 

Cuando cumplí cinco, mi padre se negó a bajar a la cocina para cantarme Cumpleaños feliz, ni siquiera cedió para desayunar juntos. No tuve tarta, sino un donut de chocolate enorme que escogí esa misma mañana en la pastelería junto a mamá (al menos lo recuerdo enorme). Creo que aquella fue la primera vez que entendí que mi padre no me quería como yo deseaba. Estoy segura de que ha sido la única vez en mi vida en que no he pedido nada al soplar las velas. 

Aquí cenamos juntos todas las noches (it is the only rule, remarcó la Missus cuando llegamos). El resto de las comidas son libres. Suelo coincidir en el desayuno con Claire y, a veces, con Kaylie. Después, nos desperdigamos en busca del genio: ese poema, ese cuadro o ese vídeo que nos proporcionen estabilidad futura para seguir buscando nuevos genios. El metagenio, dice Berg, riéndose. Los cuatro coincidimos en que es nuestra primera residencia. Se supone que debemos frotar las horas en busca de un brillo que nos impulse.

La siguiente en mencionar y después en abandonar el barranco fue Kaylie. Quería grabar una performance allí abajo, pero no podía cargar ella sola con todo el material. Dijo ¿vamos? (wanna go?) y contestamos: luego. Luego es el tiempo de los adultos, y contiene palabras como explanada o interminable o desahucio

Claire, Kaylie, Berg y yo estamos en un punto de la vida semejante, todos entre veinticinco y treinta. Todos, alguna vez, hace mucho, nos llegamos a creer que la lámpara ya estaría llena de luz a estas alturas. Mientras tanto, nos reclinamos en este embudo y dejamos que el tiempo nos traspase. «Tal vez la luz sea una nueva tiranía», escribió Cavafis hace más de cien años. Un suspiro. 

La cuidadora que se hacía cargo de mí cuando mamá trabajaba turnos dobles y mi padre, bueno, la verdad es que no tengo ni idea de dónde estaba mi padre, tenía veintitrés, veinticuatro, veinticinco años. Calculaba su edad poniendo veinti- delante de la que tuviera yo entonces. Miraba hacia arriba y le pedía que jugara más conmigo, más, siempre más, porque la tarde era infinita pero, también, demasiado corta como para desaprovecharla. Todos los juegos eran de suma importancia. Pegábamos flores, previamente disecadas entre hojas de periódico, en las cajas de zapatos que hacían las veces de edificios y cuya estabilidad siempre peligraba. Tipos de peligros: colacaos llenos de grumos, invasiones de peluches o de cordones que simulaban serpientes, ataques furiosos por parte del último tiburón o hipopótamo de plástico que me hubiera comprado mi padre en su visita de turno. Pero el único peligro que yo temía era la interrupción. Esto se traducía a los dígitos que imponían la hora de la cena. Se me permitía el desorden para ir a cenar; a veces, incluso para irme a dormir (pero mañana lo recoges, ¿eh?, me decía la cuidadora cuando mamá llegaba demasiado tarde como para darme las buenas noches). A veces, cuando la puerta de mi habitación se cerraba y me quedaba a oscuras, tenía la tentación de levantarme, abrazar el último hipopótamo de plástico y ayudarle a reventar la ciudad. El mundo era eso: un escenario que se podía quedar en pausa, un escenario donde era factible la destrucción.

Aquí todos estamos en un punto semejante de la vida, entre los veinticinco y los treinta, y nos damos las buenas noches gradualmente. Kaylie siempre es la primera en irse a dormir, y después Berg. Claire y yo nos vamos las últimas. A partir de la medianoche nos inclinamos la una hacia la otra, convertidas en adolescentes que se ríen susurrando. En el barranco, en cambio, tenemos diez, ocho, once años y los cortes en nuestras palmas son signos de aventura. Da lo mismo quién vaya primero, último, en medio. El orden se altera con la elasticidad del azar. Las ramas extienden sus dedos hacia nosotros y tenemos que concentrarnos en pisar la roca correcta para no resbalar. 

Al principio éramos cuatro, después fuimos tres y ahora quedamos dos. Y una duda. La noche está a punto de llegar y no sé lo que siento. Es noviembre.

Los demás ya deben de haberse reunido en torno a la chimenea. El fuego dentro de un cubo de hierro suena de manera casi idéntica a la lluvia en otoño. Su chisporroteo sugiere goterones salpicando las cañerías y llenando las entradas de barro. A veces descubro mi cuero cabelludo húmedo. Es sudor, provocado por el calor de la chimenea. Quizá también por el vino. Quizá. 

Quedamos dos y las sombras se alargan hacia nosotros. Nos miramos y tenemos ocho, once, diez años. No importa el orden. Nos rodean alas caídas de mariposas sin cuerpo y pienso: quiero recordar. Pienso: la tierra huele a agua con limón. Pienso: los dos conocemos la palabra desahucio (there’s something messed up with our brains). Pienso. Es un error. 

Somos dos niños de entre veinticinco y treinta años que exploramos un barranco porque alguien dijo ¿vamos? (wanna go?) y fuimos. Ahora, aquí, nos detenemos a la espera del fuego o la lluvia. O, tal vez, la luz.

Iria Fariñas

Iria Fariñas (Sierra Norte, España, 1996). En 2022 ganó el Premio Incendiario de Poesía con quién extrajo el hueso, publicado por la editorial L’Ecume. Este año también ha publicado el libro de relatos Ruido de cicatriz con la editorial InLimbo. Actualmente, estudia el Grado en Filosofía y coordina el ciclo poético La sed.

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