Conversaciones en espiral 4 - Jorge Volpi

Foto: Jesús Quintanar

Agosto y septiembre, 2026.

Durante el mes de septiembre el mexicano se apropia de sus estereotipos, caricaturas y ficciones y se decora con bigotes, sombreros, fuegos artificiales, mariachis, tequila; con tiras tricolores de papel picado, banderas, rehiletes. Durante septiembre se nos olvida Ayotzinapa, el 2 de octubre, el plomo y el polvo blanco, los desaparecidos y los cadáveres. El presidente en turno da su característico Grito en el Zócalo,  prepara su salsa casera con el panteón de héroes que convenga enaltecer en el momento y el mexicano se une a gritos a su ficción llamada patria, nación.

Uno de estos días patrios me encontré en una banca observando un adorno espiral, de aquellos que cuelgan de forma vertical y giran sobre su propio eje con el aire. Sus hermanos de colores verde, blanco y rojo yacían sucios y pisoteados sobre el empedrado de la banqueta. Aquel adorno y unas imágenes de los niños héroes pegados en la puerta metálica de la papelería de al lado —la Pape Doña Julia—, eran los únicos que habían sobrevivido al fuerte viento de la noche anterior. 

La espiral se movía, dando la ilusión de un movimiento perpetuo, de un eterno retorno sobre sí, haciéndome pensar en Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, de Douglas Hofstadter; un libro al cual llegué por casualidad, que resultó ser de las mayores recomendaciones de libros de Jorge Volpi y que forman parte de muchas de sus reflexiones, sobre todo en cuanto a ficciones, «Yo creo que es uno de los libros clave de todo lo que he leído. Cuando me piden cinco libros, por eso lo recomiendo», me dijo en una de nuestras conversaciones. 

Un bucle extraño es esta aparente espiral que se repliega y retuerce hasta volver exactamente donde comenzó. Un bucle que, también, atraviesa ciertos niveles y se va retroalimentando a sí mismo, saltando a un nuevo nivel. Una paradoja donde se avanza de nivel, se progresa, pero al mismo tiempo se devuelve al punto de partida. Aquellos bucles extraños recuerdan también a Milan Kundera cuando dice que «todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del yo». En la ficción literaria, modelamos una conciencia, una representación de la realidad, lo cual termina devolviendo al lector —y al escritor— hacia sí mismo. Todo esto, y mucho más, lo describe de mejor manera Volpi en su invención de todas las cosas y en leer la mente. 

La literatura, como afirma Volpi, es «uno de los medios más contundentes para asentar nuestra idea de humanidad». Y Volpi hace literatura de manera magistral; un Orfeo que desciende al inframundo para devolvernos a Eurídice, sobre todo en las bellas composiciones de sus llamadas novelas líricas, articuladas sobre las ruinas y el dolor. Su vasto léxico es el instrumento que afina lo narrado y que percute como una especie de conciencia; una conciencia que sabe que una frase bien escrita no deshace una muerte, que un libro no repara un jardín devastado, que la literatura no redime ni traerá de vuelta a Eurídice, pero que, al menos, puede hacer que las voces e instrumentos resuenen, que Sísifo se siente en su piedra a escuchar, que se ablande el corazón de Hades y Perséfone, y que devuelvan al lector al lugar donde, sin ser escritas, solo quedaría el silencio y el estancamiento del ser humano. 

Jorge Volpi nació en Ciudad de México en 1968. Estudió Derecho y Letras Mexicanas en la UNAM y obtuvo un doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En 1999 recibió el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral por En busca de Klingsor, un reconocimiento que le «cambió drásticamente la vida. A los 30 años era un anónimo estudiante de doctorado en Salamanca, y me pude dedicar a la literatura. Entonces cambió todo». Después, por mencionar solo algunos, vendrían el Premio Deux Océans Grinzane Cavour 2000 por el mismo título, el Premio Planeta-Casa de América en 2012 por La tejedora de sombras, el Premio Alfaguara de novela en 2018 por Una novela criminal. Su trayectoria no se limita a los libros, sino al ámbito cultural: fue director del Instituto de México en París, del Canal 22, del Festival Internacional Cervantino, de la Difusión Cultural de la UNAM, y desde 2025 dirige el Centro Cultural Conde Duque de Madrid.

Jorge y yo tuvimos dos conversaciones, entre agosto y septiembre por videollamada. La primera la tomó dentro de su hogar en el barrio Hispanoamérica en Madrid. Detrás de él solo se podían ver dos ventanas, una pared verde y un retrato del bigotudo creador del superhombre, que él mismo ilustró. En la segunda conversación estaba en su patio, con su perro, un basset hound llamado Orfeo —claro—. El sol de la tarde dándoles de lleno. 

Lo que sigue, como lo es en todas las Conversaciones en espiral, no busca ser un retrato definitivo, sino, simplemente, un acompañamiento en el vaivén del pensamiento del escritor. 

ANDREA: ¿Cómo era el ambiente dónde creciste, cómo eran tus padres? 

JORGE: Bueno, mi padre era médico, un médico muy culto. Le interesaba todo, sabía de todo, además de la medicina, que era su pasión. Era cirujano. En mi casa siempre hubo muchísimos libros; él leía muchísima literatura y también le interesaba muchísimo la música. El era hijo de italiano, mi abuelo era italiano, de ahí el apellido Volpi, que viene de mi bisabuelo, que era uno de estos canteros de mármol en Carrara, que terminó llegando a México junto con su hermano, que también era escultor y montaron una empresa de eso a principios del siglo XX. Y mi madre era secretaria trilingüe, hablaba inglés y francés. Entonces fuimos un entorno familiar siempre… 

ANDREA: …Muy culto. 

JORGE: Exactamente. Más allá de ser una familia absolutamente de clase media, porque mi padre, eso sí, el dinero no le interesó nunca; nunca quiso tener una consulta particular, siempre trabajó para la seguridad social y para el ISSSTE. Mi padre había estudiado con los maristas y yo estudié también toda mi vida con los maristas hasta luego ya estudiar derecho en la UNAM. Y de niño, bueno, lo que marca mi niñez mucho, los primeros años es el asma, que lo tuve muy grave de los tres años hasta los diez y luego poco a poco fue remitiendo. Desde los quince ya remitió por completo. Pero si yo, digamos, recuerdo cosas de mi infancia, muchas tienen que ver con los ataques de asma y con no poder respirar y estar mucho tiempo en cama, en una cosa que era una especie de burbuja de plástico, y supongo que eso también siempre marcó mucho mi carácter y mi forma de ser. 

ANDREA: Bueno y tu entretenimiento, supongo, que era también leer. 

JORGE: Y la televisión, que veía muchísima. No había ningún límite de tiempo para ver la televisión en mi casa. Entonces sí, las dos cosas. Leer tardé en hacerlo por gusto. Mi papá nos recomendaba siempre libros y música, pero no fue sino hasta los doce ya que empecé a leer por gusto. 

ANDREA: Y sobre tu padre, ¿fue un reto procesar tu duelo a través de Examen de mi padre? 

JORGE: Sí. Sí. Ese ensayo pues ya tiene doce años, y mi madre murió hace dos. Entonces, sí, para el duelo de mi padre fue efectivamente algo decidido. Lo digo en el libro, y fue así. Mi padre nos contaba que cuando murió su mamá, usó corbata negra durante un año. Esa era su manera de luto. Y yo decidí, durante un año, justo y no más que un año, escribir Examen de mi padre. Y tal cual eso fue lo que hice durante todo ese año. Y fue un proceso pues muy sanador en algún sentido, aunque también retrasó mi duelo personal; con mi mamá terminé llorando muy pronto, por mi papá terminé llorando hasta después de haber escrito el libro. Y no deja de ser pues, en algún sentido, un homenaje a mi padre que fue bonito escribir durante ese año. 

ANDREA: Y hablando de algo tan íntimo, también aparece esta necesidad de hablar de algo macro, sobre México.

JORGE: Me lo han dicho mis amigos, me dicen que por qué lo otro y no solo lo íntimo. Pero yo no lo puedo separar. Es un libro sobre mi papá, pero también sobre México y sobre la relación también con mi papá, conmigo y con México mismo. 

ANDREA: Tengo entendido que quisiste ser científico de chiquito.

JORGE: Sí, exacto, hubiera querido ser físico. 

ANDREA: ¿Y por qué te fuiste a la literatura? 

JORGE: Bueno, digo, fue sobre todo en la secundaria que quería ser físico, era lo que más me interesaba. Luego tuve muy malos profesores de física, tanto en la secundaria como en la preparatoria, me fui desencantando y me fui acercando más, sobre todo primero a la historia y a la filosofía, pues por eso Nietzsche, y luego a la literatura, entonces terminé dejándolo y siempre lo lamenté un poco. 

ANDREA: Al menos la literatura es una forma de amalgamar todos esos intereses, ¿no? 

JORGE: Exacto. De alguna forma. Y es la manera de hacer trampa y de que parezca que sale de cosas de las que en realidad no sé. 

ANDREA: ¿Y cómo es ese proceso? 

JORGE: Es un proceso tal cual, de investigación, que eso siempre me ha gustado. 

ANDREA: ¿Y cuánto te toma ese proceso? Porque por ejemplo en tu trilogía, cada una tiene como quinientas páginas.

JORGE: Exacto. 

ANDREA: La invención de todas las cosas raya en las setecientas y tantas. 

JORGE: Esa es la más larga.

ANDREA: ¿Cuánto tardas en escribir cada una? ¿Y tienes una rutina para escribir?

JORGE: Trabajo en las mañanas, temprano. Me despierto, me baño, desayuno, saco a Orfeo y escribo. Le dedico todo el tiempo que pueda. Con En busca de Kilngsor fueron cinco años, porque también fue en una época, además, en donde no había internet, ni Wikipedia, ni nada por el estilo. La investigación era por completo analógica. Y más adelante, pues ya tienes las otras herramientas. Entonces, para las novelas largas suelen ser tres años, más o menos. Esta novela que estoy por presentar, que es de las más cortas que he escrito, ya publicada tendrá 280 páginas. Esta ha sido un año y medio. 

ANDREA: ¿Cómo se llama la novela?

JORGE: La República.

ANDREA: ¿Tiene algo que ver con Platón? 

JORGE: Sí, tiene que ver con Platón, pero es una distopía política y tecnológica. Algo que no había hecho antes. 

ANDREA: ¿Y recuerdas cuál fue el primer libro que te marcó ese cambio de comenzar a leer por gusto? 

JORGE: Curioso, porque mi papá nos recomendaba otras cosas, él creía que lo que debíamos de leer era a Verne y a Salgari, aventuras que a él le gustaban muchísimo. Y a mí me aburrían. Me gustaba más lo que le gustaba a mi mamá, que no era la literatura, sino las películas y las series de televisión de misterio o de thrillers. Entonces, lo primero que leí por gusto fue algo que más bien se parecía a lo que le gustaba a mi mamá, que a lo que mi papá, curiosamente, que fueron los cuentos de Edgar Allan Poe. En la secundaria lo que más me interesaba era la filosofía y la historia, sobre todo la historia medieval. Y luego, también, me interesé por la psicología y el psicoanálisis, hasta encontrar en la preparatoria a Ignacio Padilla y a Eloy Urroz, que se convirtieron en escritores también y en esa época pues éramos muy jóvenes, y formamos este grupo… 

ANDREA: ¡Desde ahí eran compañeros!

JORGE: Desde los dieciséis. Yo tenía dieciséis, Nacho dieciséis y Eloy diecisiete. Y ellos son los que realmente me impulsan a leer mucha más literatura, porque en esa época yo leía muchísimo, pero más de filosofía e historia. 

ANDREA: ¿Y cómo surge ese Manifiesto del crack? 

JORGE: Bueno, pues surge de esa amistad, de nosotros tres. Yo esto lo cuento muchas veces, pero participamos en el concurso de cuento del CUM (Centro Universitario México), nos conocíamos porque quedamos en el mismo salón. Eloy me impulsó a escribir mi primer cuento, luego él escribió también su primer cuento, aunque Eloy para esa época ya escribía poesía, y ahora ha vuelto a la poesía curiosamente, cuarenta años después. Y conocimos a Nacho que ganó el primer lugar. Y ahí hicimos ese grupo. Primero fuimos nosotros tres. Y con el paso del tiempo, que ya éramos un grupo literario, que nos veíamos todas las semanas, que hacíamos proyectos colectivos y teníamos una amistad muy cercana, terminamos conociendo en una fiesta, por casualidad, a Pedro Ángel Palou y a Ricardo Chávez. Y al cabo de eso, en el año 94, después de un cóctel de Navidad, nos reunimos en casa de Eloy y hablamos los cinco y se nos ocurrió hacer un grupo literario, le pusimos el nombre de crack esa misma noche y un par de años después, en el 96, publicamos, o empezamos a publicar, las que llamamos nosotros novelas del crack. Y también se nos ocurrió ahí que por qué no hacíamos un manifiesto como los manifiestos de las vanguardias, entonces ahí es como sale el Manifiesto del crack. En el año 96, ahora se cumplen justo treinta años. 

ANDREA: ¿Sigue vigente? ¿Se siguen viendo? 

JORGE: Bueno, Nacho, como sabes, murió hace diez años ya. Ahora le van a hacer un homenaje tanto en la UNAM como en la Ibero. Y los demás sí, nos mantenemos en contacto. Con Eloy acabo de hablar hace un momento; Pedro Ángel, estos días fue la boda de su hija. Ricardo está en México, pero estuvo una temporada, hace no mucho, aquí en España, entonces lo veía más. Sí, seguimos en contacto. 

ANDREA: ¿Y por qué crack? 

JORGE: Ese es otro malentendido en el fondo. Esa noche pues estábamos un poco de fiesta y éramos tan ñoños que no sabíamos que el crack era una droga. Mil veces nos han preguntado si escribíamos bajo la influencia del crack. En realidad estábamos buscando una onomatopeya inglesa para que hiciera un poco de resonancia con boom. Entonces a Pedro Ángel se le ocurrió crack. Y dijimos, «bueno, pues crack suena bien porque significa quebradura en inglés; ruptura, resquebrajadura», y eso era lo que queríamos hacer frente al…

Andrea Gobera

Andrea Gobera (Ciudad de México, 1989) es guionista, escritora y traductora con formación en escritura para cine, televisión y videojuegos, Maestra en Creación y Apreciación Literaria y Licenciada en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en largometrajes y series para diversas plataformas. Ganadora del premio Fenner a Mejor Guion Original y beneficiaria del apoyo a reescritura de guion por parte de IMCINE.

https://www.instagram.com/andreagobera
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