Descensus ad amazoniam
Formas del viaje en Los pasos perdidos
A Morella y Nachmann,
por abrirme Venezuela.
A Ariel Arjona y Amanda Ruiz,
hermanos de diáspora.
…una oscura afinidad de caracteres los acercó al aventurero Ulises, visitador de países portentosos, nada enemigo del oro, capaz de ignorar a las sirenas por no perder su hacienda de Ítaca.
Los pasos perdidos
I
Se necesita haber pisado Caracas para entender Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, aunque en Los pasos perdidos no haya el rastro deseable de Caracas. La gran ciudad moderna y la capital latinoamericana permanecen deliberadamente innominadas, y el propio Carpentier lo explicitó en la Nota final con cierto desapego: son «meros prototipos, a los que no se ha dado una situación precisa, puesto que los elementos que los integran son comunes a muchos países». En el último centímetro del texto, tres renglones antes de esa Nota, aparece sin embargo el único topónimo que el libro reclama como propio: «Caracas, 6 de enero de 1953».
Quien haya vivido en ese valle conoce la incomodidad de tener el norte cerrado. Entre la ciudad y el Caribe se levanta una pared de dos mil metros que los caribes llamaron Waraira Repano (sierra grande) y los españoles El Ávila, y que oculta un mar situado a quince kilómetros. De manera que uno termina viviendo acosado por una mirada ciclópea y omnipresente, y los caraqueños se encargan todo el tiempo de hacerlo saber. La montaña amanece limpia y de un verde casi mineral, hacia media tarde se encapota y parece acercarse; y reaparece al fondo de las avenidas y en el hueco entre dos edificios con la insistencia de una brújula movediza. Detrás de El Ávila están el mar y, por el mar (según el mapa que la novela traza sin nombrarlo), Nueva York y Europa. En otra dirección, están los llanos, después el Orinoco y por último la selva. La ciudad termina siendo un locus intermedio, umbral entre dos mundos: el orden geometrizante de la polis neoyorquina y el caos de la espesura. Si desde cualquier periferia remota de La Habana puede presentirse el mar, y con él la condición huérfana de la insularidad, desde Caracas se presiente siempre la selva, y con ella el continente entero.
Carpentier vivió catorce años en ese quicio. Llegó en 1945, enseñó Historia de la Cultura y escribió durante años una columna de música en El Nacional; en 1947 y 1948 hizo dos viajes a la Gran Sabana y al Alto Orinoco de los que salió el libro. Y se ganó la vida trabajando en una agencia de publicidad mientras redactaba la novela de un hombre que huye de una empresa publicitaria.
Los pasos perdidos recoge el diario ficticio, del 4 de junio al 30 de diciembre, de un musicólogo sin nombre que compone por encargo en una gran ciudad del norte y acepta una comisión universitaria: traer de la Amazonia venezolana ciertos instrumentos primitivos, entre ellos una jarra de dos embocaduras usada en ceremonias funerarias. No obstante, el encargo no es más que la excusa de una misión personal más ambiciosa: la búsqueda de los orígenes de la música. Lleva consigo una hipótesis propia, una suerte de «mimetismo-mágico-rítmico», según la cual el ritmo nació del afán de remedar el paso de los animales o el canto de las aves, por analogía con las pinturas rupestres entendidas como ardid mágico de caza. Sin embargo, no encuentra ninguna prueba de ello, sino el ensalmo de un hechicero sobre un cadáver, del que concluye que la música empieza donde la palabra fracasa ante la muerte. Se queda a vivir en Santa Mónica de los Venados (asentamiento surreal, en pleno claro selvático) donde tiene un intenso romance con Rosario, la mujer autóctona de sangre mezclada. Un avión enviado por su mujer (Ruth), que lo ha dado por desaparecido y ha hecho de la búsqueda una campaña de prensa, lo devuelve a la ciudad, ya ajena a él, y cuando más tarde trata de regresar a ese paraíso recobrado, el río ha crecido y la marca que señalaba la entrada del caño secreto que conduce al asentamiento ha quedado bajo el agua, sin que vuelva a encontrarla. Cabe decir que esta sinopsis es injusta, porque pierde lo mejor de la prosa de Carpentier (el léxico exacto, la sintaxis de incisos, el oído de compositor), que no podría reducirse a una trama.
Regresando a la Nota final, conviene advertir un detalle decisivo, que remarca una asimetría interesante. Si Carpentier quiso que los lugares del cuerpo de la novela funcionaran como evocaciones de arquetipos, sin nombre ni ubicación fija, la frase final marca, por el contrario, una geografía precisa, con una audacia excepcional que casi invita a la expedición: la ciudad moderna carece de coordenadas mientras que la selva adquiere una geografía casi pericial.
«El río descrito que, en lo anterior, pudo ser cualquier gran río de América, se torna, muy exactamente, el Orinoco en su curso superior. […] El paso con la triple incisión en forma de V que señala la entrada del paso secreto, existe, efectivamente, con el Signo, en la entrada del Caño de la Guacharaca, situado a unas dos horas de navegación, más arriba del Vichada».
Las coordenadas precisas las tiene el punto de origen y no el presente, al revés de como suele contarse la historia de la modernidad (y acaso toda historia). El Signo existe, dice Carpentier, y él sabe dónde. La puerta que su personaje no volverá a encontrar sigue abierta, para nadie, en algún lugar más arriba del Vichada.
El viaje como metáfora del sentido
Cuando se pregunta por el sentido de la vida se pregunta, por lo general, por tres cosas distintas. Una es de valor, y es lo que llamamos significación: si la vida vale, si merece la pena. Otra es de lectura, y es propiamente el significado: de qué es signo mi vida, en qué código se descifra. La tercera es de rumbo, esto es, la dirección: hacia dónde va todo esto, si lleva a alguna parte y si a uno le está permitido andarlo en sentido contrario.
Dos veces emplea el narrador de Los pasos perdidos una fórmula idéntica para indicar la dirección de su viaje. La primera, todavía joven y harto de una Europa donde se queman libros en las plazas, «me acerqué nuevamente al Atlántico con el ánimo de pasarlo ahora en sentido inverso». La segunda, ciento cincuenta páginas después, en una canoa, buscando entre troncos indistinguibles la señal que ha de devolverlo al valle, «Ahora, remando en sentido inverso, estamos en una sombra que se alarga sobre el agua cada vez más». Aunque en ambos casos sentido implica dirección, la segunda frase está incrustada en la escena exacta en que el hombre pierde la señal y se queda sin signo, así que el párrafo contiene, al mismo tiempo, la idea de sentido como dirección y como significado. El español, junto a otras lenguas indoeuropeas, permite ese contrapunto porque la etimología de sentire remite a una raíz cuyo valor semántico no solo es percibir, sino encaminarse. Irónicamente, llevamos varios milenios preguntando por el sentido de la vida en los mismos términos con que se pregunta por la dirección de una calle. Ser es ir, emprender el viaje, al menos para esa comunidad productora, consumidora y acumuladora de símbolos que es la humanidad.
La tradición occidental no ha producido una sola figura del viaje sino todo un repertorio de ellas. Destacan la peregrinación, que culmina en un santuario ajeno a quien peregrina; la errancia, sin término, que convierte el propio trayecto en morada. El nóstos, apuesta el sentido entero del viaje al regreso, de modo que solo al final se sabe si mereció la pena. Más frágil, aunque más universal, es la búsqueda, supeditada a que el objeto aparezca. También está la catábasis —descensus ad inferos, en la fórmula cristiana—, que baja por capas o estados del ser hasta el país de los muertos con la intención de volver.
En Los pasos perdidos el viaje adopta la forma de una búsqueda existencial, y así ha sido leído: como trayecto dotado de finalidad, por oposición a la errancia sin término que gobierna otras variaciones latinoamericanas del viaje odiseico. La lectura es correcta y resulta, con todo, insuficiente, porque generalmente apunta más hacia la intención del viajero y no a la forma del viaje. Creemos reconocer, bajo esa superficie, una figura doble y más exigente: el trayecto se organiza como una catábasis por los estratos históricos y culturales del continente, y su desenlace en lugar de una búsqueda que fracasa se presenta, más bien, como un nóstos frustrado.
II
Las Tierras del Perro
Al llegar al último puerto fluvial antes de la espesura, el narrador comprende que ha dejado atrás las «Tierras del Caballo» para entrar en las «Tierras del Perro». La frontera la traza el animal capaz de acompañar al hombre. Nada tiene que hacer el caballo donde ya no hay caminos, y en cambio sirve el perro, cuya mirada queda a la altura de las rodillas y alcanza lo que se oculta bajo la maleza. Un continente que se reparte según la altura de la mirada del animal que asiste al hombre, y que llama a esa asistencia una alianza primera, es un continente pensado en capas, y esa estratigrafía involuntaria, que aquí asoma como simple observación de viajero, gobierna en realidad el itinerario entero. La alianza con el caballo —capa ya superada— es la más reciente, justo anterior a la máquina. Es el emblema por excelencia del conquistador. Resulta significativo que la misma lógica hubiera sido captada y registrada por los propios pueblos originarios. En la Cueva de los Generales (Sierra de Cubitas, Camagüey, Cuba) un mural de origen arahuaco-insular (taíno) representa un combate de la época de la conquista con los españoles figurados como centauros (fundidos a sus caballos) frente a indígenas con atributos totémicos autóctonos.
Lo que va quedando atrás, más que kilómetros, son formas de vida completas cada una en sí misma. Arriba está la gran ciudad del norte, industrial y desacralizada, donde las almas se venden al Contable antes que al Diablo y donde la existencia transcurre en la era del Hombre-Avispa, del Hombre-Ninguno. Un peldaño más abajo aparece la capital latinoamericana, dispersa y anárquica en su topografía, con peñones de…