Tres estampas tropicales
1
Sonaron cuatro disparos, rápidos, secos, ahí nomás, justo del otro lado de la puerta abierta. Pam pam pam pam. Supongo que algunos guatemaltecos, acostumbrados a ese nivel de violencia, hubieran seguido con sus vidas como si nada. Y otros, acaso los más bizarros, hubiesen desenfundado su propia pistola y disparado sus propios cuatro tiros al aire, tipo respuesta. Yo, en cambio, en vez de salir corriendo a buscar refugio, me quedé absolutamente quieto a media sala, descalzo y sudando un poco por la espalda y con un lapicero rojo en la mano y un primer café de la mañana todavía humeando sobre la mesa, como hipnotizado por el tambor de los cuatro disparos, o como dándole tiempo a que las cuatro balas alcanzaran el final de su trayectoria y cayeran ya muertas en algún sitio. No sentí confusión. Tampoco sentí extrañeza, pues casi había estado esperando esos disparos desde la noche anterior, cuando los hombres llegaron ya borrachos y escandalosos y bien armados a la casa vecina (las prostitutas no llegarían a juntarse con ellos sino hasta unas horas después). Solo sentí miedo. Pero un miedo hasta entonces desconocido. Un miedo petrificante. Había cuatro balas volando en el aire tibio y salado, allá fuera, sobre la playa de arena negra del Pacífico, donde me pareció que ahora las olas rompían más fuerte, y donde mi hijo estaba jugando.
2
El verano pasado, caminando con mi hijo en un sendero bastante tupido de la selva guatemalteca, a la orilla del lago Petén Itzá, con una ruidosa tropa de monos aulladores moviéndose y columpiándose en las ramas sobre nosotros, y un joven e indiscreto pizote persiguiéndonos en el sendero al acecho de una migaja de comida, un viejo indígena maya llamado Santos señaló con el índice un hoyo en la tierra y nos dijo que ahí dentro vivía una tarántula.
Esa mañana, tras un desayuno rápido de café de olla en tazas de peltre y tortillas negras con queso fresco y botones de loroco, y mirando ya los primeros destellos de una aurora rosácea mientras esperábamos bajo una pérgola de hojas de palma a que menguara un chubasco para poder empezar nuestra caminata (Aquí en la selva llueve sin lástima, nos dijo Santos con una voz como de cascaritas de huevo), yo le había comentado cuánto me fascinan y aterran las tarántulas desde que un día, de niño, creí ver una caminando en el brazo de un tipo vestido de soldado nazi. Pero Santos pareció no darle la más mínima importancia a mi comentario. Solo dijo algo sobre la bravura de la luna y sobre no sé qué constelación de estrellas arriba en el cielo —diamantes, las llamaba— y luego sacó de su morral un pequeño jaguar de madera de jobillo que había tallado él mismo y se lo regaló a mi hijo.
Ahora el viejo indígena nos estaba mostrando con el índice la madriguera de una supuesta tarántula sobre el sendero. Y que para sacarla de ahí, nos dijo medio sonriendo, se podía usar un palo untado con saliva. Pensé que estaba bromeando o más probablemente engañándonos. Pero luego pensé que en la selva existen personas que pueden ver los colores del aura y hablar con los espíritus de los árboles y crear una llamarada de fuego nomás chasqueando los dedos y oler cuando hay un depósito de agua escondido bajo la tierra y hacer que aparezca de la nada un tucán o un correcaminos con solo un silbido. Entonces alcancé un palo firme y largo entre los matorrales y escupí algo de baba en la punta, tal como Santos había indicado. Me agaché hacia el hoyo y coloqué esa punta mojada en la entrada y la agité un poco y mi hijo de inmediato pegó un brinco al mismo tiempo que salía caminando una enorme y peluda tarántula negra, sus dos colmillos alzados y listos para atacar, sus patas delanteras bien aferradas a la punta del palo.
Ella cree que la saliva es un insecto, dijo Santos, empleando con reverencia ese pronombre personal. Está cazándolo, dijo…