Los mismos de antes
«Todo el amor es sueño
—el mejor áureo sueño de la plata—.
Sueño de alguien que muere,
el amor es un árbol que da frutos
dorados solo cuando duerme».
El tigre en la casa, Eduardo Lizalde
De vez en cuando, me siento como la Tierra: debajo de mi piel hay placas colosales que mantienen su distancia en un balance frágil. Y cada tanto tiempo, cuando él me mira, las placas se mueven como si estuvieran vivas. Se enciman como lagartos sobre una roca y la fuerza del movimiento hace que tiemble todo: mi piel, el aire, el suelo. A veces siento como si fuera a escaparse el calor primordial que vive en lo profundo de mi cuerpo. El mundo entero se inundará en un fuego lento y líquido, pero por ahora, él duerme, así que no sucede nada. Lo quiero tanto y acaso lo peor es que no sospecha nada.
No sospecha que a veces su cabello se ve negro a pesar de que es castaño, como ahora. O que cuando tiene los ojos cerrados, su piel pierde todas las marcas de tensión y su cara se vuelve casi la de un niño. Lisa y diáfana salvo por las cicatrices. A veces lo quiero como se quiere a un niño. Tampoco sospecha que cuando duerme ronca, pero con una ternura que parece robada. Como roncaría el más sanguinario de los sabuesos en una caricatura vieja. Hay ratos en los que la luz de la mañana entra por el ventanal que da a la calle, pero no entran los ruidos ni los movimientos de las personas, como ahora. La ciudad despierta lentamente, pero él puede seguir dormido, y yo puedo verlo así, como si protegiera a la última cría de una especie extinta. El mundo de afuera no existe más allá de que nos ilumina.
No solo es que esté dormido: está soñando. Y sobre todo me gusta verlo así porque sé que se encuentra en otra parte. Lo tengo enfrente, pero también está más allá. Su mente viaja en ese otro mundo hecho de fragmentos, y así es mejor para ambos: él puede irse sin sentir culpa por dejarme aquí, despierto y a la espera de su regreso, y yo lo puedo tener cerca sin sentir que lo retengo. Aquí y ahora, ninguno de los dos resiente nada. La cuerda que nos une está tensa, pero no corre riesgo de romperse. Puedo observarlo, con su piel diáfana, su cabello negro y su tierno ronquido. Puedo acordarme del temblor que siento cuando me mira, aunque ahora rara vez me mire así.
Sé que ahora se encuentra en uno de esos sueños en los que los lugares son familiares, pero no tienen nombre. Tal vez se mueve por calles que son iguales a las nuestras. Aquella ciudad es la misma, pero la conforma otra sustancia. Igual de irreal, pero menos sólida. Quizá ahí es de noche, o lo más parecido a la noche, y aquí ya se siente el calor de la mañana. Lo veo: cruza una avenida como la que nos queda cerca, aunque las luces de allá no son tan amarillas, y del otro lado de la banqueta se revela una hilera de rascacielos que no reconoce. Tiene que inclinar el cuerpo hacia atrás para medir su altura imposible. Todos los edificios tienen ventanas largas y los interiores de los pisos están iluminados. Sin poder verlas, sabe que las personas detrás de esas ventanas llevan vidas tristes. Ahora camina por una calle que más bien parece un pabellón porque a ambos lados se estiran los mismos edificios altos. La vista se alarga como cuando uno mira hacia un horizonte sin estorbos. Nunca ha estado en esa ciudad que se desdobla ante sus ojos, pero aun así sabe a dónde va. Lo guía una seguridad que viene desde afuera, como un aroma.
Sigue aquí, conmigo. Si quisiera, podría traerlo de regreso: apretar la piel de su brazo, repetir su nombre o golpearlo, pero me contengo, así que él llega a un lugar donde el cielo se libera de los rascacielos. Hay árboles de troncos color cobre y un área despejada que se parece al parque donde paseábamos cuando apenas nos estábamos conociendo, donde la gente se reúne a bailar y a hacer deporte sobre el concreto. Teníamos la costumbre de sentarnos en la sombra a ver los cuerpos y sus rutinas de sudor. En ese entonces, yo todavía no sabía que, al dormir, él ronca con un silbido, ni que su piel puede ser tan clara y su cabello tan negro, si la luz es justa. Tampoco sabía que amarlo se sentiría como el vuelo de una bala: veloz, iracundo y lleno de la certeza de que algo quedará dañado cuando termine. Siempre nos enamoramos sin saber nada. Tal vez el amor está dormido, y sueña que está en otra parte. Como él, que ahora camina en esa área abierta que se parece a nuestro parque. En medio hay un estanque…