Poesía de Irene Casacuberta
El relinchar de la sombra
en el silencio, mientras la charla se desliza en sus ojos.
Esa es la última vez,
la tercera, la doceava, o nuevamente la última.
Están su ruido y mi ruido
del álamo, del zorzal
y de los autos y del tumulto.
Además cada tanto, el relinchar de la sombra.
La charla continúa, de un lado a otro, danza
cautivante vestido
y su cuerpo en movimiento…
*
Me cansa, la vida me cansa,
me miro los pies, pregunto qué hace falta
yo sonrío, lo juro sonrío
de flor y de vida sonrío, lo juro.
Porque tengo energía en las manos, de vida yo toco,
yo toco la vida
porque miro con ojos abiertos buscando detalles en los edificios.
Y me llena, la vida me llena, me empacha la vida, quedo tan cansada.
Hay lugares en que cierro el ojo
no piensen, no piensen que estoy desquiciada
y a la vez olvido los cuchillos
y olvido ya el llanto que existe, yo olvido
porque puedo, lo juro yo puedo
pensar en las flores, promulgar la vida,
que me cansa la vida me cansa
que la flor se muere ya desde el principio,
y no verlo, cariño, no verlo
me abre más el pecho, pero en el no hay alas
sino órganos llenos latiendo
y sangre tanta sangre hay en las entrañas.
No quiero jugar a las llaves ni a los juramentos
no quiero más actos
y me gustan, las obras me gustan, brillen las actrices, beban de sus vasos
porque admiro la luz en sus ojos
aun viendo en ellos la impostada sombra,
pues la sombra también es el acto…
*
Entonces
en la cumbre del aliento, la lágrima
¿qué más?
la ausencia.
Entonces en la cumbre del aliento la ausencia.
Tú decís las flores yo digo la luz,
luego propongo olvidarnos todo:
es oscuro lo que no está aquí ni ahora,
magra fue el alma que sostuviste.
Entonces
en el borde del salto
una pequeña luz
¡Ay,
como la deseo!
¡El destello!
Entonces en la cumbre de la lágrima,
el aliento.
Esto sigue, sigue, sigue
tan igual siempre el cielo tan ahí siempre
que olvido
que antes es antes, fue, se fue, se hizo
como el aliento del fuego
y en la cumbre…