Poesía de Yéiber Román
No te escribo por juguetes
Vienes de madrugada.
Dicen.
Verás una luz encendida.
Ahí vivo.
Notarás zinc, botellas rotas,
ladrillos en carne viva.
Los altavoces abiertos a la noche
celebran tu cumpleaños.
En lo alto
todos tenemos cicatriz de culpables.
No temas, Niño.
Si has pasado por acá,
antes de que aclare,
habrás visto a mi padre
tomando el primer autobús,
el mismo al que sube Elías
por si el trabajo aparece,
o a Ester camino a visitar a su hijo,
que tal vez despierte hoy.
Aquí también hay Josés.
Marías, demasiadas.
Tantas casas vacías,
tanta orfandad a la inversa.
Niño, no temas.
Detrás de esa frente tuya,
que uno por uno hemos besado
a medianoche,
respiran estas calles flacas,
un hormigueo entre ellas
al tocarse los labios por primera vez,
o la señora Julia, de vuelta en casa,
frente a sus hijos tumbados
y muy grandes,
con un temblor
por no reconocer sus voces.
En El Morro te vi hacerte hombre
mientras frente a ti
otros como yo
tensaban el aire con sus papagayos.
Preguntabas por tu padre
con brazos rojos y extendidos.
Acá también muchos preguntan por él.
No sé cómo rogarte
que nos quites la piedra del pecho
si tú mismo temes acercarte.
Aun así, no me escondo.
Mantengo la puerta entreabierta.
Enséñanos, Niño,
a no mirar el suelo
cuando nos nombren,
a dejar de aguardar un perdón
por la ropa tendida
por ese ruido que nos atraviesa,
por aquello que oyen en nosotros
y no hemos hecho.