La irreverencia lingüística e imaginativa en El fin del verano, de Natalia Trigo

Me lo llevé a mis vacaciones. Me gustaba la idea —sin saber a qué tipo de verano se refería el título— de leerlo en alguna terraza del Caribe, envuelta en la humedad pegajosa de sus 35 grados Celsius. Pero la historia ocurría en Nuevo México, muy lejos del mar —a más de mil kilómetros del Golfo de California—, muy lejos de cualquier masa de agua y en medio del calor desértico y árido. Allí Natalia Trigo construye el universo de El fin del verano (Almadía, 2026): el de Lara, una niña que no consigue entender la huida desenfrenada a la que su madre la ha arrastrado hasta Albuquerque.

Seducida por la voz infantil de la protagonista, me dejé envolver por el primer capítulo y la incertidumbre de esta niña que nos va mostrando el mundo, mientras su madre conduce, furiosa, hasta llegar a la casa de su abuelo, un «viejo» a quien ella no conocía. Entonces comencé el segundo capítulo y llegó la duda: «Yo tenía tres casas, y en cada una había reglas distintas». Nuevamente el yo-narrador, que me hizo desconfiar un poco: ¿acaso toda la novela, de 264 páginas, se sostendría con una sola voz?

Uno de los grandes retos de la primera persona es que nos encierra en la mente de un solo personaje y, por tanto, nos obliga a un único modo de habla de principio a fin: el de Lara. Se cierran así todas las posibilidades de adentrarnos en otras mentes. Y si bien es cierto que una experiencia intensa, como esta, se relata mejor desde la voz de quien la vivió, me parecía arriesgado que, como recurso, sostuviera toda una novela de largo aliento. Aunque hay grandes obras literarias construidas íntegramente —o casi íntegramente— en primera persona.

La maravilla de El fin del verano es la astucia con la que Natalia Trigo sortea este inconveniente. La voz de Lara consigue enredarnos y, más allá de algunas filtraciones omniscientes, empieza a erigir, capítulo por capítulo, un mundo de fantasías en el que los adultos nos vemos irremediablemente involucrados, porque —he aquí el horror de la adultez— Lara no consigue entender del todo la violencia que la envuelve, pero nosotros sí asistimos a la revelación de un mundo en franca decadencia.

Aunque no se menciona un año específico, la ambientación nos remite al clima que desde hace varios años impera en Estados Unidos: discriminación, tensiones políticas —una escena narra lo que parecen ser las noticias del asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021—, trumpismo, conflictos migratorios, miedo y mucha violencia. El trasfondo nos recuerda la vigencia de la frase popularizada por la segunda ola feminista: lo personal es político, un principio que establecía que los problemas privados están en realidad determinados y moldeados por estructuras sociales de poder.

La genialidad con la que Natalia Trigo cruza las fronteras entre la imaginación y esa realidad es, para mí, el gran acierto de esta novela que terminó de someterme con la escena en la que Roberta, la figurita de una coyote que Lara había robado, cobra vida: «Saqué a Roberta de mi bolsillo y la dejé sentada sobre una de las macetas vacías para que le diera el aire. Le dije: Ahí quédate, Roberta, ahí quietecita, que te hago un retrato. Ella se estiró y se acostó panza arriba, porque era coqueta, Robertita, y le gustaba mucho que la dibujara».

Enseguida nos damos cuenta de que no se trata de una muda de nivel de la realidad y que el libro no se ha convertido en una novela fantástica; en realidad, ha ocurrido algo más grande: el mundo —violento, marcado por la separación, el miedo y la huida— ha sido sometido por la imaginación de Lara. Esto llega a su cenit en el primer punto de giro, cuando aparece el Tigre, un niño de ocho años que le confiesa un secreto: «Dicen que vivir en el Wild es lo más chido: tener libertad. ¿No hay reglas? No, solo fogatas y la luna. ¿Y no le daba miedo? Nah… a algunos ya nada nos asusta». «Por eso hay que irse entrenando, pa cuando todo esto estalle, morra, nosotros vamos a escondernos al Wild. Señaló las montañas verdes y azules que estaban detrás de las casas, de las hileras e hileras de casas y las torres de electricidad».

El Wild es el escape, el lugar en el que el Tigre y Lara dejarán atrás todos los problemas. Es el espacio que configura sus sueños, sus actividades diarias de entrenamiento físico, sus exploraciones por el barrio y, sobre todo, el lugar en el que ambos niños ya no tendrán que preocuparse por los adultos que los maltratan y decepcionan una y otra vez.

En este sentido, me resulta muy interesante el tratamiento a los personajes adultos. Lo que, por momentos, parecía que iba a quedarse en una condena al maltrato infantil, expande sus significaciones a la adultez marcada por infancias de abandonos y violencias. Los ojos de Lara, demasiado sagaces para su edad —una perspicacia ganada por las situaciones que ha vivido, pero que a veces nos pone en alerta como lectores—, nos permiten asistir a este escenario adulto desde la duda, la desconfianza, pero también la lástima. A diferencia de los niños, a los adultos ya no les queda un Wild al que escapar.

Es precisamente la huida la columna vertebral de este libro. Todos sus personajes huyen de una forma u otra: huye la madre inestable emocional y psicológicamente («Mamá. ¿Qué? ¿Ya somos ricas? No. ¿Qué vamos a comprarnos? Otra vida»); el abuelo huye de la culpa por una paternidad no ejercida y huyen los niños de esa violencia que no logran entender.

En una novela construida en las fronteras —la de Estados Unidos y México, la del mundo real y el imaginado, la de la infancia y la adultez, la del barrio y el Wild, la del cariño y el dolor—, el lenguaje es el otro gran territorio donde Natalia Trigo apuesta por la hibridación. Por los personajes hispanohablantes y el escenario donde se desarrolla, el spanglish parecería ser natural: wátchate es la palabra con la que el Tigre llama la atención de Lara todo el tiempo. Sin embargo, la novela va más allá: una cultura mestiza —como la que propone Anzaldúa— materializada en los modos de habla, pero también en la música que escucha el Tigre (Peso Pluma), las creencias religiosas, las telenovelas, la comida, el humor, lo absurdo, el propio cuerpo y el imaginario, muchas veces políticamente incorrecto, que podría incomodar a más de uno y que, para mí, es otro destello de esta novela:

«Hay un grupo marica y otro que no tanto, eso dice mi jefe. El marica quiere que la gente no sea libre y se caiga toda la economía. Tachó al muñequito de la derecha con fuerza, le rayó la cara hasta borrarle los ojos y la boca. Le desfiguró el rostro, y lo dejó sin brazos, y ya no parecía un muñequito, sino un garabato cualquiera. Los de esas banderas, ¿viste?, señaló la casa de la India. Esas banderas dicen que son bien maricas. No les gustan las pistolas, morra, ¡imagínate las películas sin pistolas!»

La empecé a leer en una isla del Caribe. La seguí leyendo en el avión de regreso a Florida. La terminé de leer en un bar de Miami y cuando llegué a las últimas líneas —«Qué suerte, qué suerte tiene siempre el Tigre. Para él no se acabaría el verano.»— sentí que una fuerte ola me empujaba de regreso a esa otra isla en la que nací, también caribeña, también migrante, también abocada a vivir en una eterna frontera política, cultural, lingüística, de separaciones y tristezas. Quise no ser adulta, para no entender, para creer en el Wild. Y sentí que Natalia Trigo me había regalado lo mejor que he leído este año: una historia sobre otras posibilidades de salvarnos.

Lourdes Mazorra

Lourdes Mazorra (Camagüey, Cuba, 1992). Es escritora y periodista. Maestra en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana Puebla, México. Obtuvo la Beca de creación El Caballo de Coral (2018) y los premios nacionales Celestino de Cuento y Pinos Nuevos. Es autora de los libros Las fauces (Ed. La Luz, 2019) y Versiones de la Sed (Ed. Letras Cubanas, 2020). Ha publicado en distintas revistas de América Latina, España y Estados Unidos. Realiza edición y corrección para editoriales mexicanas e imparte talleres de escritura creativa en Las Tejedoras Proyecto Literario. Es editora en Casapaís.

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