Y luego nada: «Catálogo de aves muertas», de Ernesto Carrión
Jamás había leído a Ernesto Carrión, y me lancé con Catálogo de aves muertas —confieso mi ignorancia— sin saber nada de este escritor ecuatoriano ni del libro. Me atrajo la sinopsis, simplemente, y esa inquietante portada de Anagrama con la obra del artista Andreas Senoner. Me cautivó la premisa de hacer un viaje a las Lagunas de Ozogoche para ver el ritual de los cuvivíes suicidándose y así, quizás, encontrarle una explicación a algo que no la tiene. Una bióloga, que investigaba este extraño acontecimiento que se repite cada año, de pronto y sin razón aparente se quita la vida. ¿Qué pasa con los que se quedan? ¿Con el hijo sin madre? ¿Y con el esposo sin esposa?
Con cada página que avanzaba, tras uno de los mejores comienzos que leí en los últimos años, deseé con fuerza que lo que estaba leyendo no fuera autobiográfico. Ya dije que no me informé para nada antes de comenzar la lectura. Después sí. No es una historia autobiográfica. Es ficción, por suerte, pero tuve que buscar sobre Ernesto porque estuve seguro: solo alguien que vivió el dolor, la ausencia, y que sintió en su propia carne lo inconcluso puede escribir un libro así. Sin placer, acerté.
La historia se divide en tres partes muy diferentes: el viaje, de un padre y su hijo, que lo inicia todo; una polifonía de voces con excelentes personajes secundarios que dan su punto de vista tras un suceso traumático durante el ritual de los cuvivíes; y un viaje a la India del hijo, ya adulto, que busca dar cierre a décadas marcadas por el trauma de aquel suicidio.
La escritura de Ernesto Carrión es, sobre todo, coherente y consecuente. Me sorprendió su capacidad para retomar detalles con tanta soltura e intención. Pero eso no es todo: es pragmático, tiene raptos poéticos exquisitos y una profundidad filosófica que me hizo levantar los ojos del libro varias veces, para meterme en mis pensamientos con la visión borrosa, perdida en el blanco del techo. Ernesto logra crear imágenes impensadas que, yo sé, son la verdadera gracia de la literatura, y por eso, también sé que me acompañarán aun si no volviera a releer todo lo que subrayé:
«Llovía como una anciana que cose a contraluz. (…) Llovía. Y Elisa fijó la sombra de su espalda en mi mente para toda una eternidad desconocida».
Lejos de regodearse en la tristeza o en la desolación, la novela es un sondeo precioso de esa nada que deja la tragedia. Los personajes ponen pensamiento en el hueco que queda. Le plantan cara al vacío de la ausencia a través del intento constante de entender la pulsión humana de desaparecer. Humana y también de gran parte del reino animal, porque parece ser que no es una pulsión exclusiva de nuestra especie. De hecho, la novela está regada con datos e investigaciones de fenómenos en los que diferentes animales también buscan la desaparición voluntaria o que «deciden su inexistencia».
Ernesto Carrión despliega una narración que muestra una sensibilidad particular: no es excesiva, no muestra miedo de expresarse ni se impresiona de sí misma. Su voz, al hablarnos, es la de alguien que ya anduvo mucho por el camino que nos muestra. Puede mirar a los ojos del dolor, puede abrirle lugar a la nostalgia, pero también sabe salir de eso e ir más allá, hacia un plano astronómico donde nos reconocemos como solo polvo en el espacio, abono galáctico:
«¿Recuerdas, madre, que a través de tu lengua comprendí la belleza de los nombres, lo increíble de los animales y los seres efímeros en esta trágica tierra? Así como entendí que la oscuridad no es otra cosa que la plena floración de las estrellas. Y que nosotros, con la cara apoyada en los árboles o sobre un césped grandiosamente verde, desnudos y brillando por la mancha original del pecado, somos solo el carbono desperdigado tras una gran explosión a través del universo».
Además, el autor logra cerrar muy bien una historia que me empezaba a parecer imposible de cerrar —o de hacerlo, al menos, con cierta compostura—. En la tercera parte integra el mundo tecnológico a la parábola de esta ausencia irresuelta que continúa con el viaje del hijo a la India. Para mi sincera alegría, logra hacerlo sin desprenderse de su sensibilidad particular y sin dejar de lado esa tarea de sondeo infinito.
Leer a Ernesto fue una de esas experiencias que, tras terminarlas, me hacen decirme «¿y por qué no hice esto antes?». Ahora no veo la hora de volver a leer a este escritor ecuatoriano y profundizar en esas muchas facetas literarias que nos entrega en Catálogo de aves muertas.
«Luego, un pájaro cruzó por el cielo como si quemara nuestros nombres».