La precariedad y la esperanza: Me gusta así, de Erika Paula Curbelo

Leí Me gusta así en un vuelo de catorce horas, volviendo a Argentina, y fue como meterme en un túnel intensificador de las esencias que tanto extraño al vivir afuera. Erika las retrata y logra dos opuestos: la sutileza y la fiereza. Este es el primer libro de la fraybentina. Nunca había escuchado de su ciudad —Fray Bentos— y nunca pisé, por ejemplo, Montevideo. Sin embargo, por mi condición de rioplatense, me identifico con las entidades que explora, aunque vengan del otro lado del río, desde mi querido Uruguay, porque lo que cuenta me interpela generacional y regionalmente. Esas calles, esos bares, esos departamentos y esas personas que los habitan son o fueron amigas, compañeras o conocidas mías.

Curbelo da la sensación de haber vivido todo lo que cuentan sus personajes, y siembra los cuentos con detalles mínimos que, ante ojos atentos, crecen y se conjugan con una fuerza arrabalera, cruda, violenta por momentos. Las once historias que componen Me gusta así son más bien escenas intensas pintadas con trazos meditados; y son, en suma, disparadores naturales de recuerdos para alguien de mi edad y de acá.

El barrio, la ciudad, los primeros trabajos, salir a la vida: las mujeres de Erika exploran —y se exploran— con libertad, con ganas de reafirmarse en sus lugares, sin miedo a tomar decisiones, sean buenas o malas.

A excepción de «Hablar tanto de amor» y «La limpiadora» (el primero con el único protagonista hombre, y el segundo con la única mujer de edad un poco más avanzada), las protagonistas son chicas jóvenes que pisan fuerte, gozan mucho y, si se confunden o dudan, no importa, van para adelante. No tienen miedo a tomar el control de sus propias vidas, cueste lo que cueste, ni a mostrarse durante el proceso. Erika no rompe con ningún tabú, porque no los tiene. No sabe lo que son. Trata todo con una naturalidad imposible de fingir: sus chicas ponen voz a sus andanzas sexuales, a las necesidades escatológicas y a las historias de sus familias rotas con la misma simpleza con la que se arman un cigarro y se lo fuman después de haber dejado, como quien dice, al boludo del novio porque no las apreciaba.

«Caminé a la oficina fumando y cruzando las calles sin mirar, queriendo que me atropellara un auto».

La autora desarrolla una ironía y un humor sutil sin necesidad de sobreexplicar ni temor a la incomprensión. Es la insuficiencia lo que marca la vida de estos personajes. El no tener, o el querer más. La precariedad, pero la esperanza. La marginalidad, pero el optimismo. Las inseguridades, pero la intrepidez y el no achicarse.

«Al principio me daba mucha vergüenza expresar las condiciones para acostarse conmigo, pero era eso o cobrarles trescientos pesos, y a ellos les parecía desafiante, peligroso, pensaban que yo era única y divertida, atrevida y espontánea, pero en realidad solamente era pobre».

La franqueza de la escritora se transfiere a cada uno de sus cuentos y personajes, y no le tiene miedo a la polémica. Erika parece decirnos «vení, leeme, ¿o no te animás?». Este fragmento que acabo de citar pertenece al cuento «Café irlandés», a mi gusto el más logrado de todos, donde la autora encuentra un fondo para desplegar el potencial que nos muestra a lo largo de todos los relatos, pero que no siempre termina de mostrarnos en toda su brillantez. Como quien muestra un manjar y lo esconde, en ocasiones me dejó queriendo más profundidad y no del todo saciado frente a una escena tentadora que valdría la pena nutrir con reflexiones o matices que calaran más hondo.

En «La limpiadora», por ejemplo, tenemos a Grisel, la única protagonista de más edad —cincuenta años— y la única que parece no estar atravesada ni por problemas amorosos ni por las ganas desenfrenadas de tener relaciones sexuales. Me ilusioné. Grisel llegó como un soplo de aire de distinta composición y densidad en un vendaval de difícil distinción que se venía construyendo por las similitudes de los demás personajes a lo largo del libro. Pero el cuento se queda solo en unas escenas de inclusión —algo inocentes— de Grisel por parte de las empleadas divinas y exitosas que trabajan en la oficina que ella limpia: la suman a un amigo invisible y le regalan un cambio de look en la peluquería. O sea.

Ese vendaval de similitudes entre personajes y narradores, por momentos poco distinguibles en su forma de expresarse y ver la vida, me hace preguntarme cuánto de autobiográfico tienen estos relatos. Y creo que, de forma muy positiva, bastante: Erika encara las historias como solo se pueden contar si se vivieron en carne propia o, como mínimo, si le pasaron a nuestro mejor amigo. Es así que bosqueja pinturas que pertenecen, en un sentido muy profundo, a nuestra generación. Estas chicas lanzadas avanzan entre inseguridades y bajones, pero sin miedo a lo que nadie pueda decir, porque ellas viven, en toda la simpleza y toda la complejidad de la palabra.

«A ese chico solo quería apoyarle encima todo mi peso, asfixiarlo con la obsesión por lo ilícito».

Hay que leer a Erika, porque además de mostrar lo rudo sin atenuarlo, tiene una atención muy especial puesta en las cosas imperceptibles de la vida. Imperceptibles al menos para la gran mayoría. Esa mezcla tiene mucho poder en sus manos, y todo indica que va a seguir desarrollando esa bravura que nos muestra en Me gusta así. Sin duda es una escritora con la capacidad de arrollarnos.

Guido Fittipaldi

Guido Fittipaldi (La Plata, Argentina, 1998). Es escritor y corrector profesional. Es editor de la revista Casapaís. En la actualidad cursa el Grado en Lengua y Literatura española en la UNED. Ha escrito la novela Barrio debacle, aún inédita. En 2022 su relato La maldita presión social ha sido publicado en una antología de relatos cortos a cargo de la librería El Ático. Publicó cuentos como Mendilasi (Casapaís, número 4) y El espacio entre las cosas (Carátula, edición 123).

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