Dźwięk, de Jacobo Villalobos: dejar que las palabras desaparezcan
Como un oído artificial, recurro a la marihuana para escuchar las obsesiones de Dźwięk. Llegan con mi voz, hablan en ella, se transmiten como un virus, amplificadas.
Es la única forma de oír de verdad la novela de Jacobo: como un laberinto, estimando el sonido, las ondas, su espectáculo bíblico; como un vacío, sentir la nada, saber que ella está ahí, puta, oyendo, enterándose de todo. Y así hasta el final. No hay nada más que decir, igual que cuando ocurre una desintegración.
Contar la novela es innecesario. No lo haré, además no quiero. Mañana me voy de vacaciones. Como si mantuviera las palabras pegadas a la mesa con cinta plástica, me mantengo firme ante la necesidad de detallar la trama y los personajes. La novela está ahí, para ustedes, si se atreven a leerla. No digan después que no les dije. Esta es una advertencia.
Cuidado.
Quizás es una novela o un agujero de gusano, no lo sé, quizás la novela me ha tragado y no me di cuenta y ahora estoy en otro lugar, más lejano, idéntico y distinto a la vez, enclaustrado en este espacio que habito. Quizás esta no es mi mano y las palabras que esta mano escriben no son mías. Quizás las tres secas que le di a ese porro fueron, por ejemplo, notas del Canon.
Sol.
Mi.
Fa.
No lo sé. No tengo pruebas. Y la verdad para mí no es importante, en realidad importa para ellos: un inventor mediocre, una madre invisible y un niño accidente. Sus nombres y sus características. Simple. Viven juntos en su casa-hueco, trash-house se podría decir, como basurero, casa hecha de pequeños agujeros emocionales por donde todo se cuela y se derrama, hasta el amor, aunque tarde en irse por denso; habitación de violencias leves pero certeras, casa desdoblada sobre sí misma, hacia su centro, como un texto matemático. La casa desaparece como si se nos desvaneciera un hijo sordo de un solo oído. Y nadie quiere eso. Imagínense la tragedia. Ese es el misterio. La realidad rota e irreparable, remota y acercándose.
Leí Dźwięk dos veces. La primera vez caí en la trampa. Seguí la historia, intenté ver más allá, no pude. Me fui a Argentina, a Polonia, y en esos viajes interdimensionales deseé entender la forma del título pero no pude. Dźwięk. Apagué el Kindle. Dźwięk. Dormí. La palabra libre, hinchada en su exhalación. Dźwięk. El misterio engrandecido. Soñé que desaparecía la cama pero yo seguía durmiendo, flotando en el aire. No sé si desperté o sigo allí, a la deriva. No sé si mi cama es mi cama. No sé si lo que he leído es ficción o un testimonio. ¿Quién no ha sentido la presencia voraz de los agujeros negros? No podremos librarnos jamás de la paranoia persecutoria. A la mañana siguiente investigué: Dźwięk significa sonido en polaco. Esta vez entendí la sustancia del misterio: quizás nunca podría acceder al verdadero significado. No me importó. Me obsesioné por horas. Necesitaba un asidero a la realidad, un sostenimiento.
Tendí la trampa en la segunda lectura. Me propuse mirar detrás del libro, con atención de partera, tratando de escuchar las palabras más allá de las palabras. Pero no fue posible. La novela no se mostró a sí misma tal como es, no expuso sus costuras, negó tres veces mi capacidad de lectura. Me exhibió las transparencias con lujuria, atravesó tentáculos desbordados a través de todos los agujeros de mi cuerpo, y en el segundo más crítico, cuando me encontraba cerquísima de la orilla, el texto completo perdió su tinta y se desvaneció frente a mis ojos hasta el silencio. ¿La desintegración me había perseguido hasta aquí? ¿Esta segunda oportunidad me había sido negada también? ¿Cuál es el «primer paso para encontrar la solución definitiva a las desapariciones en esta casa»? No lo sé. ¿Puedo preocuparme por algo así? ¿Puedo?
Allá lejos suena un theremín. Lo agrego aquí porque es un instrumento hermoso y triste y sale en la novela. Me emociona su presencia. Se toca sin tocarlo, desde lejos, como si no hubiera nada más frágil que las notas musicales, demasiado delicadas para las manos, torpes creadoras de caos. Para los instrumentistas, el mayor receptor de placer es el tacto. Sentir la caja de resonancia del instrumento, las vibraciones, el rasgueo, para aquellos que prefieran las cuerdas sobre el metal, no tiene comparación. El sonido es un acto físico. El theremín se rebela contra del tacto y lo castra. Crea música desde el silencio, tema central de la novela: «Su lugar era ese silencio del cual salían todos los sonidos». ¿Tendremos todos ese lugar? ¿Cuál es? ¿Dónde está? ¿Se puede tocar un lugar en teoría interminable?
Dejo aquí el pasaje. Las imágenes se me hicieron tersas y crueles y no sé cuánto más tiempo se queden aquí escritas, no sé cuáles son sus intenciones ni qué han venido a revelarme.
«Dejó que el humo del cigarrillo flotara en el aire. Abajo, la noche argentina despedía ruidos entrecortados. Las ruedas de un auto, una conversación apagada, el crujir de las hojas de los árboles en la acera. Si cerraba los ojos, alcanzaba a escuchar el fulgor interior de una bombilla a punto de estallar y la fritanga de un wok en un restaurante chino. Entonces pensaba que se parecían a las vibraciones de un theremín y al sonido de la lluvia. Apagó el cigarrillo, volvió al interior de la habitación y se acostó en la parte inferior de la litera»
Es la vida misma, la imagen cotidiana de una disolución. Gran palabra. Disolución. Palabra obsesiva que recorre toda la novela, fundamenta sus pasos y la lleva hasta el final. Así se formaliza el caos, se disuelve el mundo tocado por el ácido, las imágenes se extinguen y se separan de las formas más transparentes. Y en el medio, una casa. Una casa oscura, donde los objetos se pierden uno tras otro en un lugar irreconocible o en el mismo armario donde los ancestros entran y salen de la luz, lugar donde a la larga se pierden también las ideas de esos objetos, las sombras. El inventor se disuelve, la madre se amarga, cada día más transparente, el niño accidente se hace adulto. Solo eso, crece. No hay más. Crece con su oído artificial pegado a la cabeza aunque este no crezca a la par. El mundo cojea pero la red de sonidos lo capta todo:
«La invención fue un aparato hecho de plástico y silicón. Se asemejaba a una oreja gigante, parecida a la forma de un megáfono. Como una caja de resonancia, se colgaba del oído de Jorge Mario y extendía el pabellón auricular, como si a este se le hubiese agregado una red para capturar sonidos. Conviertes a nuestro hijo en un fenómeno, reclamó su esposa. Mejor que se quede sordo a que parezca medio elefante. Nada más lo estoy curando, respondió Miguel, y, con una correa, ignorando las quejas del niño, ajustó el aparato a la cabeza de Jorge Mario. Ahora los sonidos quedarán atrapados y tomarán una única ruta hacia tu cabeza».
Los objetos se pierden, se pierde todo, se pierde la audición porque el niño quiso jugar a los extraterrestres. ¿Qué necesidad hay de todo esto? Luego creció y su fantasía se mantuvo ahí, acompañándolo indefinidamente. Ese detalle ya es asidero de la locura posterior, la obsesión por las cintas y las grabaciones. Ya verán. El mundo de Dźwięk se explica con un aura de duelo extraño: un objeto perdido es un recuerdo vivo pero ausente. Por eso duele tanto. «Lo que existe detrás de cada sonido es un profundo silencio inadvertido». Sé que detrás de estas palabras se esconde algo más, algo nuevo y reluciente. No sé si podré encontrarlo alguna vez. Últimamente no me importa nada. Por eso estoy tranquilo. Hay que dejarse llevar y leer. Lean Dźwięk y después me cuentan si también son testigos de la disolución. Vuelvo a mí para cerrar los círculos y retirarme.
Solo queda una cosa por hacer: Dejar ___ las pa_bras de__pa__rezcan.