Aprender a flotar la vida: Lecciones de nado para naufragios recurrentes, de Leonardo Teja
Naufragio
Del lat. naufragium.
m. Pérdida o ruina de la embarcación en el mar o en río o lago navegables.
Sin.: hundimiento, anegamiento.
m. Pérdida grande; desgracia o desastre.
Sin.: fracaso, desastre, pérdida, ruina.
m. Mar. Buque naufragado, cuya situación ofrece peligro para los navegantes.
La novela provee una sensación de movimiento sin resolución, de marea. Los diálogos alineados en extremos opuestos de la página. Una voz habla de un lado, la otra responde del otro, haciendo que los ojos del lector se muevan en un péndulo, un ir y venir. Ese desplazamiento ocular produce un ritmo parecido al nado: brazo derecho, brazo izquierdo, respirar, brazo derecho, brazo izquierdo, respirar. El título habla de naufragios recurrentes, donde saber nadar no es simplemente una tarea deportiva, sino una forma de mantenerse a flote cuando todo lastra, cuando el peso del duelo por venir quiere hundirte. Las conversaciones en Lecciones de nado para naufragios recurrentes son una expresión visual de la filosofía de fondo de la novela: nadar una marea tipográfica, donde el movimiento repetido no garantiza llegar a ninguna orilla, pero donde aprender a flotar en la vida como una tortuga japonesa suspendida en el aire, atada a un globo de helio, «…ese movimiento, sin ojos ni la necesidad de unos y con la posibilidad de chocar amablemente contra las cosas», es en sí una hazaña heroica, y la única alternativa.
Leer esta novela mientras vacacionaba en una playa mexicana fue un acierto cómico. La escenografía del complejo de departamentos donde me hospedé parecía en sí mismo otra versión de aquel «paraíso chatarra», de aquel espacio reciclado lleno de albercas donde siempre son «las 6:40 p. m. y con 24 grados centígrados» llamado Estetitánic. Un laboratorio de soledad, una terapia colectiva para vínculos en riesgo, para acercar aquella «…distancia insalvable entre dos personas»; un lugar creado para gestionar los naufragios inevitables, en vez de simplemente vivirlos.
Mi Otrotitánic estaba lleno de canadienses —ninguno menor de setenta años— que pasaban algunos meses en esas playas para alejarse del frío del norte. Escuché a dos ancianas hablar mientras nos cruzábamos caminando en dirección opuesta, «How old is she?» preguntaba una, refiriéndose a otra mujer sobre la que chismeaban. «Still young, probably 87», respondió la otra.
Se movían en grupos, o en parejas, siempre en traje de baño, siempre sin pudor. Vi a un anciano calvo, pero con suficiente vello corporal blanquecino para hacer un suéter, quedarse dormido de lado en la arena por un largo rato. Al día siguiente su cuerpo se había dividido en dos estaciones, mitad invierno, mitad verano.
En la alberca se reunían a hacer juegos, a beber, a charlar. Siempre con una energía infantil, similar a la de mi hija. Me pregunté cuántos de ellos se sumergirían en la Fiesta del Pasado de Estetitánic para verse rejuvenecidos de nuevo, para ver aquel reflejo de sus alternativas perdidas. Probablemente todos. Probablemente yo también.
En la alberca que daba a la playa, mientras unos zanates se bañaban en una zona baja del agua, tuve una charla con mi hija donde comparábamos el acto de nadar con volar. Le pedí prestados sus goggles para sumergirme en el agua y ver cuánto tiempo podían aguantar mis pulmones de fumadora sin respirar. Mientras mi hija contaba el tiempo afuera, desde el fondo yo observaba los cuerpos de los múltiples canadienses flotando. Las piernas arrugadas, los torsos blandos, los senos caídos, cuerpos sin un dueño específico, decapitados por la superficie. Estos cuerpos con evidentes huellas del paso del tiempo siempre me han parecido interesantes. Más, incluso, que los de una pareja veinteañera que estaba junto a ellos, las piernas de ella entrelazadas en el cuerpo de él. Cuerpos juveniles, bronceados, sin celulitis ni estrías, ni evidencia de partos, ni del paso del tiempo. «…Las palomas cojas, con muñones encallecidos o dedos faltantes, me parecían más simpáticas que las palomas completas, que los periquitos, y que mi padre».
Más tarde continué con la lectura y, de nuevo, parecía dialogar con mis observaciones del día: «Cincuenta metros delante de mis ojos se desplegaba un infinito controlado. Azul. Sonorizado por los cuerpos en movimiento, sonidos guturales, sordos, de inmersión. Estando ahí, vistos desde el fondo, los cuerpos volaban. Así se verían las aves si no tuvieran sus plumajes, y usaran bañadores, gorra y googles [sic]». No podía pedir mejor escenografía para leer esta novela, a pesar de que el diálogo entre mi realidad y la de la novela me hacía sentir en una especie de simulación kafkiana o de laboratorio cinematográfico de Yorgos Lanthimos.
Lecciones de nado para naufragios recurrentes está llena de personajes intentando no hundirse, o más precisamente, personajes haciendo lo posible por flotar. El protagonista, _ _ _ _ _, alérgico al polen de las flores amarillas y a la lengua de las orcas, se gana la vida como Maestro alternativista senior. Un alternativista es alguien que mercantiliza las alternativas, «…propone alternativas a cosas que le interesan, le lastiman o le interesa que ya no le lastimen. Trabaja escuchando su percepción, que es más verdadera que lo real del mundo que lo rodea». Irónicamente, la novela se centra en el instante en el que el Maestro alternativista se encuentra suspendido en un limbo, aquel momento previo a decidir una alternativa; ese tiempo donde todo sigue flotando, algo que fascinaría a Schrödinger. Su padre no está ni vivo ni muerto, su relación con M tampoco. Y la alternativa que encontró _ _ _ _ _ fue aprender a nadar sin chaleco salvavidas o, más precisamente, a volar.
Los personajes dan la sensación de ser planos, carentes de emoción, y deliberadamente absurdos. Algo sí se mueve en ellos, Unembajador quiere dejar de sufrir por las bifurcaciones que pudo haber tomado su vida si la alternativa hubiera sucedido con Rosa; Pérsico Bezares y sus «entre otras cosas» quiere mantener sus múltiples trabajos para solventar sus deudas. El padre del protagonista ha decidido morir. M vive en el péndulo de quedarse o irse en su relación con _ _ _ _ _ . Y _ _ _ _ _ o, alternativamente, La Leyenda, o Lale Yenda, o El Viejoven, o el otro Leonardo, está aprendiendo a flotar para no ahogarse en el limbo en el que se encuentra. Todos están atravesados por naufragios reconocibles: duelo, deuda, abandono, espera; hundimiento, anegamiento, fracaso, desastre, pérdida, ruina.
Y sin embargo, la forma en que Teja narra amortigua de forma deliberada la sensación de agencia en los personajes: no parecen habitar sus crisis, más bien tramitan sus naufragios. Las acciones y los sentimientos de los personajes no se transmiten como impulsos humanos, sino como protocolos burocráticos donde «…nad[ie] se hundía y nad[ie] estimula la imaginación de nadie». Una neutralidad que impide la aparición evidente de esos momentos climáticos tan habituales en la literatura y el cine convencionales: aquella «metamorfosis […] en una bestia herida, o incómoda». En lugar de estallar en la superficie de la página, aquellas transformaciones ocurren bajo el agua, como generalmente sucede en la realidad, donde los cambios decisivos, los movimientos más profundos, rara vez se anuncian con un tsunami y más bien se desplazan lentamente, como una corriente silenciosa.
Tal vez por eso la novela se interesa menos por el naufragio espectacular que por ese limbo previo a la decisión en que alguien descubre que ya no puede continuar hundido bajo el agua. Al final, aunque decapitado, uno debe salir a la superficie y aprender a flotar la alternativa elegida.
Tras leer la novela de Teja, me quedé suspendida en un limbo entre atracción y rechazo, algo que también me sucede con el cine de Yorgos Lanthimos. Con The Lobster me pasó exactamente lo mismo que con Lecciones de nado: solo en retrospectiva advierto su efecto persistente, que con el tiempo termina por sacarme de ese limbo y por convertirlas en obras que no dejo de recomendar.
Tal vez ahí radica el verdadero poder del arte: no en el entusiasmo inmediato, sino en la capacidad de quedarse trabajando en la mente de quien lo consume, instalándose en la psique como una marea lenta que sigue moviéndose en silencio mucho después de haber abandonado la orilla.
Terminé la novela al mismo tiempo que terminaron mis vacaciones en aquel Otrotitánic. Los canadienses seguirían ahí por otro tiempo más, suspendidos en la Fiesta del Pasado, antes de volver a la realidad y perder la media estación del verano en la piel.