Una galería de retratos que nos miran: Miembro fantasma, de Fernanda Trías
Hay una foto de Vivian Maier en la que una chica, asomada por la ventanilla de un coche, mira fijamente a cámara. No hay más nada en la imagen. El interior del coche está desenfocado. Excepto por sus uñas, un poco sucias y mordidas, y un anillo que trae en el anular derecho, muy poco sabemos de su vida. Pero en su mirada hacia arriba, buscando acortar el leve contrapicado del plano —seguramente, Vivian Maier, mujer muy alta, estaba parada cuando tomó la foto—, en el brillo desafiante de sus pupilas, en los labios un poco arqueados por la insinuación despectiva de su sonrisa, es allí donde podemos descubrir su verdadera historia.
No podía quitarme esa imagen de la cabeza cuando terminé de leer los diez cuentos de Miembro fantasma, la más reciente obra de Fernanda Trías, publicada por la editorial española Páginas de Espuma este 2026. Tengo la sensación de que la chica de Maier podría ser un personaje de Trías y que la propia Trías también podría haber tomado esa foto de Maier. Aunque desde su título el libro nos habla sobre la ausencia, no era el tema lo que había provocado en mí esa reverberación que logran los buenos cuentos; sino sus personajes que, como los retratos de Maier, habían sido capaces de abrir un mundo infinito con solo un gesto.
Quienes recorren estas páginas han perdido algo —los recuerdos, la voluntad, el amor, un país— y eso que falta todavía duele, como un miembro fantasma, y determina sus formas de habitar el mundo. Así, en este libro prima el interés por la construcción psicológica compleja de sus protagonistas por encima de cualquier anécdota o situación narrativa extraordinaria. Los personajes, profundamente humanos, son quienes sostienen las historias, que parecen haber sido escritas en un total estado de contención narrativa. El ritmo fluye sin alardes técnicos ni grandes intromisiones, con pequeñas epifanías que exigen del lector una atención minuciosa.
De hecho, el primer cuento, «Personaje en construcción»*, anticipa la obsesión por la redondez de los protagonistas que domina el libro. Si bien es una apuesta arriesgada para abrir —da vueltas en círculos, una y otra vez, alrededor de un Escritor que no consigue «escribir un relato verosímil sobre otro escritor»—, el experimento metaliterario no fracasa porque a la mitad descubrimos que «el Escritor era, en realidad, una mujer». La repetición de situaciones cobra sentido, si se quiere, desde una perspectiva de género.
La conciencia del acto de escritura femenina no solo se revela en «Personaje en construcción». Sus andamiajes literarios quedan expuestos con la aparición de escritoras en otros dos cuentos fundamentales —«Ciclón» y «Última carta a Claudia», que cierra la colección—, y con la recreación en «Grupo de foco» de un taller literario donde se analiza el cuento de una escritora. Que el libro abra y cierre con dos juegos metaliterarios nos habla también sobre la condición a veces fantasmal del proceso creativo y las diferencias entre ser escritor o escritora.
Trías está tan interesada en desarrollar a sus personajes que evita las estructuras cerradas y prefiere los finales abiertos y, la mayoría de las veces, anticlimáticos. Creo que esta decisión formal y estilística apunta también al núcleo del libro: ¿cómo es posible cerrar del todo, si el «mal» amputado sigue doliendo, si todavía late por debajo de la vida, pese a ella? De hecho, el relato secreto que siempre se cifra en la historia visible de un buen cuento tiene un halo fantasmal que permite seguir pensando el texto incluso después de haberlo terminado. Reverbera, como la foto de Maier.
Incluso en «Miembro fantasma», el cuento que da título a la colección y donde el final parece abocarse más a un cierre efectista —la venganza—, Trías termina justo antes de la acción que los lectores debemos imaginar. Esto porque, consumada o no la venganza, el protagonista seguirá padeciendo el dolor de su infancia durante la dictadura uruguaya. Igual que su madre, a quien le han amputado un pie por la diabetes, sabe que un miembro fantasma «es como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe».
El trabajo con la psicología de los personajes y las estructuras abiertas recuerdan la estética de algunos de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo XX. Por ejemplo, «Si el mundo parara de hacer lo que hace», «El orador» y «Grupo de foco», entre otros, tienen el aliento de Raymond Carver, quien es experto en filtrar la tensión en situaciones cotidianas. Mientras que la aparición repetida de personajes alcohólicos nos sitúa, además, en el mundo crudo —pero también piadoso— de Lucía Berlín, lleno de mujeres adictas, enfermas y marginalizadas. Es en «Intimidad irremplazable», la historia de una madre alcohólica, donde mejor podemos verlo.
Aunque los cuentos de Miembro fantasma tienen una extensión variable, no es casual que los más largos sean los más logrados. Trías posee un indudable pulso de novelista —ha ganado dos veces el premio Sor Juana Inés a la mejor novela que otorga la FIL de Guadalajara—, género en el cual el lector suele interesarse más por la evolución psicológica de los personajes que por las peripecias narrativas. Por eso, el largo aliento puja en estas páginas y alcanza resultados impecables en «Miembro fantasma», «Identidad irremplazable» y «Ciclón», para mí el mejor del libro.
La escritura y el tiempo como trampas para los recuerdos y la memoria como artefacto transformador de la realidad son los planteamientos de «Ciclón», una historia sobre la relación entre una escritora famosa a punto de morir y su amiga de la infancia. La posibilidad del reencuentro entre ambas, ya viejas, revive el suceso que las distanció en el pasado: ¿se besaron o no en aquel campamento escolar? El contrapunteo entre lo que una ha escrito y lo que la otra recuerda sobre el hecho es llevado por un narrador omnisciente focalizado en la protagonista, que Trías controla con destreza.
Además de la ausencia y el dolor que este provoca, el concepto de miembro fantasma funciona también como una idea fronteriza: vivir en los dos lados, en el antes y el después, la ausencia y la presencia. Es en «De frontera solo el aire» donde más se concreta esta idea. Una mujer, que vive entre un barrio rico y uno pobre en Bogotá, ha presenciado un ajuste de cuentas. El cadáver del hombre permanece expuesto sobre el pavimento: un cuerpo «desgonzado». La extrañeza del acontecimiento se extiende a la cotidianidad de la protagonista, para quien vivir en la frontera determina la pertenencia a un territorio fantasma.
Casi diez años después de su anterior libro de cuentos, Fernanda Trías se reafirma en la tradición del cuento centrado en los personajes y su complejidad psicológica. Miembro fantasma es una gran promesa del 2026 y la he disfrutado como una galería de retratos que me miran y parecen decirme lo que la protagonista de «Última carta a Claudia» le escribe a su amor perdido: «Todavía tengo esa foto que me mandaste hace unos años: vos con una toalla cubriéndote la cabeza y un solo ojo negro mirando a la cámara, mirándome a mí o al fondo de eso que veías en mí y que te hizo quererme a pesar de vos misma».
*Cuento originalmente publicado en Casapaís 5: En tu manera desnuda