«Una casa sola» necesita todas sus partes para ser novela
Empezar a leer Una casa sola es encontrarse en un museo con la nariz pegada a un cuadro impresionista y, con cada página, dar medio paso atrás para ganar perspectiva —Selva Almada quizás diría la ñata, haciendo titubear a algún lector desprevenido—.
Los capítulos pasan como ráfagas de ametralladora, un fuego de supresión. Los anacronismos me rozan las orejas y el vendaval de escenas me revuelve el pelo y las ideas. Pero pronto me doy cuenta de que soy yo el que está enloqueciendo. Selva es precisa y cada una de sus pinceladas viene cargada de pintura espesa.
Necesito más pasos hacia atrás. Lo admito, dudé a lo largo de muchas páginas: no hay novela, me dije. Pero más bien me estaba diciendo: no puede haberla, y algo en mí sonreía. Me lo decía como un adulto que observa a un mago intentando ver dónde está la maña: magia no es, voy a prestar atención. Cuando me quise dar cuenta, Selva ya lo había hecho.
El libro no es lineal, está lleno de saltos y se expande en todas direcciones. De pronto, sin saber bien cómo, me encontré fluyendo como lector: sensación más que lógica. Se me quedaron cortas las 156 páginas, tuve ganas de más; no de que se alargara la historia, pero sí de que continuara expandiendo todos sus trazos. Existe de forma velada una arquitectura del conjunto que podemos comenzar a divisar solo al obtener una visión más panorámica. Esto si no nos dejamos maravillar por las florituras pintorescas de la maga. O mejor, mientras nos dejamos. Una casa sola se constituye como novela —en cuanto a género— solo en su totalidad y en su estructura invisible.
Únicamente alguien que de verdad posee el oficio de novelista puede ensamblar una historia así. Si se perdieran las últimas treinta páginas, o algunos pliegos centrales de la novela, y fueran encontrados por un escritor dentro de siglos, creería que son solo retazos o el esquema de una idea. Una casa sola necesita todas sus partes para ser novela. Es toda, o no es.
Por eso, a pesar de su brevedad, atenta contra el lector impaciente de hoy. Y también porque:
Belfos, aquerenciar, chijete, escorchonas, conchabadores, mamúa, mensúes, capanga, matreros, limbática, chiripá, conchabado, desmañados, chúcaros, cacharpas.
El litoral no queda a más de mil kilómetros de donde nací, La Plata, pero ni eso, ni ser argentino, ni tener familia en el interior, me eximieron. La lírica de Selva nos invita a leer lento y constantemente buscar significados —o a reponerlos por contexto— como cuando éramos niños descubriendo nuestras primeras lecturas. La adultez y la modernidad nos robaron un poco esa humildad, y Selva nos la devuelve por un ratito. Algunas de las palabras las podía intuir o las creía recordar, pero también me quise dejar ganar por la curiosidad de saber el significado preciso y las busqué una por una. Y es que el libro no solo está repleto de regionalismos, sino que también incluye términos caídos en desuso. La autora confía en el lector y lo desafía. Ya no se escriben libros así, las editoriales tiemblan ante la posibilidad; no es lo que vende, imagino, pero por suerte Selva Almada está más allá de eso.
Se generó debate en Internet sobre si la novela debería incluir un glosario, sobre si son formas naturales para la autora o si investigó y las forzó, y en los argumentos se mencionó —sin mucha precisión— idioma, dialecto y lengua estándar o no estándar. Acá veo una doble comodidad de algunas personas: una por no tomarse el trabajo de investigar —ni que tuviéramos que recurrir al diccionario físico hoy en día— y otra por querer todo digerido, exigir un lenguaje neutro o, no sé, creerse que el que habla «bien» es uno mismo, tendencia mayormente capitalina. La mejor receta para borrar toda textura y singularidad. ¿Alguien pidió un glosario para entender la jerga militar peruana de La ciudad y los perros? ¿O para entender el lunfardo en Rayuela?
Desde que mi padre y yo nos enamoramos de El desapego es una manera de querernos, allá por el año 2015, Selva me atrae porque narra lo que para mí es la vida real. Encontramos ese libro y seguro dijimos algo como «fa, qué título, ¿la conocés?», y desde entonces disfruto mucho ese ojo que tiene para narrar la simpleza que existe en lo complejo: la naturaleza y lo humano en la fragilidad, lo bello en la dureza, el tiempo lento, la luz de una tarde a la hora de la siesta.
Debo admitir que la elección de que la casa misma sea quien narra me generó mucha desconfianza al principio. Había visto gente maravillada al respecto, pero yo sentía una reticencia absoluta. El punto de vista de una casa… me imaginé que una prosopopeya así podía teñir de un tono infantil a la historia. Incluso ahora, investigando para escribir esta reseña, me encontré con que la autora tuvo miedo de que resultara «una cosa medio ridícula». Sin embargo, poco a poco fui cediendo y me ganó. Marqué el pasaje preciso donde el recurso me terminó de convencer. Página 59:
«(Lucero) Llegó con ella (una perrita) metida adentro de la camisa. La puso en el suelo y le dijo:
Esta es tu casa.
[…]
Me gustó que lo dijera. Porque entonces yo también era su casa.
Y si de alguien fui alguna vez, ha sido de él. Como dije no me gusta que nadie me ponga el lazo, pero Lucero, y después su familia, han hecho de mí una casa. Aunque yo tuviera tantísimos años como tenía, aunque ya tuviera mis puertas y ventanas y alero y un catre donde habían dormido tantos hombres a lo largo y lo ancho del tiempo, no era yo realmente una casa».
La trama abarca un período largo de más de un siglo. Aproximadamente desde el 1870, con el asesinato del general Urquiza, hasta la década de 1990, aunque los tiempos son difusos. A través de la historia de la casa se narra la vida del interior en esa época tan importante del país. Es así que por el monte pasan peones de campo que ocasionalmente se refugian bajo ese techo y en la mañana no dejan más que los huesos del asado para que los desayunen los animales del espinal. En algún momento uno de esos peones se instala y forma familia, pero esa familia desaparece de un día para el otro: la casa se vacía de vida humana y la naturaleza del entorno comienza a ocuparla.
La narración se rige por lo que ve y ha visto la casa, por lo que alberga y cobija del monte y sus presencias anacrónicas, desde que es simple techo hasta que es hogar. Y si bien por momentos la visión de la casa gana una omnisciencia sospechosa, Selva la deja fluir con delicadeza y le funciona, porque el monte y sus espectros también narran a su manera.
Queda poco por hacer ante el oficio de la maga: así como de una casa construye un narrador, donde parece no haber más que escenas sueltas ensambla una novela. Al fin y al cabo la magia —o la maña— quizás está en percibir las estructuras ocultas.