Nighthawks

Nighthawks, cuadro de Edward Hopper

A veces entro a bares a tomar algo sin ninguna razón aparente. Más allá del efecto relajante de la bebida, diría que dos de tres veces que hago eso me acompaña la sensación un poco frustrante de no entender cómo llegué ahí, por qué entré y me quemé esa guita en whisky, cuando en realidad son las tres de la tarde y el ligero mareo alcohólico no calza con ninguna otra actividad. Y creo que la respuesta es que cuando veo la fachada de ciertos bares (puede ser La Hacienda, El Candil, El Cambalache, El Monteverde, El perro que fuma o el Bar Gloria), siento que debo estar ahí, que debo pertenecer a ese cuadro que se levanta frente a mis ojos. El problema es que cuando estoy dentro del bar ya no puedo verme en él. Hay algo raro en que la única forma de «estar-estar» en el bar sea verme dentro de él, pero desde la ventana, como recreando la pintura Nighthawks, de Hopper, pero en Montevideo; y, de cierto modo, resulta más sensible, más real, imaginarme en esa ventana que estar dentro. Como subir a la Torre Eiffel y desde lo más alto pensar «relindo todo desde acá, lástima que sea el único lugar de París desde donde no se ve la Torre Eiffel».

Hay una frase de abuela gallega que dice «no se puede tocar las campanas y estar en la procesión», y la imagen me llega con toda su fuerza plástica, turística: todas esas catedrales que uno ha visitado (y en las que no pondría pie de estar en su ciudad), esa idea de hallarse adentro, de saberse ahí, pero que no es suficiente para estarlo. Por eso los turistas se sacan fotos en los lugares a los que van, no para demostrárselo a alguien que duda de sus historias (¿qué amigo o familiar sería tan suspicaz?), sino para ellos mismos, porque el otro país empieza a desmigajarse en el mismo momento en que te vas de él.

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Cuando viajo a otro país no me siento cómodo hasta que tomo mi primer whisky o mi segunda cerveza. Primero es llegar a migraciones, la preocupación de haberme olvidado de algún documento fundamental, el miedo a que me extravíen el equipaje, las complicaciones del traslado de los lejanos aeropuertos al centro de la ciudad, los nervios de que haya habido un problema de reserva en el hotel, el cansancio, el chequeo de las instalaciones. Luego uno sale a la ciudad y empieza a asimilarla. Todo demasiado nuevo, todo a evaluar en la mesa de disecciones. Y ahí es que llega el primer bar y todo cae en su lugar. Cada país exhibe en sus bares sus rasgos locales, pero en todos ellos se da una sensación de cierta familiaridad, que es la de la ligera borrachera que suaviza los terrenos escarpados de las emociones. Es por esta dimensión entre lo conocido y lo foráneo que siempre, a cualquier lado que voy, lo que más recuerdo y lo que más extraño son sus bares.

Hay bares de una sola noche que generan un efecto estético inmediato, pero los más perdurables son los que, durante el tiempo en que estás en esa ciudad, los convertís en un segundo hogar, una sensación de familiaridad y localía que nunca llegaría a condensar un cuarto de hotel.

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La principal razón por la que he viajado en mi adultez es mi participación en festivales de cine. Es común que estos eventos incluyan en sus categorías de premios un jurado formado por miembros de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) —una suerte de gremio internacional de críticos de cine— ante los que uno se presenta con la expectativa de ser seleccionado y donde el éxito depende más que nada de la disposición de los distintos países a pagar vuelos y estadía.

El formato festivalero es ideal para explorar narrativamente ciertos países porque el pasaje por la nueva ciudad se alterna entre las sedes del evento, donde se van repitiendo las mismas caras y los mismos invitados —entre los que se tejen alianzas, amistades u odios declarados—, y otros espacios a los que uno se larga a buscar su bar privado, aquel en donde encontrar una vida lateral al festival. El bar festivalero debe estar a una distancia caminable del hotel y ser equidistante a diversos puntos cruciales de las actividades, pero, sobre todo, tiene que devenir en un lugar donde, en el correr de las noches, uno cae sin saber realmente por qué.

Mi primera experiencia festivalera fue en Rotterdam. Yo tenía veintiséis años y, como era mi primera vez en un jurado internacional, tenía bastante miedo por mi inglés, lo marcado de mi acento, los errores de conjugaciones. Ese miedo se disipó inmediatamente cuando conocí a Boris Nelepo, un crítico de cine ruso bastante conocido, que pareciera moldear a machetazos sus palabras en inglés; si él hablaba así, no habría problema con mis uruguayismos. Pero el verdadero alivio llegó cuando me contactaron con Carlos, un crítico barcelonés (no catalán) con quien podía soltarme a hablar en castellano. Nos presentaron en medio de la fiesta de apertura. Él acababa de llegar y todavía arrastraba su carry on. Alguien de la organización le explicó dónde se hospedaría y casi sin decirlo me asignaron que lo acompañara a su hotel.

Era medianoche y había tomado no más de dos cervezas, pero me había subido a la cabeza esa euforia que en sucesivos festivales descubriría una y otra vez, la de la total libertad de saberse por completo desconocido. Recuerdo caminar con Carlos con un mapa de Rotterdam garabateado, acercarnos a un canal que daba al puente Erasmo y decirle, extático, que iba a escribir con meo mi nombre en la nieve. El viento frío entrando por la bragueta, el chorro amarillo, una A achicharrada, materializándose como un estigma supurante en la primera nieve que vi en mi vida.

Luego de llevar el equipaje al hotel volvimos a las calles y le dije a Carlos, como ritual de oficialización de nuestra hermandad ibérica, que el primer bar con el que nos topáramos, sin importar su estilo o apariencia, sería el nuestro, nuestra base de operaciones. Y ahí, a las dos cuadras, lo encontramos: un bar sin nombre al que se accedía descendiendo por unas breves escaleras que dejaban al nivel de la calle un vitreaux navideño a través del cual se percibían algunos bultos en movimiento.

Ni bien nos sentamos en la barra nos dimos cuenta de todo. El bar casi vacío, un viejo con sobretodo que bailaba con una africana de trenzas con mostacillas al ritmo de una rocola, una barman y dos morochas que se nos sentaron al lado. Las chicas eran evidentemente prostitutas y nos intentaron sacar charla, aprovechando cada oportunidad para acariciarnos los brazos, o incluso hacer un remolino con el pelo de nuestra nuca. Carlos y yo estábamos medio paralizados ante la situación y le eché una mirada de «nos terminamos esta Heineken y salimos enseguida», que entendió con pura telepatía. Las chicas se alegraron al enterarse de que éramos hispanohablantes y se pusieron a hablar en un español medio estereotipado, no por no manejar el idioma, sino porque los guiones de su oficio no le permitían nada demasiado imaginativo. Las dos eran rumanas y en un breve lapso de tiempo me di cuenta de cuán parecidas eran algunas palabras y cadencias de nuestra habla. A mí se me había prendido una morocha que posiblemente andaba por sus cuarenta, con jeans tan apretados que parecían de licra y una chaqueta de cuero lustroso. A cada frase que me decía le agregaba «mi amor». La de Carlos era más joven y linda, pero menos simpática —y a la vez, por alguna extraña noción interior, más cascoteada—, pero casi no tenía interacción conmigo, como si nos hubiesen asignado a nuestras parejas de cópula desde que nos sentamos.

Dejamos en claro que solo estábamos ahí para tomar algo, pero las chicas no se rendían del todo, la más joven poco preocupada por las sutilezas de la seducción y la veterana acercándose a mí de una manera más cálida, casi maternal. La barman (devenida en madama, ahora) nos preguntaba, en tono casi acusatorio, si no le íbamos a comprar un trago a las chicas, pero conociendo el incómodo sistema, quería evitarme la molestia de tener que pagar cien euros por dos daiquiris la primera noche de mi estadía.

Fue en esa incomodidad que se me ocurrió que en vez de evadir torpemente podía aprovechar la situación para hablar con alguien de mi conexión infantil con Rumania. Le confesé a mi prostituta asignada que el fútbol me entró a interesar a mis ocho años, gracias a Gheorghe Hagi, y una vez dicho esto me puse a hablar del 3 a 1 contra Colombia en Estados Unidos 94, de su paso por el Barcelona, de sus desafortunadas lesiones y de la vez que en el mundial del 98, luego de remontar un partido contra Inglaterra, todos los rumanos se tiñeron el pelo de platinado. Conforme le contaba, algo en ella se encendió y empezó a hablar entusiasmada de otros jugadores, de Munteanu, de Illie, de Popescu y Petrescu. Escuché por primera vez en rumano la correcta pronunciación del difícil Steaua Bucarest, le hablé de la vez que a mi padre en su anterior vida de jugador de fútbol le tocó marcar a Camataru, un gigante rumano que ganó el botín de oro gracias a un arreglo que Elena Ceaușescu hizo con los arqueros de los otros equipos de la liga de su país.

En medio de toda esta perorata la barman me agarró el brazo, seria, y me preguntó si no le iba a comprar nada a la chica y la morocha le saca la mano y le dice que «estamos hablando bien», que «no se preocupe». Fue como si de golpe hubiese caído una máscara y detrás de las pestañas postizas, el cerquillo cortado con filo de diamante y revoque hubiese aparecido otra chica. Hacía diez años que no volvía a su país y de golpe todo aquello fue como hacer un pacto con eso que había olvidado, con familiares que no veía o que quizás no quería ver, con todo un pedazo de su biografía que volvía a encontrar con un extraño visitante de otro país. No estuvimos mucho tiempo más, la chica de Carlos se despidió medio frustrada, pero cuando me despedí de la mía me dio un beso en cada cachete, con una sonrisa distinta a esa mueca que tenía cuando hablaba con nosotros de acuerdo con el guion.

Aquel bar prostíbulo no tenía las características idóneas para devenir en nuestro secreto centro de operaciones —terminaría siendo el bar De Witte Aap, uno de los bares/cafés más emblemáticos de Rotterdam, quizás una decisión un tanto obvia—, pero la vida festivalera nos ofrecería un extraño, impensable, segundo round. Unos días antes de la ceremonia de cierre estábamos los dos en el cine viendo una ópera prima neerlandesa y, de golpe, ahí, un grupo mafioso se junta en un bar: era aquel prostíbulo, el mismo vitreaux, la misma puerta roja, la misma rocola, la misma barman. Había sido filmada el año anterior y todo se mantenía exactamente igual. Era como si un secreto compartido se hubiese filtrado como por ósmosis en el celuloide.

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La explicación más obvia es que Alemania es el país europeo más dispuesto a pagar pasajes transatlánticos a sus jurados, pero aun así hay algo en cómo siempre termino volviendo al mismo país. Ni siquiera me caen tan bien los alemanes (fríos cuando no les interesás, implacables cuando no cumplís con una norma social, algo robóticos cuando quieren ser simpáticos), pero siempre aparece una de sus ciudades en el itinerario, ya sea como punto de partida o de llegada. Mi visión sobre Alemania también está sesgada debido a que siempre fui en invierno. Hay un montón de germanófilos que me han descrito la refrescante bohemia acampando en aquellos parques con pasto guacho que crecen sin ningún control en la Berlín estival, pero a mí siempre me han tocado esos cielos grises que se camuflan con el estilo brutalista de su arquitectura: una ciudad construida a base de nubes, acero y hormigón.

Siempre que conozco a algún latino que vive en Berlín termina confesándome que está deprimido, pero que vivir ahí es una oportunidad que no cambiaría por nada. A mí me toma solo un par de días empezar a hundirme en el légamo de esa tristeza que irradia, y es en esos momentos cuando los bares acuden al auxilio. Berlín goza de su evidente cuota de icónicos bares (no menciono raves ya que no soy un testigo confiable: siempre me aburrió sobremanera la música electrónica), como el boliche S036 (donde una vez caí pensando que iba a un toque punk y justo esa noche había devenido en un ballroom de tango gay), el Roses (también súper gay, con la particularidad de sus paredes peludas, irradiadas por una luz fucsia furiosa que te hace sentir en una mezcla entre cuarto de revelado y extraña máquina de autobronceado), el Reingold de Mitte (aquella elegancia ambarina de entreguerras), o el teatral Villa Neukölln.

Bar Ankerklause, Berlín. Foto del autor.

Sin embargo, mi favorito, el que se ha convertido en una especie de peregrinación privada, es el Ankerklause. Con su deck suspendido, o más bien volcado sobre el Landwehrkanal. El Ankerklause no comenzó como bar, sino como un lugar donde la gente que esperaba los barcos que atracaban ahí podía sacar pasajes o comprar diarios. Un kiosco devenido en una especie de kneipe (término alemán que se refiere a bares barriales clásicos) que se fue reformulando desde 1947, construyéndose por partes y de adentro hacia afuera, a la medida de cada nueva identidad que se le asignaba. Un rincón histórico que sobrevivió al eventual cierre del funcionamiento de barcos mercantes debido a la angostura de los canales y que presenció desde un lugar privilegiado —y sin cerrar las puertas— la unificación germana tras la caída del muro. Hoy en día es un bar con motivos marineros, que conserva la particularidad (al menos en los últimos veinte años) de ser atendido por su mismo dueño, tener la misma pecera y la misma rocola (en donde se pasan, sobre todo, clásicos de rocksteady jamaiquino y donde hay un disco compilatorio de extrañas versiones de «Bésame mucho», la música que escucharía Brigitte Lin y Takeshi Kaneshiro en Chungking Express).

Hay mejores bares, no hay nada asimilable a mixología moderna y el público no es tan variopinto o idiosincrático como en otros antros de Berlín, pero el Ankerklause es definitivamente mi lugar: la flotilla de cisnes que aguarda en el canal, justo debajo del deck, esperando que algo se le caiga a algún comensal; la luz roja del interior y el nylon grueso que ataja el viento gélido que se cuela por las aberturas de los ventanales; la imagen hogareña o de guarida, casi salida de un cuadro de Norman Rockwell, cuando la nieve se acumula en el techito y adquiere un tono azulado por el neón del ancla de la fachada.

Pero las razones de su perdurabilidad en mi memoria no se dieron por el bar en sí, sino por el momento en que sucedió. Conocí el Ankerklause la primera vez que fui a Berlín. Quien era mi novia en aquel tiempo y yo habíamos pasado dos días deambulando por la ciudad, sin lograr descifrarla, sin entender si nos gustaba del todo. A la poca preparación que teníamos se sumaba la extraña cualidad de ser una ciudad pensada para tres veces más población de la que tiene y de presentar una especie de economización en la red lumínica que más de una vez te lleva a encontrarte deambulando por calles oscurísimas, vacías y llenas de hojarasca. Berlín, a diferencia de ciudades europeas que romantizan su pasado, avanza sin mirar a los costados, estirándose en el mapa por su red ferroviaria, algo que la vuelve no tan intuitiva ni organizada en torno a distritos: hay un montón de cosas para hacer, pero a veces, entre un bar que te gusta y otro, tenés que combinar trenes. Habíamos conseguido el contacto de un uruguayo que nos iba a sugerir cosas para hacer, rutas para tomar. El contacto se dio ahí, en el Ankerklause (lo había elegido él), y fue a partir de sus sugerencias (un nuevo mapa, uno más cerca de nuestros intereses, garabateado sobre una servilleta) que todo Berlín tomó sentido.

En la frontera de mi memoria Berlín comienza ahí, el lugar donde, cada vez que voy, tomo un trago de whisky y la ciudad comienza a crecer alrededor de mí; como rebobinar la implosión de un edificio y ver cómo el polvo se reabsorbe y los escombros se elevan desde el suelo hasta encastrarse como legos perfectos.

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Una diferencia que tienen los bares alemanes frente a los latinoamericanos es que, al menos los kneipes, concentran una población donde importa bastante poco su franja etaria. Así, en un bar podés estar compartiendo espacio con un tipo de sesenta años y otro de veinte sin que se genere la disonancia cognitiva que sí se da en bares de Montevideo. Los uruguayos somos una sociedad vieja, pero una que le tiene terror a la vejez, porque vemos en ella una suerte de muerte civil, un espejo de nuestra total inconveniencia futura.

En Hamburgo no tuve un bar propio, pero estuve toda mi estadía escapándome de un tipo de luz que me drenaba el alma (pero que ahora la siento honda y verdadera). Ya a las cuatro de la tarde entraba a oscurecer, pero incluso antes comenzaba a diseminarse una luz tan azulada como la de una locación urbana de Steven Soderbergh. El «filtro» de Hamburgo, a la medida de una ciudad bella, fría, coqueta y punk (todo eso junto). Berlín tiene los bosques y los canales para equilibrar su grisura y Leipzig la camufla entre el elegante mármol de tiempos pasados, pero con Hamburgo no pasaba eso, el azul venía del mar, como una peste importada en los containers del puerto, y teñía todo. Y yo andaba por ahí, maravillado por unos minutos con la belleza de su frialdad, para después refugiarme en bares donde veía partidos del mundial de Catar, que me arrancaban, por una hora y media, al menos, de aquella sensación de arrebatadora soledad.

Donde logré más exitosamente apropiarme de un bar fue Mannheim, algo inesperado, considerando lo poco interesante que es la ciudad en comparación con cualquier otra que haya visitado. Con cerca de 320 mil habitantes y dividida por el río Neckar y el Rin, tiene un estilo desoladoramente pragmático, pero sin la monumentalidad de lo soviético de las ciudades del este. Sin embargo, ahí, en mi primera noche de festival, lo encontré. Fue de pura casualidad, no conocía absolutamente nada de la ciudad (un tejido urbano en el que a cada manzana le corresponde una letra y un número, como si fuera un tablero a gran escala de la batalla naval) y dando vueltas por el distrito de Jungbusch, me di con el Rhodos. En la puerta había tres pelados que parecían ultras de algún equipo de segunda división y cuando entré encontré todo lo que pensaba que le faltaba a esta ciudad: gente que no sabía cómo dormirse. No era un lugar lindo (feo tampoco), pero era organizado en su propia decadencia, y entre todos los que iban ahí (sobre todo alemanes con tendencia a ponerse más intensos en lo físico conforme toman, aunque nunca abiertamente violentos) se iban repitiendo las caras y formándose una especie de comunidad. Y, sobre todo, era un lugar donde había merca. Para alguien que solo consume alcohol es rara su tendencia a tener como predilectos bares donde la cocaína es uno de sus productos más insignes. Trato de pensar qué es y posiblemente sea por la condición azarosa que toma un lugar cuando lo que pervive de fondo es la merca y sus posibilidades. Vínculos se forjan, se intercambian números, se especula sobre portadores y desconocidos confiesan cosas impensables. Pero sobre todo la merca es la droga del miedo, de su pendulación entre la total ausencia de uno mismo y el rebote paranoico. Es difícil explicar cómo, pero suelo manejarme bien entre esas dos mareas, el lugar de flotación donde suelen aparecer las mejores anécdotas. La literatura, a pesar de la vida.

El Rhodos está regenteado por una pareja de griegos, y te lo hacen saber. A veces está completamente vacío y a veces cambian la luz cálida por una ultravioleta, como esas que detectan manchas de sangre y semen en cualquier escena del crimen, que anuncia una noche de juerga en donde duros y borrachos ponen festivamente hits electrónicos de los noventa de un corte similar a Vengaboys, que nunca escuchaste en tu vida. Aquella primera vez que fui a Mannheim, se los mostré a dos mexicanos y dos eslovenas y por efecto dominó se convirtió en los headquarters no oficiales de la gente que sobrevivía a los extendidísimos brindis y encuentros de industria.

Debo ser de los pocos uruguayos que fue dos veces a Mannheim por motu proprio. Dos festivales de cine, ocurridos tan lejanamente entre sí que los de la nueva organización no sabían que ya había sido jurado antes y se sorprendieron de que supiera las calles de la ciudad y, sobre todo, que conociera el Rhodos. En mi retorno a Mannheim, todas las noches, de una manera u otra (casi siempre solo en esta ocasión, no había tantos latinos en el festival, lo que hizo que la festividad del ambiente bajara sensiblemente) terminaba ahí. Una cerveza o dos. Quizás un trago de Tsipouro, nunca de whisky (pese al aire de roto del lugar, la medida es ínfima). Había un bar mucho más movido (más rockero que merquero) que era el Blau y que tenía un aire notoriamente más estudiantil (como pasa en Alemania con cualquier lugar que tenga un futbolito), pero aunque pasara gran parte de la noche ahí, terminaba tomándome la última en el Rhodos. Me quedaba en la barra, sorprendido por un salón anexado tan oscuro como el interior de un submarino hundido que no recordaba de la primera vez que fui.

Ahí, en esa zona de mesas desiertas, pasé mi última noche de Mannheim con una rusa y una polaca que integraban el jurado joven del festival. Se me ocurrió un juego: que cada uno contara en su idioma original la historia de cómo se hizo su peor cicatriz. Ahí, en la densidad negra y violácea del ala vacía del Rhodos, me despedí de la ciudad con los descubrimientos de cómo una cara cambia cuando alguien habla en su idioma original (y no en el inglés devenido en esperanto alisador), de nuevas sonoridades que inducían al suspenso o la ridiculez y de gestos con los brazos que indicaban el ángulo de caída de un cuerpo o la velocidad de una hamaca incrustada contra una frente. La otra consigna del juego era no explicar ni traducir la anécdota al final, que la historia quedara encapsulada en aquel rincón del Rhodos, en su idioma, en la lectura de los gestos.

El ala vacía del bar Rhodos, Mannheim. Foto del autor.

La otra anécdota del Rhodos corresponde a la de mi primera vez en Mannheim. Recién llega a mi memoria porque la encontré, escrita a mano, en uno de mis diarios de viaje que sobrevivieron lluvias, extravíos y mudanzas. Dice así: «el Rhodos se vacía a un tercio y se nos sienta en la mesa un negro con una campera de camuflaje selvático. El tipo es de Gambia y se nos pone a hablar de algo en alemán que ninguno de nosotros llegamos a entender. Le pregunto en inglés de qué ejército es esa campera y el tipo piensa que estoy siendo condescendiente con él, pero solo estoy obedeciendo a mi fascinación war buff. El tipo va a la rocola, pone un tema electrónico horrible, se vuelve a sentar y, entre un montón de intentos fallidos de comunicación, nos cuenta algo sobre su padre, un padre que sabía tocar la guitarra, pero que nunca le enseñó. Me doy cuenta de que la chica que estaba hablándome en la barra minutos antes desapareció. El tipo me agarra la mano y, mirándome a los ojos, vuelve a repetirme una y otra vez he don't teach me, he don't teach me, he only drink. La cara le queda brillante y pastosa por las lágrimas que empiezan a derramarse por sus mejillas llenas de pozos. Me mira con los ojos rojos y amarillos y me dice if he come from dead, I kill him. Entre sus sollozos repite una y otra vez I kill him, hasta que de la nada aparece su hermana, que le pega con la palma abierta en la cabeza y le grita que no diga eso. Nadie en el bar hace nada, pero en un momento deja de cachetearlo y le toma la cabeza y la lleva sobre su pecho, mientras el tipo sigue en pleno llanto. La hermana le acaricia el pelo. La mano negra se afloja y libera la mía. Es la mano más áspera que haya tocado en mi vida».

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¿Qué es un bar sin la soledad? Hay algo notoriamente diferente cuando se viaja acompañado: la gente no se acerca —temen inmiscuirse en las normas y ritmos internos de la pareja—, uno nunca está del todo solo y toda la ciudad entra a ser leída como una metáfora cifrada de la pareja. Un buen momento de pareja te eleva una ciudad, un mal momento te la convierte en un infierno. La última vez que fui a París, esta vez con mi novia, había una extraña superposición con el fantasma del nosotros presente y ese otro nosotros que supe conformar con mi ex. Era la primera vez que Mariangel viajaba a Francia y quería llevarla por lugares que yo ya conocía, pero en esa nueva visita había algo curioso, de sobreimpresión y palimpsesto de las cosas ya vividas. Pero París, con los mismos locales, incluso con algunos camareros que se repitieron en el pasaje de diez años, era otro. No iba a ser nuestro último viaje, pero era un viaje en el que ya habíamos decidido que íbamos a buscar tener un hijo. Una especie de despedida de nosotros dos como pareja indivisible, no triangularizada por un hijo. Nada de eso era una prueba, Mariangel ya conocía de sobra mi condición maníaca, limítrofe con el síndrome Stendhal, de querer visitar y recorrer todo, sin hacer caso al cansancio, el sol, el peligro o la tendinitis. Fuimos a un montón de bares, cada uno con su idiosincrasia propia. Dijo Jean-Claude Carrer una vez: París es una vieja coqueta, que está todo el tiempo exhibiendo sus joyas y hablando de amantes del pasado. Decir que es romántica es una obviedad, pero hay algo más, que es la autoconciencia de la ciudad al querer que no te olvides de ella. A cada cuadra un landmark, una metáfora distinta sobre lo que es el amor.

De aquella vez no hay anécdotas en sí vinculadas a los bares, todo lo que queda, todo lo que existe es la pareja. Cómo estaba vestida, de qué hablamos, pero sobre todo las nociones que manejábamos sobre quiénes éramos ahí. De todos los lugares que estuvimos, curiosamente me aferro al único cuyo nombre no recuerdo. Era un bar montado sobre una pescadería de fines del siglo XIX, que quedaba a una o dos cuadras de nuestro hotel de la Rue du Faubourg Montmartre, y al que fuimos tres veces: la noche que llegamos, una en que necesitaba un rato para cargar el celular y la última, la última noche de partir. No sé a cuál de esas tres noches me aferro, pero recuerdo todas las paredes del local cubiertas por mosaicos de azulejos de antaño que retrataban escenas marítimas y del fondo del mar, pero también de pantanos. Una especie de catálogo de todos los animales a los que se podía acceder en esa poissonnerie, pintado con un estilo medio belle époque. Y entre aquellos pincelazos, unos grises, unos azules y unos cromados que dotaban a la barra-isla del centro del local de una inesperada elegancia. Un poco cheto, un poco roto, un poco antiguo, un poco moderno. Quizás fue por haber sido el primer y último bar de la estadía (la última noche hubo una festividad de la música y todas las calles estaban abarrotadas de gente), esa cosa palindrómica de la memoria y los afectos, que nos quedó tan marcado.

Bar Salina, París. El bar cuyo nombre el autor no recordaba, pero del que la memoria conservó cada detalle. Foto del autor.

Cuando un año después Mariangel me pidió en la camilla del quirófano, a minutos de que le hicieran el corte de bikini, que le mostrara las fotos de nuestro viaje a París, scrolleé en el celular hasta llegar a la fecha, aquellos doce días de junio del 22. Y ahí entré a mostrarle las fotos: nosotros en la calle, en los parques y en el metro, pero por encima de todo, nosotros en los bares, cafés y restaurantes. El azul marino contrastante con el rojo furioso del Little red door; la distancia cool de vidrio y acero de La Mary Celeste en una noche calurosísima en Le marais; el art nouveau impoluto del restaurante Chartier, como un viaje sin escalas a 1870; la cursilería ameliesca del Café des Deux Moulins; la violencia del neón de Aux Follies en Belleville y la conversión berlinesa de Pont Ephemere sobre el canal San Martín. Las metáforas de nosotros en esos bares y el llanto de Ulises que llegó antes de que pudiera llegar a las fotos de la última noche en aquel bar sin nombre, a una o dos cuadras de nuestro hotel.

Agustín Acevedo Kanopa

Agustin Acevedo Kanopa (Montevideo, 1985) es escritor, crítico de cine y psicólogo. Escribe sobre cine y música en La Diaria desde el 2008 y ha colaborado para medios como Revista Lento, Revista Quiroga, The New York Times, Vice Magazine, Caligari y Estado de vigilia (de la que forma parte activa del staff). Ha publicado las novelas y libros de cuentos Antes del crepúsculo (Trilce, 2010), Eucaliptus (Estuario, 2013), Historia de nuestros perros (Estuario, 2016, Premio nacional de literatura) y Un río de aguavivas (Estuario, 2022). Ha sido Jurado FIPRESCI en varios festivales internacionales y se desempeña como profesor de historia del cine en la ECU.

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