Hacia los techos del sur

Fotos tomadas por el autor

para Miguel, finalmente

Como una larga cicatriz en la cordillera de Los Andes, la Quebrada de Humahuaca se extiende de norte a sur a lo largo de sus 155 kilómetros de valle, ascendiendo hasta los más de tres mil metros sobre el nivel del mar. En una imagen satelital, parece ser el tránsito entre el verde feraz de las yungas jujeñas y la imponente aridez de la puna, la meseta altiplánica donde el norte argentino se junta con Bolivia. Nada allí evoca los lugares comunes del recién llegado a Argentina: ni los inmensos glaciares y lagos patagónicos, ni el fantasma italiano que arrulla por la noche a los porteños. La quebrada es su propio lugar, con sus propios misterios.

Fraguado durante siglos por el río que lo recorre, el valle quebradeño es el canal de parto de Argentina: un recorrido amplio y retador que hacían en su momento los chasquis, mitimaes y emisarios del Tahuantinsuyo, el extenso territorio del Imperio incaico, así como los colonizadores y exploradores españoles durante la conquista o, en tiempos virreinales, las caravanas de comercio que unían el Alto Perú con los puertos del Río de la Plata.

En ese mismo valle se enfrentaron los gauchos de Güemes, comandados por Manuel Eduardo Arias, con el ejército realista proveniente del Alto Perú, en la batalla de Humahuaca de 1817; una victoria patriota que permitió a San Martín cruzar Los Andes y emprender la liberación de Chile. Y veinte años después, como repitiendo la gesta, las fuerzas de la entonces Confederación Argentina derrotaron allí a las tropas invasoras de la Confederación Perú-Boliviana. La historia no se repite, pero rima.

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De los pueblos de la Quebrada, Purmamarca es quizá el más famoso, a pesar de sus menos de mil habitantes. Su renombre se debe a el cerro de los siete colores, la montaña a cuyos pies yace el poblado. Se trata de una parada obligatoria: la gente recorre las cuatro calles del mercado de artesanías y sube luego a sacarse fotos en una pequeña colina que enfrenta el cerro, desde donde se aprecia el mapa temporal de blancos, verdes, rojos, amarillos y morados que marcan la piel de la montaña, semejantes al relleno de una torta cortada a la mitad.

Alejándose del pueblo, un conjunto de senderos serpentea entre las montañas desiertas. Pero no es fácil ir lejos: a dos mil trescientos metros de altura, el aire ya endurece y a los pulmones les cuesta aferrarlo. Uno tiene la impresión de hallarse en un planeta lejano, rocoso e irregular, cuya única excepción son los altísimos cardones que, vistos desde lejos, remedan la silueta de un caminante extraviado.

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La Quebrada de Humahuaca es famosa también por sus carnavales, donde se mezclan el legado europeo de la colonización española con los ritos indígenas de agradecimiento a la madre tierra —la Pachamama— y al padre sol —el Tata Inti—, herederos del Capa Raymi de los incas. La celebración inicia con el desentierro del Pujllay, el espíritu ancestral de la alegría y el desborde, que se extrae con permiso de la Pacha en el lugar donde fue enterrado el año previo y donde será nuevamente sepultado —o a veces quemado—, al término de los ocho días de jolgorio.

A lo largo de esa semana, los diablos carnavaleros andan sueltos por la quebrada: embajadores del Pujllay, visten coloridos trajes de trapo, bordados con espejos y cascabeles, y a través de sus máscaras cornudas, con vocecitas chillonas, invitan a las turistas a sumarse a la comparsa. Las calles se van poblando de tarantines, de banderines con la Wipala, y en el aire se alternan el folclore y la cumbia atronadora, junto al papelillo, la espuma enlatada y los puñados de harina o de talco, con que ponen los locales cuerpo al verbo quechua chayar, o sea, ofrendar, carnavalear. Se trata de un gesto afortunado, un derroche para invocar la abundancia y la buena fortuna, aunque tampoco esté exento de malicia.

La voz de la quebrada florece entonces en sus instrumentos tradicionales: el erke, la quena, el sicu, el charango. Las peñas folklóricas, ansiosas por hallar su lugar en la semana mayor del turismo, rivalizan con los festivales y sus grandes personajes invitados, cuyos nombres recubren en anuncios de colores las paredes cobrizas de los pueblos: Los Tekis, Los Nocheros, el Chaqueño Palavecino. Es la Argentina mestiza que se canta a sí misma. La que no desciende de los barcos.

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En el corazón de la quebrada, Humahuaca es uno de los pueblos más grandes e históricamente importantes de la región. Las callecitas estrechas y empedradas de su centro se tienden, repletas de vendedores, bajo un sol esplendoroso de casi tres mil metros de altura. Allí pueden probarse las empanadas norteñas y visitar el monumento a los Héroes de la Independencia: una larga escalinata al término de la cual se alza un coloso indígena de bronce, con la mano derecha en alto y dos dedos formando una ve —¿volveremos?— y, además, en la cabeza el gorro frigio que aparece en el escudo argentino. Una amalgama simbólica a la cual los locales se refieren como «el cacique omaguaca» o incluso «Tupac-Amaru».

Desde lo alto del monumento puede verse buena parte de la ciudad, mucho más verde que las anteriores, y a lo lejos también las montañas sombreadas de rojo y de blanco. Hacia el lado contrario, en un terraplén seco y polvoriento, descansan los muertos. Sus tumbas, decoradas con guirnaldas y flores plásticas, parecieran querer tomar parte en el carnaval, ávidas de fiesta antes que el silencio regrese.

En el centro deambulan también los diablitos carnavaleros, parientes andinos de los diablos danzantes del Corpus Christi venezolano o los del ball de diables catalán, cada uno encabezando una comparsa distinta, cuyas trompetas se alzan al son de «La juventud alegre», un carnavalito más bien melancólico, convertido en himno de la comparsa más antigua de Humahuaca:

Cuando me vaya de aquí

(soy de la juventud alegre

me has de dar una florcita

(que viva nuestra comparsa)    

para tener en la fiesta    

(soy de la juventud alegre)    

recuerdo de mi vidita    

(que viva nuestra comparsa).

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Los orígenes del carnavalito se remontan a las danzas originarias del altiplano precolombino, que encontraron su expresión en la América colonial, integrándose a la familia musical de los carnavales. Es típico no solo del norte de Argentina, sino también de Chile, Bolivia y el sur del Perú, y en cada sitio se baila de manera distinta: en parejas, en grupos, en rueda o en comparsa, dependiendo de su particular mezcla de influencias, pues se trata ante todo de un baile mestizo. Tanto así, que en Bolivia se consideró, hacia mediados del siglo XX, un símbolo de una posible integración nacional. De manera similar, su variante argentina forma parte del repertorio folclórico incluso en los colegios más caros de la capital.

La versión más popular y difundida del carnavalito argentino puede que sea el «Carnavalito quebradeño», una adición relativamente reciente a la tradición local. Sus compositores fueron Los Hermanos Ábalos, una agrupación musical de Santiago del Estero fundada en 1939 y célebre por su aparición en la versión fílmica de La guerra gaucha de Leopoldo Lugones, filmada por Lucas Demare en 1942. Allí Los Hermanos Ábalos hacen las veces de un conjunto de música norteña e interpretan por primera vez su «Carnavalito quebradeño», sin sospechar siquiera que el éxito extraordinario de la película lo convertiría en una versión representativa del género. Poco importó que los músicos hubieran cambiado la base rítmica tradicional e incorporaran un instrumento ajeno al altiplano, como es el bombo.

Otro tanto ocurre con «El humahuaqueño», otro famoso carnavalito interpretado muchas veces junto al de Los Hermanos Ábalos. Su compositor fue el guitarrista porteño Edmundo P. Zaldívar (hijo), quien a pesar de no haber estado nunca en Jujuy, ni en la quebrada, creó la letra y el ritmo valiéndose de los sonidos del tranvía en que viajaba a su trabajo en Radio El Mundo, en Buenos Aires. La pieza resultante debutó alrededor de 1950 bajo el sello Discos Pampa y gozó de un éxito tan inmediato, que pronto se sumó al repertorio «oficial» del folclore quebradeño.

En la contratapa de uno de sus discos posteriores, Zaldívar escribió una carta al lector que es, también, una carta de amor a la quebrada. Allí dice que «…A través de mi música hasta apartados confines del mundo se ha hecho presente el mensaje jujeño. Pueda que alguna vez, en regreso hacia el sueño mineral me acunen sus piedras bajo las estrellas del cielo de Humahuaca». Aunque el músico falleció en Buenos Aires el 7 de febrero de 1978, sus restos cumplieron con la promesa formulada y descansan hoy en la ciudad de Humahuaca, en el corazón de la quebrada.

Hay lugares donde se funden lo propio y lo ajeno.

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La Ruta Nacional 9 conecta, en sus 1967 kilómetros de recorrido, la metrópoli bonaerense con la última ciudad argentina hacia el norte —La Quiaca—, surcando el costado este de la quebrada. Es una vía solitaria, pero repleta de revelaciones: se divisan a lo lejos nuevas y enigmáticas montañas de franjas coloridas, telón de fondo de una planicie sembrada de paja brava, añaguas y tolillas, así como de llamas y alpacas dóciles, indiferentes, que pastan en escuálidos rebaños a un costado de la ruta.

En esa planicie intermedia se alza también una duna amarillenta y solitaria, que los letreros anuncian como El Huancar. Que toda esa arena esté empinada allí —frente a una tímida laguna a tres mil quinientos metros de altura— le ofrece al transeúnte una llamativa rareza y al caribeño emigrante, un vestigio inesperado de casa. Puede treparse como un niño a la inmensa y solitaria ola de arena, tenderse panza arriba bajo el sol furioso de la puna y dejar el viento rugir en los oídos, evocando el sonido del mar, como si aún durmiera allí en alguna parte su recuerdo. A fin de cuentas, la cordillera andina toda alguna vez fue lecho marino, lo cual quiere decir que, algún día, donde hoy están las playas de la costa caribeña, puede que se alce a su vez una montaña, y que escondida en lo profundo de su cima descansará la misma arena que hoy tantas veces pisamos.

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Poco después de El Huancar, en la región intermedia de la quebrada, Abra Pampa es la segunda ciudad más poblada de la puna, alguna vez conocida como «La Siberia Argentina». Allí se puede comer, en un mercadito informal, desde empanadas salteñas hasta una sopa de maní espolvoreada con harina de maíz o con papitas fritas miniatura por encima, «papitas pay», como les dicen en Argentina. También se pueden contemplar las vías olvidadas de algún antiguo tren, marchando hacia la nada de su propio recuerdo, y a los borrachos solitarios que despiertan bajo el sol aturdidor, en las plazas desiertas, rodeados de botellas vacías y restos de harina y papelillo. El rostro gris que deja el carnaval, un amago de su tránsito al olvido. Cuando se vuelve a la ruta, algo de aquel silencio parece marcharse con uno y se avanza, así, kilómetros de puna árida y ventosa sin encender siquiera la radio, viendo sucederse los carteles que anuncian La Quiaca y, más allá, la frontera con Bolivia.

El silencio es la canción del altiplano.

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El lugar donde Argentina se transforma en Bolivia es eterno. A una altura cercana a los tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, el clima frío y semiárido combina días blancos y calurosos, con noches por debajo de los diez grados. Uno puede acatar la ruta y surcar La Quiaca, ciudad siamesa unida por un puente sobre un riachuelo a Villazón, del lado extranjero, donde se pone en evidencia la futilidad de las fronteras, la ingenuidad del empeño humano en distinguir lo propio de lo ajeno. O puede escapar hacia el este, paralelo a la línea divisoria, en busca del pasado que yace aún en el pueblo de Yavi, sede del otrora Marquesado de Valle del Tojo, el único que tuvo el virreinato del Río de la Plata.

El camino hacia Yavi se escurre frente al imponente macizo boliviano, que se alza como el siguiente peldaño en una escalera colosal, y contempla del otro lado las aguas pardas de la Laguna Colorada. Allí, entre peñascos irregulares, grupos de guanacos se refrescan, ajenos al mundo de los hombres, del que conocen apenas los petroglifos de colores que la piedra, generosa, conserva. A lo lejos, en la planicie, se ofrecen a la vista turgencias misteriosas del terreno, romos zigurats tallados por el viento que los locales conocen como «Los Ocho Hermanos». La impresión es de adentrarse en un mundo misterioso y virginal, como viajando en el tiempo.

Finalmente, se llega a Yavi. Una mezcla silenciosa de casitas desvencijadas de adobe, con restos de arquitectura colonial, y un precario tendido eléctrico que deja casi a oscuras buena parte del pueblo. Con sus casi doscientos cincuenta habitantes, es un último custodio de la memoria virreinal, que condensa en una iglesia y un museo más bien modesto. Las llamas callejeras deambulan durante el día sus calles de piedra y tierra, asomándose curiosas por cualquier recoveco en el frente de las casas. En los linderos del pueblo, más allá, los escarpados farallones que le sirven de límite al terreno, y es allí también en donde se alza, solitario, el cementerio. Todo es seco, quieto y apacible. De noche, sin embargo, el espectáculo es otro: el brazo blanquecino de la galaxia se ofrece, en su imposible inmensidad, como el brochazo furioso de un pintor enloquecido. Hay, entre quienes observan su silueta, los que vislumbran los indicios de un orden absoluto y optimista, pero también otros que, desamparados, intuyen en ella el caos conducente a la nada. Nadie escapa al embrujo que tienen los techos del sur.

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Y entonces, un buen día, se emprende el regreso.

Buenos Aires, 2026

Gabriel Payares


Gabriel Payares (Londres, Inglaterra, 1982). Es un escritor y traductor venezolano, residente en Buenos Aires desde 2014. Ha publicado los libros de relatos Cuando bajaron las aguas (2008), Hotel (2012) y Lo irreparable (2016, reeditado en Argentina en 2017). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela y magíster tanto en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (Caracas), como en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Buenos Aires). Su obra ha recibido numerosos galardones en Venezuela, así como reconocimientos internacionales, y ha sido traducida al inglés. Colaborador frecuente de diarios internacionales como El Nacional (Venezuela), Clarín (Argentina) y El País (España), estuvo entre los autores seleccionados para el programa de escritura internacional de la Hong Kong Baptist University en 2020. Beduinos es su primer poemario.


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