Cuaderno de York

(York, Inglaterra)

I — Conmoverse

Llegué por el amor a una lengua, por el obstinado oficio de fundar vestigios en las palabras de los otros, porque hago de esas palabras una cadena de revelaciones a la que debo llamar investigación, y esa investigación ocupa mis días. Es una forma rebuscada de decir que viajé a la ciudad de York para escribir una tesis sobre poesía norteamericana. Vine prevenida del frío, de la belleza de una piedra por siglos contenida, de las largas tardes de oscuridad y de las consecuencias del Brexit. Me costó saber más cosas de York, antigua Eboracum, fortaleza militar y, más tarde, colonia romana fundada en el año 71. Cada persona a la que le comunicaba mi viaje, cada búsqueda en Internet me remitía a Nueva York, y me desesperaba que ni siquiera una máquina contemplase la posibilidad de que toda fundación colonial encuentra su origen en el mal llamado Viejo Mundo.

Cuando me instalé en la residencia de la universidad, nadie me esperaba. Pese a haber cumplimentado todos los documentos pertinentes con cinco meses de antelación, no estaba dada de alta como estudiante internacional. Tampoco lo estaba un mes después de aterrizar en la isla, a pesar de haber aportado pruebas fehacientes de un alto nivel de inglés y de mi historial limpio de antecedentes penales. Pensé que podría deberse al hecho de que, cuando rellené esos formularios electrónicos, me negué a contestar a qué grupo étnico pertenecía —la universidad abogaba por la igualdad de sus estudiantes—. No me pareció muy considerado por su parte darme a elegir entre Showperson, Irish Traveller o Any other White background, entre muchos otros. Estoy segura de que ese fue el motivo por el que todavía (no) soy nadie, como diría Emily Dickinson.

Mientras esperaba a que mi situación se regularizase, tomaba notas acerca de un gran lago que se extiende ante mi ventana y también paseaba. El campus de la universidad está compuesto por dos grandes áreas al este y al oeste, comunicadas por una carretera comarcal que va a parar al centro histórico de la ciudad. Durante esas primeras tardes aprovechaba las últimas horas de luz del cielo encapotado, disfrutaba del aire espectral de los páramos y del silencio propio del individualismo inglés, llegaba a Heslington atravesando caminos lacustres, hasta que mis gafas se empañaban de llovizna y decidía volver a la habitación. Medito sobre estos caminos ácidos a los que he de acostumbrarme. Me pregunto cuál es la experiencia de los hombres y las mujeres que miran un paisaje lleno de quiebros (cómo no pensar en los torrentes de agua que han anegado Andalucía y avanzan, sigilosos, hacia Aragón). Me digo que ningún cuerpo está aislado de movimiento. Mi conocimiento es breve, no sabe de la necesidad ni de la tragedia del agua; pero aquí, desde que me levanto hasta que me acuesto, estoy colmada de cuerpos fluviales.

El lago Scullion, creado en 1960, es el lago artificial más grande de Europa. Eso he oído. ¿Y qué es crear?, me pregunto. ¿Fundar un nombre, unas señas, trasladar vida animal de un sitio a otro, alterando su hábitat? Ánades reales, cercetas, gansos, cisnes y gaviotas conviven en el mismo cerco de agua, sin conocer otra cosa que estas corrientes adormecidas. Graznan de día y de noche, se comunican entre ellos las bondades de su jornada. Descansan cerca de los merenderos; otras veces, cruzan los caminos hasta dar con la entrada de la Facultad de Letras. Su existencia tiene sentido, resuena con los elementos. Mi existencia, mi experiencia —lo que eso signifique—, no están sostenidas por el agua, por tentador que parezca penetrar la capa gruesa que separa el aire de la profundidad acuática y salir, como las aves, impermeable. Es este cuaderno, sin embargo, el que me interpela, es la necesidad imperiosa de conocimiento la que se erige como mi interlocutora. La mayor tragedia de nuestro siglo es que hemos perdido la capacidad de con-movernos y de comunicarnos en la intimidad, sin máquinas que nos ayuden a entretejer el lenguaje.

Amo esta tierra que se rompe en vientos violentos y en lodazales a veinticinco metros sobre el nivel del mar. He aprendido a soportar el agua breve y constante de sus nubes, a mirar hacia arriba, al lugar donde descienden las ramas de uno y otro sauce. Sin paisaje, me digo, no hay pensamiento. Sin lectura no hay pensamiento, sin interlocutor no hay pensamiento. Entretanto, los pequeños bulbos de narcisos se abren y se dan por doquier en la infinidad de pastos verdes que me sostienen.


II — Aparecerse

Los sábados bajo a la ciudad. Es un pequeño ritual que me concedo tras una semana encerrada en mis lecturas. Atravieso millas de vegetación salvaje, casas bajas de ladrillo obrero y carreteras donde se cruzan zorros, conejos despistados y cuervos. Cuando llego al centro, la multitud me obliga a seguirla en masa aunque no quiera. Los días se alargan, los transeúntes, venidos principalmente del condado, o de ciudades vecinas, aprovechan el fin de semana para comprar, comer fuera o visitar dos de las más famosas atracciones de la ciudad: las mazmorras, situadas en la calle Clifford, y el callejón Shambles, en cuyas tiendas pueden encontrarse tanto joyería artesanal como figuritas de fantasmas, el principal reclamo turístico.

En los últimos años, la Fundación Internacional para la Investigación de Fantasmas declaró que York era la localidad con más espíritus de Europa. En una ciudad que termina a las seis de la tarde, los fantasmas se cuelan en correderas, alborotan los jardines, atraviesan las piedras gélidas de las murallas romanas, ocupan los salones, las bibliotecas y se cuelan en los sueños de los recién nacidos. Hasta la fecha, se han registrado más de quinientas apariciones avistadas dentro de las murallas. Algunas noches, para impresionar a los turistas, la sombra de lo que fue Guy Fawkes se deja caer por el número 25 de High Petergate. No diré que lo he visto, no pretendo ser osada. En su lugar, diré al viajero que crea en las leyendas que un niño victoriano desleído y rápido robó mi reloj en el pub Golden Fleece.

Existe algo inevitablemente seductor en lo oscuro. Los fantasmas proyectan nuestras ansiedades, exponen las miserias de la soledad y el miedo. Pienso en esto y no puedo evitar decir desde esta niebla densa que me rodea: haunt me then.

En mis paseos hacia la ciudad, me encuentro siempre con dos parroquias: una grande, con jardín, bancos y baptisterio; la otra, ya dentro de la muralla, circundada por lápidas reverdecidas. El primer día me sorprendió un cuervo sobre la tumba más pequeña. A las semanas entendí que los cuervos son los guardianes naturales de la ciudad, fuera y dentro de sus confines. Hoy, al mediodía, sobre las losas colmadas de musgo, ramilletes de lirios del valle se abrían dando paso a la vida. Me asombra la facilidad de esta tierra para reproducirse a pesar del fango y de las aguas estancadas. De esos lirios, estas lágrimas. Gotas de rocío condensadas por la baja temperatura se despliegan en cuanto llega la tarde, salpicando la hierba. Yo recojo ese fruto del mirar, que es cosa mía, y sacio los ojos de hermosura.

El ojo, escribió Joseph Brodsky en su libro de viajes sobre Venecia, es el órgano más independiente del cuerpo, y la lágrima nos confirma una promesa de futuro: nuestra mortalidad. En esta tarde, en este cementerio, frente al cuervo que juzga mis pasos, siento el peso de un tiempo que es mío, siento su incertidumbre. Agradezco la luz blanca que las pupilas me permiten filtrar, agachada como estoy, a punto de arrancar una flor diminuta y guardarla en el archivo de mi juventud.

York, febrero de 2026

Aitana Monzón

Aitana Monzón (Aragón, España, 2000). Es autora de los poemarios Dormir à la belle étoile (Amarante, 2019), La civilización no era esto (Espasa, 2021; ganador del IV Premio ESPASAesPOESÍA) y Salve (Espasa, 2025; finalista del Premio Ojo Crítico de Poesía 2025). A lo largo de su trayectoria literaria ha recibido más de cuarenta reconocimientos. Sus poemas se han traducido al polaco y al inglés, y han sido musicalizados por el trombonista Miguel Tantos Sevillano. Actualmente, escribe una tesis doctoral y da clases de literatura norteamericana.

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