Una visita al silencio en Taupo

(Isla Norte de Nueva Zelanda)

El silencio es un lugar. No es un sustantivo, ni una retórica, ni siquiera una metáfora. Tiene colinas con picos nevados y en el centro una laguna, que alguna vez fue el cráter de un volcán. Ahora exhibe agua traslúcida, saturada por sales de cobalto que refractan un azul paraíso. El día nos recibe sin la corrupción de la neblina y el sol decora el lago con purpurinas ondulantes, espectáculo que parece recortado de la mente de una inteligencia artificial. Como si esto fuera poco, en sus aguas conviven patos y cisnes negros. Los vemos bailotear en el agua, ejecutar una coreografía ancestral que no reconocemos, y yo de pronto entiendo la magia de lo que llega sin expectativas, del salto al precipicio que significa subirse a un auto en un road trip familiar y manejar casi con los ojos vendados en un país tan distinto al nuestro. Se me aclara también la teoría del cisne negro como representación de lo atípico. Todo en este lugar nos resulta ajeno al bullicio que nos taladra la cabeza en el día a día. Algunos dirían que llegamos al mismísimo paraíso, pero su nombre oficial es Lago Taupo, un pequeño pueblo ubicado en el centro de la Isla Norte de Nueva Zelanda.

Después de dejar atrás la belleza química, aunque demasiado sulfurosa, de Rotorua, avanzamos por un camino montañoso, con kilómetros de curvas irreales que parecen haber sido dibujadas por un nene de dos años, pero que a su vez nos muestran paisajes salidos de la imaginación de Tolkien. Llegamos a Taupo y nuestros ojos tienen que abrirse aún más para redondearse e integrarse a las líneas del anime. Tenemos que ver, absorber, beber por la piel todo lo que a nuestro alrededor explota como el aura de un ensueño. Entrar en Taupo da la sensación de estar traspasando el cerco que divide lo cotidiano de lo inmortal. El cartel de #LOVETAUPO, que se extiende frente al espejo del lago a modo de introducción, hace que algo adentro mío de pronto despierte.

El aire tiene la dignidad de lo recién elaborado. No es solo puro, es limpio de una forma atávica. Respirar ahí es conjugar un verbo nuevo, los pulmones trastabillan como un nene que está aprendiendo a caminar. El lago, que en su silencio contiene la memoria de un pasado volcánico todavía latente bajo la superficie, me lleva a pensar en las arcillas del tiempo, en su forma de cimentar historias en capas invisibles, y en cómo este lugar es anfitrión y espectador silencioso a la vez.

Después de hacer el check-in y dejar las valijas en el hotel —un edificio emplazado en altura, con vistas al lago que también parecen irreales—, almorzamos en un Subway como quien necesita volver un rato al refugio de lo conocido. A continuación, caminamos por la orilla del lago, dejando que las piedras crujan lentas bajo nuestros pies. Nadie nos apura. De hecho, el apuro parece algo desconsiderado, casi irrespetuoso. Taupo pide otra forma de ser: una presencia menos violenta y más humilde. Nos sentamos frente al agua y dejamos que el tiempo pase sin medirse. No me hace falta ni tocar el celular, no siento esa urgencia posmoderna de retratarlo todo, de grabarlo todo en una memoria artificial para constatar que lo vivido fue de verdad experimentado. Y en este acto simple, casi olvidado hoy en día, ocurre algo inédito: el mundo deja de exigirme respuestas. No hay nada urgente que resolver, nada que alcanzar. Solo la experiencia de estar acá, ahora, en el presente.

Taupo es, en efecto, una burbuja de silencio. Cuando terminamos de caminar por el lago, decidimos hacer un poco de shopping, entrar en contacto con algo del circuito de consumo de capitales. Caminamos por las ¿quince, veinte, treinta? cuadras a la redonda que constituyen el centro comercial. Es chico, pero pintoresco. No hay multitudes, de hecho, parecería no haber nadie por ningún lado. Hay algunos locales, sí, pero nada ostentoso. La mayoría vende ropa y equipamiento para deportes al aire libre y campamentos. También hay varias casas de arte, que parecen costosas, pero están cerradas y no hay carteles que indiquen cuándo volverán a abrir. Pasamos tantas veces por un mismo negocio que por momentos nos volvemos clones de Bill Murray en la película El día de la marmota. Al final, decidimos entrar en un Rip Curl a ver remeras con protección solar —algo inusual para nuestra vida citadina—, pero resulta que son las cinco menos cuarto y una chica muy jovencita, parece estudiante de secundaria, nos dice que por favor volvamos otro día, que en quince minutos ya tienen que cerrar. En Taupo se trabaja de diez de la mañana a cinco de la tarde. Religiosamente. El ocio ¿o vivir? vale más que una posible venta. Y hasta las ocho de la noche, que es cuando oscurece, es momento de migrar hacia la zona del lago. Con amigos, con familia, en soledad o con quien sea, al lago se lo disfruta. Se lo vive. Se lo explora en kayak, jet boats, parasailing y otros deportes extremos, o se lo venera con un picnic silencioso en compañía de los patos. Se juega al golf desde un muelle hacia una plataforma flotante ubicada sobre el lago o se lee algún libro de las bibliotecas comunitarias. El pacto es intuitivo, la reverencia al lago entrega a cada visitante una forma única de dialogar y de entender el mundo.

A medida que avanza la tarde, la luz empieza a transformarse. Ya estamos de vuelta en el hotel y cada uno revisa pendientes en su celular. Hasta que, de la nada, levanto la vista y veo un fuego estirarse por el cielo que hace de sombrero en la zona del lago. Entonces descarto el celular y llamo a la familia para que venga a ver esta maravilla, pero casi al unísono me dicen que están cansados, que no sea hincha, que mejor otro día, que ahora no. Perdida mi lucha frente a las pantallas, me acomodo sola en el balcón de la habitación. Una pintura de Van Gogh alza anaranjados y fucsias frente a mis ojos, dando vida a una paleta flotante que parece no conformarse con una única tinción. Acomodo la escena en mi memoria junto a una taza de té verde y un Rocky Road de Whittaker´s que mastico envuelta en el silencio de la reflexión, el mismo silencio que convierte al lago en una masa oscura y misteriosa.

Antes de dormirme, pienso en que no quiero irme nunca de esta sensación, de este equilibrio que es un abrazo perfecto. Pienso entonces que algunos lugares no solo se visitan, sino que se habitan, se dejan entrar en el cuerpo. Pienso también en la idea de viaje, su significado y su significante. El viaje del héroe es siempre mucho más que un mero desplazamiento físico, es romper la crisálida, darle luz verde a una transformación. Viajar es más que subirse a una ruta y ponerle primera al intercambio de horizontes. Es permitir que el paisaje acelere algo en nuestro interior. Así es como, frente al lago Taupo, algo se renueva, se reorganiza, se acomoda adentro mío, de manera sutil pero inevitable. Es un descubrimiento maravilloso, una iluminación, un trozo de la magdalena de Proust. Es también un acuerdo silencioso, como quien guarda un secreto que jamás debería revelarse.

Yanina Rosenberg

Yanina Rosenberg (Buenos Aires, Argentina, 1980). Es farmacéutica y licenciada en Letras. Es autora de La piel intrusa (Páginas de Espuma, 2019), un primer libro de cuentos premiado por la Fundación El Libro. Traducidos al inglés, sus relatos han sido publicados en diarios, antologías y revistas literarias internacionales como Trampset, Granta, Iowa Literaria, Revista Ñ/Clarín, entre otras, y han sido premiados en Argentina, Perú y España. Su primera novela, Momento Estocolmo, fue premiada por el Fondo Nacional de las Artes de Argentina.

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